Carta a Koldo de un exalumno del Colegio del Puy

Hola, Koldo:

Estudié solo un año el colegio el Puy. Hice primero y tenía diez años. Mi experiencia fue corta pero la huella tan larga que aún me llega.

Te escribo para darte las gracias por haberte decidido a dar un paso que, nadie hasta ahora, se había atrevido a dar y que ha generado una reacción en todos los que tuvimos tan triste experiencia.

Dice el obispo que no se puede demostrar nada, pero yo creo que sí se puede: estamos muchos testigos que podemos confirmar, punto por punto, tu denuncia.

Te escribo, sobre todo, para que te sientas arropado en tu denuncia. Y para confirmarte que tu iniciativa no está fuera de lugar, aunque haya pasado tanto tiempo, y el acusado haya muerto. Te pregunta Juan Andrés en la entrevista por qué has tardado tanto en denunciar. La pregunta debería ser, más bien, ¿Cómo es posible que en un caso tan extendido, público y notorio como este, no se hubieran producido antes varias denuncias?

La respuesta es clara, los abusadores se sentían impunes porque aquella sociedad franquista y católica amparaba esas situaciones haciendo imposible la denuncia, e incluso la queja, que se volvían contra la víctima que se atrevía a protestar. Si contabas algo en casa, tenías encima la bronca de los padres porque “algo habrás hecho”.

No se ha denunciado antes porque era imposible y solo ahora se están dando las circunstancias para poder reaccionar. Aunque los agresores se hayan librado de juicios y sanciones, hay que decir lo que pasó. Da para escribir un libro, que alguien se podría animar a hacer, recogiendo los testimonios de docenas de antiguos alumnos.

Mi caso no es especial. Yo sufrí algunos sobeteos por el cuello y las mejillas y, sobre todo, una gran cantidad de bofetones, tirones y castigos de todo tipo. No fui consciente, entonces, de que aquello fuera grave. Lo de las caricias no lo sabía interpretar con tan pocos años como tenía. Lo de los castigos era moneda corriente en la escuela, en la iglesia, e incluso en casa, así que en aquel contexto no parecía ser tan extraño.

Pero yo subía muchos  días al colegio llorando porque iba acojonado. El miedo era al director y a sus compinches, el ”Txipa” y el “Cala”. Su agresividad contra alumnos tan jóvenes, callados y obedientes como éramos en aquella época, sólo se explica por algún sadismo morboso o algún desequilibrio mental. Al año siguiente me llevaron interno al seminario y a pesar de que allí la vida era muy dura (no salíamos en tres meses y nadie nos iba a visitar), me pareció una maravilla, comparado con el colegio del Puy.

Su necesidad de dominar a las personas se manifestaba en la humillación y el acojono. Se sentía bien haciéndonos tener miedo, mostrando su poder sobre nosotros, contando con la complicidad y beneplácito absoluto de toda la sociedad.

Te agradezco, de nuevo, que hayas tomado la iniciativa, porque esto había que contarlo, para que no vuelva a suceder, para que la iglesia caiga de su pedestal y asuma que también tiene que pasar por la justicia ordinaria, y que no vale con el perdón, y el traslado de centro. Que no hablen de pecados, sino de delitos.

Espero que te sientas mejor y que puedas cerrar capítulo.

Un abrazo.

Un exalumno del Colegio del Puy                                                                                               

 

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