Ojalá se evite el dolor, por José Félix Sánchez-Satrústegui

 

felix sanchez satrustegui

 Tras una gestación interminable y varias amenazas de aborto, la ceremonia en la que Pedro Sánchez prometió su cargo como presidente (o sea, el parto) fue muy breve. En palabras de Felipe VI, “el preparado”, el acto fue “rápido, simple y sin dolor; el dolor vendrá después”. Ya la formulara como desahogo, advertencia o metáfora, por “fino” olfato político u obstétrico (augurio de, cuando menos, un puerperio complicado), la frase expresa la sensación real de las dificultades futuras que esperan al Gobierno. Pero, al fin, hay gobierno de izquierdas. A ver si el PSOE y UP no se olvidan de sus siglas y ERC no lo hace con su E (que suele desdibujarse ante el encanto superior de la C).

La derecha, apocalíptica, lleva instalada en el exabrupto hace mucho tiempo, en el seguidismo de Vox y su griterío de tintes golpistas cuando, por ejemplo, piden la intervención del Ejército para derrocar al gobierno elegido democráticamente. Los que más avisan de que España se rompe son los herederos ideológicos de los genocidas que la partieron en dos, cuando pretendieron eliminar a la otra mitad en su totalidad, o los que la quieren dividir exclusivamente en ricos y pobres. Han intentado impedir por cualquier medio, incluido un nuevo “tamayazo”, la coalición progresista; hasta ladran advirtiendo de una acción penal contra Sánchez por prevaricación. Cuando no ocupa el poder político (porque en el judicial y el económico siempre está) lo supone un robo, por considerarlo también su patrimonio. El PP debe elegir entre centrarse un poco o irse de excursión con los que se dedican a desenterrar el hacha de guerra y desparramar mentiras, cara al sol, contra el gobierno y la democracia por las plazas de “su” España. En la continuación de la eterna reconquista de “su” patria, también ayudan los obispos con rezos a la virgen para que nos salve de los rojos e, incluso, de la masturbación. ¡Qué manía!

Reconozco mi obsesión patológica contra los “vivas” que exhala la derecha: me matan, me dan ganas de repudiar lo festejado sea lo que sea. Tanto es así que hasta hubo un tiempo (de acuerdo, en este caso solo fue un día) que rechacé el mágico zumo fermentado de la uva cuando Rajoy lanzó aquel “¡Viva el vino!”.

Amplios sectores de la población siguen padeciendo un trastorno por exceso de identidad colectiva, caracterizado, además de por esa demasía, por una parcialidad que recuerda (o inventa) hechos gloriosos pasados y oculta las atrocidades cometidas. Les pasa a todos, que cada uno mire para sí.

Comienzan los años veinte (que no, aún, la tercera década del siglo XXI), y nada que ver con aquellos de hace cien años cuando el mundo solo era la aceituna que flotaba en el cristal triangular del primer Martini (Manuel Vicent). Entonces salían de la Primera Guerra Mundial, ahora lo hacemos de una Gran Crisis que es como una guerra sin bayonetas manchadas de sangre pero que ha enterrado a millones de seres humanos en la miseria. Las cogorzas de Modigliani y las fiestas en Montparnasse han sido sustituidas por los incendios de Bolsonaro y los tweets de Trump que son ebriedades sin el más mínimo glamour, al contrario, además de amenazas muy serias para la humanidad.

Ahora que se conmemora el centenario de la muerte de Galdós no estaría mal leerlo para entender España, naufragar con ella, encontrar motivos para seguir creyendo (Almudena Grandes).

Los ejes de actuación del gobierno de coalición alientan la esperanza en la lucha por la igualdad, por recuperar derechos, por la justicia fiscal y por un Estado del bienestar sostenible y sólido.

Tres cuestiones básicas. Antes que nada hay que defender la democracia. Según plantea Daniel Innerarity, no deberíamos querer una democracia más sencilla, sino abrazar la complejidad de la existente y mejorarla a través de esa complejidad, que él la defiende como concepto democratizador. Añade que debemos generar el conocimiento necesario, aunque siendo conscientes de que, si tenemos democracia, es porque no sabemos lo que tenemos que hacer, y que la justificación última de lo que vaya a hacerse será siempre una justificación popular. No se puede renunciar al juicio de los expertos, pero este, sin una legitimación popular, sería inasumible democráticamente.

También me parece primordial la mejora de las políticas de prevención y lucha contra la corrupción, porque no debemos olvidar que estos cambios profundos nacen de la moción contra Rajoy por la corrupción en el PP, algo que nos recordaba Manuel Villoria hace ya más de un año y medio.

Y, sin duda, la cuestión más elemental: recuperar el diálogo frente a la bronca en busca de un adecuado marco de convivencia entre distintos (ya sean derechas, izquierdas, nacionalistas místicos o míticos, patrioteros o patriotas sin fronteras).

Cuentan que, cuando García Márquez acudió por primera vez al odontólogo, tuvo que rellenar una ficha en la que una de las preguntas era: “¿Tiene usted alguna molestia o dolor?” Él contestó: “Molestia sí, el dolor vendrá después”. La misma frase del monarca en un contexto distinto y 30 años antes.

La primera nube de dolor, nada becqueriana, a mí me la ha producido el ascenso arrollador del asesor-estratega-expertísimo-gurú (o sea, un mercenario del poder, de derechas, infiltrado en el PSOE) Iván Redondo. Ahora, también coordinará la seguridad nacional, la oficina económica de Moncloa y otra de análisis prospectivo para idear la España de 2050. Espero que en sus prospecciones no busque dónde excavar un pozo para enterrar nuestro futuro junto a otros fósiles y nos acerque al Pleistoceno.

A pesar de las amenazas de sufrimiento e infierno, no perdamos la esperanza. Al decir del poeta Jorge Guillén, cuando uno lo hace se vuelve reaccionario. Ojalá evitemos o, al menos, superemos mediante la adecuada analgesia cualquier dolor político.

PD: Me uno al dolor de familiares,  amigos y de toda Estella-Lizarra y su merindad por la muerte de esos dos niños en el terrible accidente ocurrido hace unos días. Mi abrazo y deseo también de pronta y total recuperación a los heridos.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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