Fuego, mar y lobotomía, por José Félix Sánchez-Satrústegui

 

felix sanchez satrustegui          La operación más importante de este verano no fue la operación salida ni lo será la del regreso vacacional, sino la lobotomía, intervención quirúrgica que pretende reinstaurar Cayetana, consistente en seccionar algunos fascículos nerviosos en el lóbulo frontal, entrando a través de dos agujeros realizados en el cráneo, con el propósito de curar determinadas enfermedades mentales.

La primera fue realizada por Antonio Egas Moniz, lo que le valió el Premio Nobel de Medicina en 1949. Walter Freeman practicó más de dos mil, para las que utilizaba un picahielo y un mazo de caucho. Cuando aparecieron los psicofármacos (loados sean sus descubridores), se dejó de practicar tal barbaridad.

La marquesa de Casa Fuerte, impertinente y soberbia, de insoportable fatuidad, es la pirómana oficial del PP, una vez que Rafael Hernando perdió la chispa y los cortocircuitos de Dolors Montserrat, aunque frecuentes, no daban como para prenderla.

Álvarez de Toledo, jirafa de hielo, espíritu dragontino que escupe fuego devastador junto a sonidos que no alcanzan a constituirse en ideas, reaccionaria de alcurnia rancia, pidió la lobotomía política para Pedro Sánchez.

El fuego múltiple e imparable del estío ilumina de rojo un instante, como una luz engañosa que después tiñe de negro el cielo y el suelo. Paradoja de la persistencia y del cambio, fuerza destructora de la propia tierra, propiedad cíclica de la materia. “Fuego es el mundo que se extingue y cambia / para durar (fue siempre) eternamente”. Luego, ya solo quedará la ceniza. José Emilio Pacheco, escritor mejicano, escribe sobre el fuego, esa metáfora total, metáfora de metáforas.

Hefesto esconde su aspecto arsénico junto a la forja en el corazón volcánico de una isla griega, sorprendido por el poder incendiario del hombre, el incansable pirómano de superficie. El triángulo del fuego es un trío ardiente que transforma la pasión lírica en drama.

El sol, el globo de fuego (Machado), atiborra de alertas amarillas, naranjas y rojas el mapa hispano y la falta de lluvias desertiza el paisaje, convierte los ríos en gotas de agua en fila india, los pantanos en charcas y estas en bodones, como un recuerdo de lo que está por venir.

Unos dicen que el mundo terminará en fuego, otros dicen que en hielo. Yo no tengo las dudas del poeta Robert Frost.

El mar, la mar, sólo la mar de Alberti. Lucifer del azul, el cielo caído por querer ser la luz (Lorca).

La multitud, prosaica, distante de la poesía marinesca, se amontona en las playas, rebozada en arena, alternando decúbitos pronos y supinos sin descanso, empeñada en absorber la energía solar con tanta fe que, en ocasiones, ha hecho flaquear al sol.

Mediterráneamente, tras brindar con cerveza y pescados variados en el chiringuito, nos sentamos en la orilla, observamos las olas que se adornan en movimientos retorcidos, escuchamos el susurro de mareas que acercan sonrisas, recogemos botellas náufragas portadoras de secretos inconfesables y respondemos con sueños a los saludos lejanos de las sirenas. No escuchamos, en cambio, el grito: “¡Ave Europa: los que van a morir (ahogados) te saludan!”.

La derechísima trinidad hispánica, como la de Trump o Salvini, se atrinchera en discursos de odio, tan llenos de aporofobia como de xenofobia. La izquierda entra en parálisis general. La nueva mayoría silenciosa se aferra a su cómodo estatus, anunciado en el adjetivo, ya convertido en apellido consolidado, y calla.

Los miles de ahogados son, para la culta Europa, un número despreciable de despreciables innominados.

Lo estamos consiguiendo, ya queda poca humanidad y poco planeta, ambos en plena decadencia. A través de los agujeros de la lobotomía, la cayetanesca dominante, eviterna y mundial, nos ha ido introduciendo el líquido de la indiferencia para rellenar los huecos que quedaban entre la materia cínica.

Mientras tanto, aquí estamos, pasando el verano entre el fuego y el mar, lobotomizados y convalecientes.

 

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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