Miedos, por José Félix Sánchez-Satrústegui

 

felix sanchez satrustegui          El miedo normal se activa fisiológica y emocionalmente, tiene un carácter adaptativo que nos lleva a evitar el peligro de forma inmediata. Es un mecanismo de defensa. El miedo irracional, originado por pensamientos imaginarios y catastrofistas, se activa aunque no haya peligro y puede prolongarse de forma indefinida.

Aristóteles lo definía como la suposición de un mal (Ética a Nicómaco). En Retórica lo explica como una aflicción, o como una fantasía, cuando está a punto de sobrevenir un mal destructivo. Una misma causa puede provocar dos tipos distintos de miedo, porque lo que lo produce no es considerado por todos por igual. No sólo será más o menos temible, sino que incluso lo será por razones diferentes.

Robert Castel, sociólogo francés, afirma que la moderna búsqueda frenética de protección es la que genera el constante sentimiento de inseguridad.

La sociedad colabora con el miedo al magnificar la información alarmista de los medios de comunicación (recordemos el pánico colectivo creado por Orson Welles tras el programa de radio La guerra de los mundos). La historiadora Joanna Bourke sostiene que sus principales transmisores son dichos medios con la colaboración de una sociedad crédula. También sostiene, junto a otros muchos autores, que es un arma de dominación política y de control social. Lo sabemos de sobra.

Las élites se sirven de la incultura de los demás para mantener su posición privilegiada. Las derechas fanáticas introducen, por ejemplo, el miedo al emigrante cuando la realidad es muy distinta (un niño nació y murió en una patera, la madre no se enteró sino días después; casi todos sufren pesadillas recordando la travesía: huyen de la guerra y el hambre, vienen del horror, atraviesan mares de terror y llegan a nuevas tierras y a nuevos miedos, pero no lo provocan). El “pin parental”, eufemismo utilizado para esas mascarillas mentales que, debidamente colocadas en los niños, les impidan contagiarse de ideas de libertad, trata de provocar desconfianza en la enseñanza pública movilizando la irracionalidad ajena. ¿Por qué la derecha tiene miedo a que la educación y la cultura se generalicen?

El coronavirus es un microbio de aspecto monárquico que ya reina en China y pretende hacerlo en el resto del mundo. Toda precaución y actuación sanitaria frente a él es poca, además de necesaria: bienvenida sea. Pero el miedo ha llegado antes y es más contagioso que el bicho. En 2018, murieron en España 1.800 personas por gripe y muchos grupos de riesgo siguen sin vacunarse. Sin embargo, nos cambiaremos de acera si vemos acercarse a un chino que tose, usaremos protección respiratoria si vamos a comprar a un bazar regentado por ellos y rechazaremos la sopa de aleta de tiburón por si acaso. La ignorancia tiene esa doble condición: es muy atrevida y es madre del miedo.

Los partidos políticos tienen miedo a los militantes valientes que se atreven a discrepar. El aparato socialista de Euskadi expedienta a Maixabel Lasa por el apoyo personal a Txema Urkijo, de Más País, en las elecciones del 10-N. Se marchó, con la dignidad intacta, antes de que la expulsaran. “Las normas son para todos y tienen que respetarse”, le contestaron desde la rigurosa mediocridad estatutaria. Si esto es motivo de expulsión, habrá que cambiar reglamentos tan rancios.

Sin entrar en detalles, lo del PSN en Estella-Lizarra es de traca. Dos cuestiones me chirrían de entrada (aunque habrá otras peores): la desautorización a la Asamblea local del partido porque sus decisiones no gustan al aparato y la expulsión fulminante provisional (sic) del secretario local por parte de la dirección federal (no se sabe si,llegado el caso, al readmitirlo lo harán de forma súbita o poco a poco).

Navarra Suma ríe. A mí, ese aparato zafio y vengativo no me provoca miedo, sino repugnancia. Hay miedo a la democracia interna en los partidos. Y hoy no hablo solo de las derechas, tan “dedocráticas”, sino de las izquierdas, que me afectan mucho más de cerca.

Supongo que los constantes menosprecios a lo que representa el socialismo del “jarrón chino sobre yate a un habano pegado” no son suficientes para expedientarlo. Tampoco los de Alfonso Guerra, tan gracioso; o los de ese Page, que pretende ascender a rey, y otros semejantes que amenazaban con abandonar el partido si había gobierno con otras izquierdas y separatistas. ¡Su PSOE decide un gobierno de coalición con otra izquierda, qué barbaridad! Supongo que, debido a este giro siniestro y a que la derecha tiende a Oriente (plaza de), han visto desocupado el centro y pretenden refundar UCD. ¡Ánimo!

Las derechas asustan con las desgracias venideras tras la subida del salario mínimo y las pensiones o con la legalización de la eutanasia. Nos devolverían con gusto a aquella época en la que el miedo estaba metido a fuego en el alma de la gente y la piel que lo envolvía se llamaba silencio, ese silencio “que inclina las frentes hacia el suelo” (Lorca). Por eso, la izquierda coaligada, una vez concluido el “finde” bucólico y pastoril, con el permiso de la periferia abstinente, debe dar, sin demora, un paso hacia delante en políticas sociales, de redistribución de la riqueza y defensa de las libertades. El relator de la ONU Philip Alston ha criticado muy duramente el sistema de protección social y la enorme desigualdad en nuestro país.

Aunque las mascarillas tapan las mordazas (El Roto), siguen estando ahí bajo una ley que las permite y que habría que derogar ya. Son un símbolo del pánico del poder a la libertad.

Superados hace tiempo aquellos temores infantiles ya fueran provocados por el hombre del saco, la paparrasolla, el tío del sebo, el basajaun, el gaueko o el sacamantecas, en la actualidad, coincidiendo con Montaigne, no hay cosa de la que tenga tanto miedo como del miedo. También de la estupidez, ese producto de la voluntad humana que tiende al infinito.

 

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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