Apuntes de un enclaustrado en los que se trata de lo que es menester considerar, por José Félix Sánchez-Satrústegui

 

felix sanchez satrustegui           Obligado por el contacto con varios afectados por el coronavirus, me hallaba por esos días aislado en mi habitación y, además de los libros que ya tenía iniciados, me dió por añadir la relectura de Don Quijote de la Mancha, esta vez en la versión de Andrés Trapiello. Hallábame enfrascado en la pelea del ingenioso hidalgo contra los molinos de viento, o gigantes, a los que gritaba “¡Non fuyáis, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!”, en el momento en que suena el teléfono para comunicarme que el resultado del test es negativo. Tendría que estar de baja unos días, pero el régimen de encierro sería menos severo. Huyendo del entorno pandémico me había refugiado en aventuras caballerescas, quizá intentando vencer mediante la locura al microbio gigante (no sé si contradicción u oxímoron), cuando el teléfono me devolvió a la actualidad, esta vez con una buena noticia, aunque la realidad seguía siendo una pesadilla.

Quizá porque el fútbol ha cerrado de momento, los millones de aspirantes a entrenadores que en este país, sabíamos más que los profesionales del asunto, nos hemos reconvertido en epidemiólogos, en expertos en salud pública y pandemias. Este es un país de todólogos. El prefijo pan-, que, como sabéis, significa totalidad, me recordó la globalización, ese proceso por el que mercados y economías adquieren una dimensión mundial, en el que las multinacionales compran esclavos para vender a todo el mundo productos que enriquecen a unos pocos. La economía de mercado se basa en que unos pueden comprar y acumular incluso lo innecesario y los demás ni una cosa ni otra. La globalización también se refiere a la extensión internacional de instituciones sociales, políticas y jurídicas (ONU, OMS, Tribunal Internacional…), pero que, en este caso, tienen unas limitaciones que las hacen aparecer como meros juguetes en manos de las superpotencias (véase el recorte obsceno de Trump a la OMS).

Un virus, un bicho “nanométrico”, nos ha creado un problema global para el que, además de medidas locales, debemos implementar soluciones globales, pero no entendidas al modo de las que creíamos poseer (que solo eran una falacia en la que nos sentíamos cómodos). El microbio ha puesto de relieve nuestra fragilidad; nuestra arrogancia era un castillo de naipes derribado por un estornudo. Somos tan interdependientes que una tos en China, un abrazo en Milán o un apretón de manos en Madrid pueden afectar al mundo entero.

Se acusa al Gobierno de improvisación ante la crisis; por cierto, similar a la de otros países. Ningún sistema sanitario europeo estaba preparado para ello. Pero en España, a la escasa talla política, Pablo Casado y sus secuaces han añadido toda la mezquindad posible al discurso insultante, porque discurso político no tienen, salvo que hay que bajar impuestos. Le preguntes lo que le preguntes, responderá lo mismo. ¿Qué quiere, señor Casado, para desayunar? Bajar impuestos. Y, además, recurrir al Estado cuando vienen mal dadas, Estado al que pretenden debilitar con su programa neoliberal. El jefe de la oposición portuguesa, del derechista PSD, ha dado una lección de inteligencia y elegancia política apoyando, en momentos tan delicados, al gobierno de izquierdas de su país. Pero los ceporros fachas de aquí, falsos patriotas de himnos y banderas, no aprenderán, porque solo les importa destruir al gobierno y no ayudar a luchar contra la pandemia.

Aznar lleva tiempo despotricando con injurias y mentiras contra la coalición de izquierdas. Ahora, desde FAES, alerta sobre un posible “proyecto radical, populista y autoritario” de Pedro Sánchez empujado por Pablo Iglesias y Podemos. Antaño, el franquismo hablaba de conspiraciones judeo-masónicas. Estos tipos han actualizado los términos, pero no la ideología ni la visión de los enemigos de lo que consideran su patria. A Aznar le parecía poca cosa su trastorno narcisista de la personalidad por lo que ha decidido añadirle un puñado de paranoias. Dejo abierto el diagnóstico a los especialistas.

Es momento de recordar los recortes sufridos en la Sanidad Pública por el PP, sobre todo, pero también cuando la UE nos obligó a ahorrar por encima de nuestras posibilidades, o sea la maldita austeridad, e hizo crecer las desigualdades sociales. Se ha puesto de manifiesto la urgente necesidad de recuperar toda la fortaleza de nuestro sistema público de salud, deteriorado por la privatización y los recortes. Y apostar por la investigación científica. Es el momento de que Europa dé una respuesta unida y contundente para superar la gravísima crisis económica y social a la que nos enfrentamos y proteger a los ciudadanos. No basta con tapar algunos agujeros, sino ir más allá profundizando en un modelo democrático de libertad y bienestar social desde la equidad. Es preciso reforzar los lazos sociales, más multilateralismo, decisiones comunes y coordinación.

Algunos hablan de la posibilidad de que esta crisis rompa esquemas rígidos y círculos viciosos, y que de ahí surja algo positivo. Otros, que saldremos más fuertes. Tengo serias dudas. En redes sociales y medios de comunicación observo demasiados exaltados carroñeros que solo quieren culpables y no ayudan, siquiera aportando serenidad, a los que sí buscan soluciones. Abundan los “covidiotas” y “coronaburros” que se saltan el estado de alarma (como el indecente M. Rajoy) o “balconazis” que insultan a un padre que pasea a su hijo con autismo. Un médico indigno se pregunta “si merece salvar a los rojos de la enfermedad”. La despreciable secretaria general del grupo parlamentario de Vox, Macarena Olona, acusa al Gobierno socialcomunista de aplicar “eutanasias masivas de la manera más feroz”. Cada discurso de la padaung Cayetana, marquesa de “Malafollá”, es un llamamiento al odio, al rencor. “La saturación de mentiras, basura y bulos en España desprende un olor tan fétido que obligaría a todas las personas y partidos de bien a movilizarse para desmentirlas” (Pepa Bueno). ¿Y los shows televisivos que solo buscan el morbo y fomentar el odio? Frente a los aplausos y los casos de ayuda y filantropía ciertas, la presencia de la tribu canallesca que cito no invita al optimismo.

El filósofo político John Gray dice que el capitalismo liberal está en quiebra y que “la tarea que nos espera consiste en construir economías y sociedades más duraderas y humanamente habitables que las expuestas a la anarquía del mercado global”. Quizá, lo que sí merezca la pena globalizar sea la solidaridad; ser solidarios nos aporta solidez.

A pesar de que algunos datos sanitarios mejoran lentamente, hay que mantener la prudencia. También es momento de recordar con todo el afecto a los fallecidos y familiares, a los que más están sufriendo esta pandemia.

Tú también te fuiste, Aute, al alba, y nos quedaste “sin el alma de tu cuerpo, sin tu latido”. Aute era cantautor, director de cine, actor, escultor, escritor, pintor y poeta. Parece que no hubiera desaparecido una persona sino muchas a la vez.

Vuelvo a recluirme entre pastillas nuevas para esta turbación que me ha aparecido junto al virus. Aunque prefiero seguir en su locura a Don Quijote, que me ha prometido el gobierno de una ínsula.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

5 comentarios en “Apuntes de un enclaustrado en los que se trata de lo que es menester considerar, por José Félix Sánchez-Satrústegui

  1. Una reflexión acertadísima, esperemos que el la mala baba que se gasta la oposición, no sea tan pandémico como lo es la ignorancia de la que hacen gala sus votantes. Muy bueno, si señor

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  2. Si el gobierno ha desoído las alertas que venían de la OMS desde enero, achacó la cancelación del Mobile a la falta de empresas y no a la enfermedad inminente y mantuvo las aglomeraciones permitidas hasta mediados de marzo, cuando los enfermos empezaban a atestar los hospitales, se puede decir perfectamente que son unos incompetentes. Avisos había, recomendaciones también. Por Dios, si hasta el Pablo Motos y el de Cuarto Milenio supieron advertir en febrero de lo que se nos echaba encima.

    Si a eso se le añade la falta de previsión en cuanto a material de protección, la ausencia de test suficientes y el abandono de los ancianos en las residencias, junto con las chapuzas a la hora de comprar mascarillas y test que funcionen, eso ya es demencial.

    Y tener a Simón, a Illa, a Echenique todavía farfullando excusas después de haber errado completamente en sus predicciones en lugar de admitir que lo hicieron mal, no, lo siguiente, es totalmente inadmisible. Si el propio Simón no fue capaz de protegerse él, ¿cómo puede estar ahí todavía? ¿Es que no hay nadie que lo pueda hacer dimitir?

    Ahora nos toca vivir en un Estado parapolicial donde los agentes se han convertido en los dueños de las ciudades, multando a discreción con los tribunales cerrados (por cierto, utilizando la Ley Mordaza que tanto gusta al que tiene el poder en cada momento) sin posibilidad de diferenciar las medidas en función de lo afectada que está cada región o la densidad de habitantes (¿a quién molesto yendo yo solo a caminar por el monte o a trabajar la huerta?).

    A todo eso se le añade la intención perversa de ocultar información en internet a través de empresas claramente afines, de comprar a los medios de comunicación descaradamente y de introducir a Iglesias al CNI, algo que hace unos años, en palabras de Sánchez ante Susana Griso en televisión era impensable para él.

    Y no me sirve que en otros países también están mal. En España ha muerto mucha más gente por habitantes que en cualquier otro lugar del mundo. Un gobierno que ha cometido semejantes barbaridades se merece tener a la gente clamando su dimisión y me da igual si tira más para la izquierda o para la derecha, porque son todos lo mismo: unos ambiciosos sedientos de poder que venderían a quien fuera para seguir al mando.

    Pido disculpas por haber escrito erróneamente este comentario en una columna de opinión de esta web distinta.

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