Los sentimientos religiosos, por José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

 

 FOTO MONTEJURRA SOLO

 Debió ser durante el galicinio cuando, en alguno de los cortos duermevelas que salpican mi insomnio de base, tuve un extraño sueño, sin duda inducido por recientes acontecimientos. El resumen, necesariamente borroso, es el que sigue.

<<Nietzsche recorría los pueblos como ventrílocuo. Su muñeco, Zaratustra,  repetía sin parar: “¡Dios ha muerto, Dios ha muerto,…!”. No muy lejos de ellos, un vasco contaba a otro el chiste de dos compatriotas: ¿Oye, Patxi, ¿Dios es nombre o apellido?  Mmmm, apellido. ¿Y el nombre? ¡Pues mecagüen! Willy Toledo gritaba cada vez más alto: ¡me cago en Dios!, enfrentado a un grupo de abogados cristianos que, de rodillas frente a él, pretendían lapidarle mientras rezaban con marcial hipocresía. Un número indeterminado de policías de aspecto gris, comandados por un togado de atuendo y gesto negros, detuvo a Nietzsche, a Zaratustra, a Willy, a los dos chistosos e, incluso, a Patxi>>

Lo escribo todo seguido para trasladaros la sensación imprecisa y atropellada de tal visión onírica. Me desperté sobresaltado, como suele ocurrir en las pesadillas, ciertas o no. Prometo que esta es cierta, o no.

El sentimiento es un estado afectivo del ánimo. Lo que en él se contiene es completamente subjetivo, y solo existe de modo subjetivo (Hegel). El religioso, también. Por tanto, juzgar con criterios penales, que deberían ser objetivables, la enérgica (se supone) intensidad aplicada por el ofensor ante la débil (también se supone) defensa opuesta por el ofendido, que dependen de criterios de sensibilidad muy subjetivos, debe ser tarea harto difícil incluso para los jueces más acostumbrados a ejercer de dioses patriarcales.

Otro problema añadido, según mi corto entender jurídico-religioso, es el que ha referido Pérez Royo, que niega que se pueda insultar a quienes no son personas. Mezclar en un mismo argumento jurídico a Dios o la Virgen, tan metafísicos, con sustancias tan físicas como las heces, incrementa aún más la dificultad de penalizar. Ambos (dioses y excrementos) habitan la escatología aunque con distinto significado.

La expresión (que a mí me parece más pataleta infantiloide que blasfemia) que ha llevado al actor Toledo delante del juez es de tan frecuente empleo incluso entre creyentes que, si hubiera que encarcelar a sus usuarios, nos tendríamos que dedicar en cuerpo y alma a la repoblación urgente e intensiva de muchas zonas de este país. La más de las veces se utiliza, es cierto, como una interjección que no pretende sino proclamar una queja. Si me pillo los dedos con una puerta, por ejemplo, exclamaría algo más asilvestrado que un simple “¡mecachis”!, aunque no daré pistas por si acaso.

Ya Platón enfrenta a Cratilo, que presupone que los nombres de las cosas están relacionados de forma natural con las cosas, y Hermógenes, que piensa que las palabras son convenciones empleadas por el hombre para entenderse. El lenguaje cratiliano nace entre el pueblo, que lo mezcla; pasa por los escritores, que lo consolidan, y acaba en las Academias, de natural conservadoras, que lo regulan (limpia, fija y da esplendor según el lema, más propio de un detergente, de la Española). Sin extenderme más, la reciente pudibundez española en palabras y expresiones nos lleva a lo que Cela en su Diccionario Secreto denomina piadosismos, referido a los eufemismos de motivación religiosa (diez por Dios, por ejemplo) y ñoñismos (valga cáspita como ejemplo, aunque no se emplea desde que Pedrín lo exclamaba junto a Roberto Alcázar en plena situación peliaguda). No me digáis, insisto, que ante un instante doloroso o complicado, uno no tiene tendencia a acabarlo mejor en rima malsonante que con un gazmoño cáspita o mecachis. Cuando menos, soltaríamos un ¡coño!, recurso expresivo versátil de estados de ánimo de muy diversa cualidad y magnitud.

Apelar al escarnio y ofensas a sentimientos religiosos, como hace el artículo 525 y alrededores del Código Penal (el número del artículo no se refiere al año de implantación de tal pena, contra lo que pudiera parecer) tiene un tufillo inquisitorial.

Desde mi respeto a los sentimientos religiosos, o no religiosos, de cada cual, yo me declaro ateo. Espero con ello no herir el corazón de los católicos y jueces hipersensibles. Continuamente escucho burlas tenaces despectivas (escarnio) contra el socialismo en el que milito (también los hay en dirección contraria, qué conste) que, al no ser religión, no está amparado de igual manera por la legislación penal. ¡Qué pena, vaya por Dios.

De todas formas, junto a la inexcusable defensa de la libertad de expresión, en difícil situación en nuestro país, me uno a la petición del filósofo Emilio Lledó de no olvidarnos de la libertad de pensamiento que nos permita tener algo más que la “sola” libertad de decir imbecilidades.

 

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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