“Borbonear en un país de omnívoros manirrotos”, por José Félix Sánchez-Satrústegui.

 

felix sanchez satrusteguiLos Borbones tienen por costumbre borbonear (referido a la capacidad de ciertos monarcas, cuyo paradigma es Alfonso XIII, aunque viene de antes, para dominar la política española mediante manipulación de voluntades y otras artimañas).

Leí en algún artículo la acepción de manipular a las gentes, de engatusarlas, de engañarlas, de utilizarlas en provecho propio, astuta, aviesamente. En un diccionario apócrifo lo definen así: “Dícese de la acción del Borbón que, mientras entretiene al respetable con campechanías y otras zarandajas, introduce la mano en la olla donde se cuecen todos los negocios para sacar tajada”.

En 1921, le preguntaron a Valle Inclán qué haría el monarca si se alzara en España una revolución. Él contestó: “Huir, huir como un cobarde. Eso es lo único que saben hacer los reyes”. Apenas diez años después, cuando su profecía se cumplió, fue más lejos aún: “Los españoles han echado al último de los Borbones, no por rey, sino por ladrón”, aseguró ya bajo la República.

Es sabido que el borboneo termina dando malos resultados; Juan Carlos I continúa una tradición familiar muy arraigada, que podría añadirse como otra acepción de borbonear: se ha visto obligado a ¿huir, escaparse, esconderse…? Dejémoslo, de momento, en salir por piernas, mucho más castizo.

La Nueva Liga Hanseática (de igual nombre de aquella otra medieval), creada en 2018, es un bloque de ocho países del norte de Europa partidarios de la ortodoxia económica, mediante la aplicación de la austeridad fiscal y monetaria, que pretende ser un contrapeso a las ideas europeístas e integradoras.

Cuatro miembros de la UE (Países Bajos, Suecia, Austria y Dinamarca), que persiguen una menor integración del gasto común, han sido catalogados por el Financial Times como países frugales con evidente munificencia eufemística. Mejor sería llamarles, como propone Álex Grijelmo, con su anverso negativo: países tacaños. El resto, sobre todo los sureños, seríamos, en contraposición, los dedicados al bebercio y a las comilonas; a folgar, o sea.

La austeridad, escribe el autor antes citado, es una opción personal que nadie aplica a los demás; cuando lo hace, tiene otro nombre: empobrecimiento. O ruina, que fue lo que provocaron las políticas desarrolladas por la UE en la crisis de 2008.

Ahora parece que ha asimilado, en parte, aquel error al lograr un acuerdo histórico para crear un fondo de recuperación de 750.000 millones de euros en ayudas a los países más afectados, incluyendo hasta 390.000 millones en transferencias directas.

La pandemia sigue su curso acumulando rebrotes, entre irresponsabilidad y miedo, repartidos ambos de forma caprichosa. Una nueva oleada y su confinamiento derivado, por muy parcial que sea este, durarán mucho más (excepto para los que no pueden confinarse porque no tienen dónde). El filósofo Henri Bergson afirmaba que el tiempo real es el tiempo interior, al que él llamaba duración. Si en un viaje la vuelta se nos hace más larga que la ida, aquella habrá durado más, diga lo que diga el reloj. Igual nos pasará con los siguientes rebrotes y sus consecuencias.

Debemos aprender de los errores, sin duda; es muy positivo que se reclamen auditorías externas e independientes para analizar nuestra actuación ante la pandemia y corregir todo lo posible para enfrentarnos mejor a otras nuevas. Lo que es de esperar, en cambio, es que esto sea aprovechado por las derechas extremas para el griterío que culpa de todo al Gobierno rojo inspirado por Satanás, incluida la creación de un virus en un laboratorio social-comunista. Nada tienen que ver, según los voceros ultraconservadores, los recortes del gasto público que los suyos llevaron, y siguen llevando, a cabo con total descaro. Díaz Ayuso, en el colmo del cinismo, reduce las plantillas de sanitarios e incrementa la de curas. Ignoro si lo hace para contraponer a las dudas que plantea la ciencia, entre algunas certezas, las certezas eternas que suministran los dogmas. Si los tratamientos farmacológicos no dan resultados, mejor acudir a la metafísica del rosario. Antes que la geriatría, la beatería.

No creo en los posibles avances sociales tras la crisis, como pronostican los optimistas. Deberíamos trabajar en ello desde ahora mismo, mientras combatimos al virus. Sin embargo, miramos hacia otro lado para no ver lo de siempre; aunque a continuación nos daremos golpes en el pecho como martillazos. Además del caso anterior en el que la sociedad calla (no solo es responsable la inicua presidenta de Madrid), basten dos ejemplos más.

Un jornalero nicaragüense es abandonado delante de un centro de salud en Lorca y muere por un golpe de calor, víctima también de la sobreexplotación laboral fraudulenta y mafiosa a la que se somete a muchos trabajadores. En el otro extremo, según una noticia de EFE, la pandemia ha tenido ya un coste de cerca de 10’5 billones de euros para la economía mundial, pero los supermillonarios “valían” a finales de mayo casi 250.000 millones de euros más que a mediados de marzo, según datos de la lista Forbes. Todo progreso va acompañado de miseria humana y el camino que llevamos es el de cada vez mayores desigualdades sociales. Manuel Vicent nos recuerda una frase de Schopenhauer: “El hombre no procede del mono; al contrario, evoluciona hacia el mono”.

Este país de flojos opíparos (en opinión de los “frugales” del Norte), sobrevive como puede tanto al ataque de los fascistas, en fase de cuarto creciente (no nos confiemos con ellos), como al de las coronas, ya sean víricas o borbónicas. Los republicanos hemos hecho menos contra la Monarquía que la propia Monarquía. De momento, ha salido por piernas Juan Carlos I. ¿Felipe después?

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

Sólo quien hace algo distinto, brilla.

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