Libertad. Por Juan Mantero.

 

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Llevo días dándole vueltas al concepto, será que estoy ocioso en demasía, o quizá los acontecimientos luctuosos que leo y contemplo a diario y que generan tanta y tan diversa opinión. No voy a negar que libertad es una palabra con un especial atractivo, algo incluso romántico; de hecho, no tiene desperdicio. Todas las palabras que terminan en –ad, llevan ese componente tautológico que las convierte en casi sagradas. Pensad, por ejemplo en “verdad” (lo que es verdad es verdad, se mire por donde se mire) y en su antónimo “mentira”; ¿por qué mentira no acaba –ad, me pregunto, como en un monólogo de la tele?-, ¿será porque existen mentiras piadosas o mentirijillas?; sin embargo, no existen “verdadillas”, pero sí “medias verdades. En fin, siempre me voy del tema.

A mí, como a casi todos, a menudo se me llena la boca de LIBERTAD, de todas las libertades del mundo mundial, porque hay unas cuantas: libertad de culto, de asociación, libertad sexual…, incluso existe la libertad condicional, o vigilada también -¡ahí es nada!-, pero a mí la que me pone es la libertad de expresión, que esa es la fetén, como esa no hay otra, sobre todo en plan doméstico. Es la más proclamada, la más extensa y, no podemos negarlo, la más prostituida. Acogerse a la libertad de expresión es como acceder al habeas corpus del reo, como la quinta enmienda de todas las libertades (¡qué digo la quinta, la duodécima, será por enmiendas!).

Lo que tiene de bueno la libertad de expresión es que puedes apelar a ella en todas partes, en la simple barra de taberna, en la cena de nochebuena, en la columna del periódico o en el debate en prime time de televisión el sábado noche. Es el orgasmo de todas las libertades juntas, vamos. A mí eso de ser tan libre me pone cachondo, no puedo negarlo:

A veces me entran tentaciones de abrir mi facebook y llamarle malnacido a cualquiera, aunque luego se me pasa, no vaya a ser que alguno se ponga serio y me borre de contacto por opinar lo contrario de lo que tiene que opinar una persona con una verdadera y razonada opinión (redundancia premeditada); de esos que te miran la libertad tuya, sólo la tuya, y la ponen a prueba del mayordomo del algodón,; esos del argumento lapidario como “¡porque yo lo valgo!”, o mejor aún, ” ¿qué me vas a contar a mí?, tú puedes hablar así por mis años en primera línea de lucha”; los Paulo Coelhos de la libertad, vaya… (Luego están los de “ten cuidado con quién te juntas, que te estoy viendo”, que también son de mucha libertad, pero un poquito paternalistas).

Sin ir más lejos, me encuentro hace unos días un escrito en una red social con cinco razones para desacreditar a un ministro recién designado (ministro  que no conozco y del que, seguramente, acabaré abominando). La primera, en un prodigio de inteligencia –supongo, que emocional, sino, no me lo explico- era ser “hijo de militar”. Y yo pienso: ¿a quién se le ocurre ser hijo de militar, pudiendo serlo de camionero o de estibador de puerto? Vaya un argumento tan elaborado como el de cualquier obispo respecto a la paternidad de las parejas homosexuales, peregrino como el halcón…; el siguiente post es que TODOS y cada uno de los funcionarios de este país son unos vagos y habría que mandarlos a la puñetera calle; otro me cuenta que los seguidores del Real Madrid son unos fascistas y su delantero estrella un mierdecilla, y el último que leo es que los escritores son unos amargados y ególatras que pretenden generar lástima y adoctrinar lectores.

Todo, como podéis suponer con la autoridad que otorga el conocimiento y la investigación exhaustiva. Y yo pienso: me encuentro a estos cuatro por la calle y me parten las piernas en ejercicio de su libertad porque lo tengo todo. Si se enteran de que además fumo, igual me sacrifican directamente y sufro menos. Es lo que hay, la libertad; desde la Revolución Francesa luchando por ese ideal (los otros dos, la igualdad y fraternidad para otro día, que nos quedan como más blanditos). Lo que mola es la libertad, qué narices, porque somos todos súperlibres, lo que yo te diga. Forniquemos públicamente, paseemos desnudos por las almenas de las fortificaciones y defequemos en los portales vecinos mientras cantamos a voz en grito canciones libertarias.

La responsabilidad individual y el libre albedrío, para otro día. El protocolo si ostentas cargo público, para otra semana. Lo guay y lo moderno y lo más libertario es pitar himnos, no levantarse ante el paso de banderas ajenas y liarse a mamporros con los hinchas del otro equipo. Eso sí, chistes con contenido racial o sexista, ni en la más profunda intimidad, que contar esas chabacanadas está muy, pero que muy feo. En resumen, primero mi libertad; y la tuya, si eso ya la interpreto yo. El copia y pega del descrédito es otra cosa, es quedarse ancho. Y si no me gusta, me has defraudado, sentirás mi venganza en forma de ostracismo.

Más nos valdría leer un poquito a Ricardo Yepes Stork, a Hume, a Stuart Mill o a Isaiah Berlin, aunque sea a cachitos pequeños, que son escritores muy densos. Al final me quedo con una frase: “la libertad de mover tu puño acaba donde empieza mi nariz”.

Saludos y todos bien libres, como Nino Bravo.

Juan Mantero Ruiz

3 comentarios en “Libertad. Por Juan Mantero.

  1. Primero mi libertad, y la tuya, ya la interpreto yo. Me ha encantado esta frase. Esos politiquillos pseudo-izquierdosos y pseudo-intelectuales es lo que hacen: considerar que solo es libre quien piensa como ellos. (Pensar igual no es la palabra adecuada…)

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