“Invierno de Mantas”, por José Félix Sánchez-Satrústegui

Las mantas están de actualidad. El año ha comenzado con lluvia a manta y el frío nos ha obligado a solicitar su lanífero refugio. Abundan quienes se han liado la manta a la cabeza y se amontonan en fiestas desoyendo normas. Más de un manta, tan holgazán como inútil, se ha dedicado a hablar de conspiraciones, chips y otras necedades contra la ciencia y el sentido común en medio de la pandemia. El penúltimo ha sido un juez que, después de reabrir los bares en Euskadi, espetó a la audiencia en una tertulia de radio que “un epidemiólogo es un médico de cabecera que ha hecho un cursillo”. Pretendiendo menospreciar a ambos colectivos, se definió a sí mismo. Pronto adivinamos el porqué de tanta prisa en volver a acodarse en una barra: para compartir “sabiduría” con otros feligreses. No hay tiempo material ni astral para ser especialista en todo, dijo el filósofo. A pesar de ello, cada vez aparecen más todólogos.

Hoy aludo a otras mantas, a aquellas que designaban los grandes lienzos donde podían leerse los nombres de los judíos conversos de cada villa. En Tudela, la manta fue colocada en la Catedral en 1610 para que la limpieza de sangre se conservase en la ciudad y se pudiese distinguir a los descendientes de los conversos de los hombres nobles. De esta mezquindad derivó la amenaza de “tirar de la manta”, es decir, desvelar públicamente que alguien era un cristiano nuevo y por lo tanto con antepasados hebreos.

La mencionada locución verbal en su significado presente de “descubrir un caso escandaloso que otro u otros tenían interés en mantener secreto”, Bárcenas la ha elevado a la categoría de tema de moda para vengarse de sus antiguos conmilitones que, para defenderse, se han colocado detrás de la manta (en su acepción de “tablón chapeado que servía de resguardo contra los tiros del enemigo).

La derecha se divide en dos: la extrema derecha y la derecha extrema. El discurso hostil que manejan ha desembocado en la democracia del odio; se hace necesario no entrar en la provocación y enfrentar sus argumentos con firmeza y sin broncas que les benefician, tampoco adularles, ni siquiera para debilitar a otros. No dejemos que marquen la agenda política.

Somos memoria, no hay duda. Pablo Casado, no. Estudió a distancia, a mucha, en la Universidad de “Harvaravaca”, y se le olvidó todo menos expeler sofismas. Reniega de la memoria histórica y de la suya propia. Ha pasado de sentirse heredero orgulloso de Fraga, Aznar o Rajoy a renegar de ellos y afirmar que ese PP ya no existe. Quizá se quiera desmarcar del caso Gürtel, del caso Bárcenas, de la caja B, de la trama Kitchen…O sea, del caso PP. De los resultados electorales negativos encadenados son culpables el extesorero, el presidente Sánchez, la Fiscalía, el CIS, los medios públicos y cualquier otra circunstancia menos su incompetencia. Esperábamos la derrota y las excusas; nunca la sorpresa, casi metafísica, de señalar a la sede de la calle Génova entre los causantes de sus males. Unos dicen que es una forma de desviar la atención, otros que no hay forma de pagar la hipoteca por medios legales. Quizá Casado quiera convencerse de que allí se quedarán los fantasmas y los demonios que le atormentan. Ante su próxima destrucción, siquiera metafórica, M. Rajoy, que compró el edificio con cargo a B, le declarará amor constante más allá de la muerte: “Nada de lo que haces tiene sentido, / la casa dejarás, Pablo Casado; / será ceniza, donde tú has crecido, / antes tu hogar, ahora repudiado” (que me perdone Quevedo).

En el centro, ese no lugar, se agolpa una muchedumbre reaccionaria para disimular su conservadurismo o aquella otra que lo desea como premio divino mientras se esconde en puestos de cierta izquierda. No obstante, centro solo hay uno, como Dios, y tampoco existe.

En la izquierda persiste el conflicto entre esencia celestial y existencia terrenal; entre asaltar el cielo y permanecer con los pies enterrados. O entre los temerarios y los temerosos.

No hay que renunciar a la utopía como intento de encaminar los procesos abiertos del mundo para corregirlos en positivo. No se trata de una sociedad idílica, sino de superar las injusticias y diseñar una sociedad mejor. O utopía o cavernas. Las grandes cosas que se han hecho en la vida se han hecho con un punto de utopía (Emilio Lledó).

Que alguien desde la izquierda, aunque esté en el Gobierno, diga que esta no es una democracia plena me parece acertado, pero que lo haga en referencia a los independentistas catalanes en prisión o huidos (por mucho que considere que no debería darse tal situación, lo cual comparto) y no con las muchas deficiencias del estado de bienestar, me parece desacertado. Y comparar a Puigdemont con los miles de exiliados republicanos durante el franquismo roza la obscenidad. La izquierda es internacionalista o no es izquierda, la izquierda es búsqueda de la igualdad o tampoco lo es. Basta ya de justificar las ocurrencias nacionalistas e independentistas. La diferencia con la derecha para tratar este asunto debe basarse en el diálogo y en los acuerdos, sin demonizar a nadie por sus ideas, no en reírle las gracias a los que en su atolondrada huida hacia delante para disimular sus malas políticas cuando gobernaban, decidieron insistir en la torpeza, convocar una consulta chapucera y declarar la independencia, mediante fórmula inservible, para engañar a los suyos. Son víctimas de sí mismos. Y victimistas.

En las democracias consolidadas hay muchos factores que disminuyen su calidad, lo cual no significa que no haya democracia, sino que hay que ir superándolos. Yo voto izquierdas por esa razón. Y me gustaría que, con discrepancias, no cayeran en el error de dar alas a la derecha. Querido gobierno de coalición: acuerde, apruebe y aplique leyes que aumenten la igualdad y cuantas medidas sociales sean necesarias que la fomenten.

Las elecciones catalanas dan la victoria en votos al PSC, empatado a escaños con ERC. Los partidos independentistas han firmado un documento con el compromiso de no pactar la formación de un Govern con Illa. La aceptada propuesta de una desconocida organización independentista fundada en diciembre pasado, dejaba clara su voluntad. Cada vez quedan menos dudas sobre si ERC podría optar por un gobierno de izquierdas en Cataluña. La legislatura anterior gobernó con la derecha catalanista y el retroceso en economía y en bienestar social ha sido muy importante. ERC demuestra mucha más C que E.

La ley mordaza es un despropósito, también lo son algunos artículos del Código Penal, como los referidos a delitos de expresión. La reciente condena de un rapero a pena de cárcel por unas letras e insultos que no me gustan, es un exceso penal que vulnera los patrones internacionales (lo cual no es justificación para los actos violentos posteriores que, además, ocultan la verdadera violencia, la de los paraísos fiscales, por ejemplo, y las que provocan las enormes desigualdades sociales). Aquí hay materia para mejorar. Abundan los delitos por ofensas a la Cruz del Valle de los Caídos (a los asesinados por el franquismo, no; de estos hay que borrar sus nombres o que sigan en las cunetas), a los sentimientos religiosos (pero no a los laicos, tampoco ofende el robo del patrimonio del Estado mediante inmatriculaciones masivas), a los coños insumisos (porque los prefieren sumisos), a los que queman banderas (no a esos militares de tendencia levantisca y asesina), a los que vitorean a terroristas (no a los que lo hacen al genocida Franco), a los que injurian al rey (no al rey que insulta a los españoles), a los cómicos y a sus peligrosos chistes (lo peligroso es que puedan sentirse como peligrosos). Sólo se perdona a quien se sitúa en el bando correcto.

El caso Cifuentes y la sentencia exculpatoria de la Audiencia de Madrid, que condena a quienes ardían en deseos de regalarle un máster a su pesar, suena a burla. Cuando a esto se le suma, además de lo referido anteriormente, la oposición de la derecha a renovar el CGPJ o se escucha al presidente del TSJ de Castilla y León afirmar que “la democracia de un país se pone en solfa desde que el Partido Comunista forma parte del Gobierno”, el asunto es muy grave. Tanto, como para decir que la justicia es un cachondeo que debería tomarse mucho más en serio por tales jueces.

Bárcenas (sé fuerte, Luis), la derecha prietas las filas, la izquierda coaligada en permanente desunión, los jueces ultras, los independentistas catalanes… Hay demasiada gente abriendo la caja de Pandora; no se escuchan más que truenos.

Pandora recibió de regalo de boda una misteriosa tinaja con la orden de no abrirla. La muy curiosa, sin embargo, decidió destaparla, escapando de su interior todos los males. Cuando pudo cerrarla, solo quedaba en el fondo el espíritu de la esperanza, el único bien que los dioses habían metido en ella. De ahí surge la expresión “la esperanza es lo último que se pierde”.

Abrigados con la esperanza de que acaben las tormentas y se hagan dueños del ambiente el diálogo y la cordura, aquí continuamos, en expectativa de vacuna hasta que el “Gran Farma” lo tenga a bien. Mientras, Bárcenas seguirá tirando de la manta. ​O no.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s