Mi ex coronavirus y yo (XV), por Algarabía. “Contradicciones 9.4.20

 

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Estoy dándole vueltas, mientras me como una torrija hecha hace un rato, y he llegado a una conclusión seguramente errónea, el ser humano es contradictorio.

Yo siempre digo que no me gusta el dulce y que desde luego no me pego con nadie por uno, pero me pones una torrija delante y soy capaz de esconderlas. El chocolate me priva, pero siempre digo, el negro por lo tanto el dulce no me gusta. El problema llega cuando digo que me encanta el baklava, sí ese pastelillo de pistacho y miel que al entrar en mi boca, entiendo el sentido de las mil y una noches, pero ojo que no me gusta el dulce.

Lo mismo, o parecido, me pasa con la tarta de zanahoria de una tetería encantadora que hay en la calle Salustiano Olózaga que se llama Vailima, para mí la mejor de Madrid, sin duda. Y qué me decís del hojaldre en todas sus variantes, tarta de manzana, Miguelitos de la Roda, etc. Pero recordad que no me gusta el dulce. Me gusta la leche con miel, el roscón de reyes, por favor que delicia hecha pan con sabor a azahar. Yo no soy golosa. Por cierto. el merengue con hojaldre, ósea la milhojas de toda la vida me priva, de hecho, me como una cada vez que juega el Barça contra el R. Madrid, igual adivináis por qué y de qué equipo soy.

Dicho lo cual, al que igual que a mí os parece contradictorio que me harte de decir que no me gusta el dulce y os haya hecho toda una exposición de repostería que ni el Café Europa de Budapest, (en su publicidad dice que tiene más de cien variedades distintas de pasteles, para quienes no lo sepáis, no las conté pero había muchísimos). Pues exactamente lo mismo pasa con los que se dicen demócratas y no aceptan el resultado de las urnas, salvo que sean ellos quienes ganen.

Y eso pasa en este país siempre que gana la izquierda, la derecha tiene tan asumido su derecho divino al mando y dirección de lo que sea, un país, una empresa, una ciudadanía sumisa bajo esa divinidad de la educación judeocristiana, en la que los ricos son ricos por la gracia de un dios invisible y los pobres lo son porque así llegarán, eso sí cuando se mueran, a la diestra del padre, del suyo, no, del que se ve con los ojos de la “fe”.

Y mientras, como en “La vida de Brian”, la izquierda nos dedicamos a dispersar las fuerzas cual polen en primavera, aunque siempre con la lealtad de ayudar cuando como ahora, las cosas van mal. Yo tuve un gran amigo, Ramón, que se fue demasiado pronto, pero tenía decidido vivir para congraciar a la gente de distinta ideología y os aseguro que lo conseguía, de hecho, a mí me decía que era la Pilarica más roja.

Pues bien, todos los años hacía una matanza, pagada por él,  a la que invitaba además de amigos, que todos lo éramos porque él era absolutamente entrañable, a empresarios y sindicalistas para que delante de una copa de vino, o cava y una apetitosa comida, olvidásemos nuestras diferencias y buscásemos caminos comunes en los que encontrar las soluciones a problemas colectivos.

Ramón, además de decir cosas tan sabias y concluyentes como “si es que yo no sé si soy de los míos” o decir a un amigo suyo de uno de los partidos de Falange en su momento, cuando le propuso presentarse a las elecciones “¿Verdad que si hay más de un partido de Falange, nosotros nos retiramos?” y lo contaba diciendo al final, ya sabes que no me he presentado a ningunas elecciones.

Recuerdo que me decía no me tengo que morir sin oírte decir algo bueno de Esperanza Aguirre, creo que tampoco tengo que contaros la respuesta. Pero Ramón, ante todo era el mejor mediador que yo he conocido y eso era porque él siempre ponía por delante, el bien colectivo, esa es la diferencia entre un demócrata, sea cual sea su ideología, y uno que no lo es, como los que vemos a diario en las televisiones privadas o públicas, aquí no hay demasiada diferencia, diciendo siempre lo mal que lo hacen los otros, sin aportar ninguna propuesta constructiva que ayude a solucionar los problemas graves, menos graves o gravísimos como los que atravesamos.

Sergio, felicidades, te quiero, me parece escucharte llegando a casa de tus abuelos, mis padres, gritando desde la calle con dos añitos “abuela, abuelo que estoy aquí, soy yo tu nieto el comunista”. El día que cumplía un año legalizaron al PCE, de ahí el grito de orgullo de un niño que no sabía lo que aquello significaba, pero sabía que a su familia le hacía reír de alegría.

Bueno gente buena, un día más de confinamiento y uno menos para dejar las videollamadas y pasar a las reuniones físicas en las que abrazarnos.

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