Dudosas fronteras, por José Félix Sánchez-Satrústegui

Las Casas de la Duda (As casas de la Dúvida, en portugués), en el término municipal de Valencia de Alcántara, se llaman así por su imprecisa localización entre España y Portugal, de tal manera que algunas tienen la cocina en un país y el dormitorio en el otro; una inocente ampliación habitacional invadió territorio vecino. Aunque reales, podrían considerarse una metáfora de la incertidumbre ciudadana frente a la precisión de la cartografía, de la perplejidad de los rayanos frente a la certeza de las fronteras. Escucho lances curiosos sobre el contrabando vecinal.  

Cuentan que un portugués pasaba a diario por la frontera con una bicicleta donde llevaba un cubo de tierra. Los guardias rebuscaban y no encontraban nada. El ciclista decía que llevaba tierra española para su huerto. Terminó por descubrirse que lo que pasaba cada día era una bicicleta nueva de contrabando. Eran tiempos difíciles, de una épica de subsistencia, que ahora pueden recordarse con cierto romanticismo, más aún si lo comparamos con el tráfico actual de seres humanos, tratados como mercancía sin valor salvo para las mafias que los lanzan al mar hacinados en barcas de efímera flotabilidad.

Las fronteras son líneas dibujadas con sangre en la tierra para separar países, disgregar familias o confinar a pueblos enemigos para que se maten entre ellos y saquearlos. Las fronteras trazadas con regla en África siguen la norma de la paradoja de la línea recta, una especie de barroquismo rectilíneo que encierra la tortuosa vida de sus habitantes. Los renglones derechos de los dioses terrícolas desean ocultar así sus torcidas intenciones rapiñadoras y los tortuosos vericuetos en que han convertido esas vidas. Cartografía de la pobreza.

Hay fronteras amuralladas y diversos tipos de vallas, incluidas las concertinas (de alambres con púas, nada que ver con las de la familia musical del bandoneón) que en lugar de melodías producen gritos de dolor. También las hay intangibles, que originan guetos contiguos y lejanos, incluso invisibles para nuestra mirada de exclusiva dirección umbilical.

Leo la memoria de actividades de Médicos sin Fronteras de 2020: ayuda vital en los desplazamientos masivos de Siria, la guerra continua de Yemen, las rutas migratorias sin salida en México o en el éxodo de los rohingyas y sus desesperados intentos por regresar a Myanmar; auxilio a los nativos para paliar los efectos de las precarias condiciones de vida (Mozambique, Burkina Faso…); asistencia a los afectados por la pandemia en cualquier parte del mundo y muchas otras. Decía el anarquista mexicano Librado Rivera: “Yo amo una patria universal, una patria sin límites y sin fronteras; una patria común cuyos intereses pertenezcan a todos los habitantes de ella, como nos pertenece el aire, la luz y el calor del sol…”. Utopía a conseguir.

En un mundo globalizado, los problemas de una zona terminan afectando a lugares muy lejanos. No solo pasa con el coronavirus viajero. Muchas inmigraciones a occidente proceden de lugares donde los imperialismos han hecho y deshecho a su antojo, provocando, con ayuda de aliados locales, mayores tensiones sociales y políticas. Oriente medio no es una excepción, Afganistán es un resultado más. Los talibanes van a hacer retroceder al país en libertades y esclavizar a las mujeres. Religión y política no van por carriles separados en esa región, sino que se mezclan. Dentro del fundamentalismo islámico la mayor rivalidad se da entre Al-Qaeda e ISIS-K, no tanto con el movimiento talibán, algo menos duro, porque aquellos compiten por la supremacía en la ideología yihadista mundial y el interés de los talibanes se reduce a Afganistán.  Por ello conviene no pensar que un diálogo con estos va a disminuir el riesgo de terrorismo internacional. Ezequiel Kopel, periodista y autor del libro Medio Oriente. Lugar Común, suele decir que “ISIS-K es Al-Qaeda con esteroides”. No creo que solo sea una cuestión de exceso hormonal, sino también de jibarización de la materia gris y la reclusión cuadricular de la escasa restante.

Se han cumplido 20 años de aquel terrible 11S y hemos aprendido muy poco. Se demostró, además de la torpeza de los servicios de inteligencia, lo vulnerable de nuestra carísima seguridad y que la fuerza bruta militar no sirve ni para democratizar países ni para derrotar al terrorismo. Sobran las guerras contra el terror que añaden más terror y más guerras; y falta diplomacia.

Estamos atrapados entre los terratenientes geodésicos, que se reparten la tierra entre ellos, y los “celestenientes” apostólicos, que reparten trozos de cielo e infierno según su criterio.

Si a los asuntos citados añadimos la destrucción planetaria en marcha, podemos afirmar que negando utopías alcanzaremos la Distopía, como la que exponen películas como Cuando el destino nos alcance (en la que al final se descubre que el destino de los cadáveres es usarlos como preparado alimenticio llamado Soylent Green), 1984, Un mundo feliz, Farenheit 451

La estigmatización de los inmigrantes no es más que odio. Un inmigrante es ese otro yo sin papeles, con traje de náufrago y miedo. Yo soy ese negro al que se le blanqueó la piel por el camino de la historia. Señalar al diferente es odio. Soy como ese homosexual o transexual con otros gustos amorosos y eróticos. Soy como cada mujer maltratada con algunas diferencias anatómicas. Somos cada uno de ellos, debemos estar con cada uno de ellos y de ellas. Ninguna justificación ni publicidad a los discursos de los odiadores profesionales. Pongámonos serios frente al machismo y la xenofobia, frente al fascismo.

El exobispo de Solsona ha pasado de fóbico a fálico a pesar de no parecer nada esdrújulo. Las pajas mentales de la Iglesia sobre el carácter diabólico de la mujer o la difícil aspiración del recura a los “Grammy Latinos del cinismo” (Casado, Lesmes/CGPJ en “dis-funciones”, JpC, CEOE y el demérito encabezan la clasificación; Ayuso les acecha con el disco macarra más vendido) no explican tal conversión mejor que la metafísica tabernaria: la jodienda no tiene enmienda.

La economía de mercado exige la subordinación de la sociedad y de la política a su propia dinámica. Según el pensamiento neoliberal el único camino para una recuperación económica, que luego no llega a la vida cotidiana, es la lógica del mercado. Venía escuchando en la radio del coche la subida del PIB; al aparcar, se lo dije en broma al gorrilla de confianza y me preguntó que de eso a él cuánto le tocaba. Entendió rápido la lógica del mercado. Qué decir de los bancos, casas de latrocinio legal que veranean en paraísos fiscales con nuestro dinero. Como no es posible suavizar el capitalismo, apelo a una diuresis colectiva en sus cimientos para destruirlo.

A causa de la ociosidad vacacional (dolce far niente), mi exiguo talento natural ha sido superado por la inteligencia artificial que me rodea. En un acto de soberbia intelectual, expresada en ira, ahíto de su precisión y sinceridad, acabo de destrozar mi báscula inteligente; por lista.

Siento repetirme. Pero es que, aunque las noticias duran un instante y se suceden a gran velocidad, los temas de fondo son casi siempre los mismos. La otra noche, tras leer un rato en la cama, como siempre, incluidas las noticias adelantadas, elDiario.es anunciaba un nuevo record del precio de la luz. En un acto reflejo defensivo, apagué las luminarias, los ojos… Y soñé…

Paseando por una calle borrosa entré en una tienda con un cartel en el escaparate en el que podía leerse: “Se vende nostalgia”. Recorrí ese ambiente de alegre tristeza, compré una cajita de utopías y un mapamundi físico mudo sin rayas como los que rellenaba cuando niño en la escuela. Al despertar, todo había vuelto a la eterna normalidad: las eléctricas electrocutaban principalmente a los menesterosos, los cínicos se disputaban el liderato, los mares ahogaban a los de la otra orilla, por la ventana penetraba un ruido distópico, los mapas mostraban certezas rayadas y yo continuaba sumido en las mismas dudas.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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