Residuos Nacionalcatólicos, por José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

 FOTO MONTEJURRA SOLO

España es un Estado de derecho en sentido real. No estoy de acuerdo con la acusación de que sea fascista. Ahora bien, es un Estado de derecho con deficiencias estructurales y vicios adquiridos que lo hacen manifiestamente mejorable. Por otro lado, aunque solo atendiéramos al tiempo transcurrido desde su entrada en vigor, la Constitución que lo sustenta es rotundamente reformable.

La transición a la democracia tras la muerte del dictador levanta pasiones encontradas en la ciudadanía, que van desde la adoración genuflexa a la reprobación vehemente. Aunque la viví como joven militante de la ruptura frente a la reforma, he de reconocer el enorme esfuerzo de muchos demócratas por superar el periodo más negro de la historia reciente de nuestro país. No desprecio aquella salida, pero tampoco la considero modélica.

Sin ser objeto de este artículo profundizar en argumentos sobre lo anteriormente expuesto, quiero referirme a dos asuntos de actualidad que ponen de manifiesto que algo no acabamos de hacer bien para la erradicación total del nacionalcatolicismo: la oposición a la exhumación de los restos del dictador y el robo del patrimonio nacional por parte de la Iglesia (vía inmatriculaciones, dejadez institucional mediante).

Aunque la forma en que se realizó la transición contribuyó al silencio sobre el franquismo, no debemos olvidar que este fue un Régimen derivado de una Guerra Civil, consecuencia de un Golpe de Estado fallido contra la República legalmente constituida. Ese Régimen genocida, contra lo que pretenden esconder con indecencia los revisionistas histéricos, cuenta en su haber con 350.000 muertos y 140.000 desaparecidos, además de 270.000 presos políticos y 500.000 exiliados.

Si pensábamos que no quedaban franquistas en España, ha sido anunciar la exhumación del jefe de los asesinos del monumento a la ignominia para que salgan a vociferar su desacuerdo y se haya desatado el “polen franquíneo” (Forges). Con gran dosis de cínico anacronismo, los anclados en el pasado (entre ellos, ministros peperos novios de la muerte o abanderados a media asta en semana santa) piden mirar al futuro; ciento ochenta militares han difundido una declaración contra la saca de la momia en desagravio al “soldado de España” (menuda tropa de indeseables), esto sin entrar en las protestas de los apologetas del genocida aglutinados en torno a una Fundación, financiada con dinero público, de la que me repugna hablar.

El primer paso para enterrar definitivamente el franquismo y empezar a cerrar heridas aún abiertas es la exhumación de los restos del dictador del vergonzante monumento.

El verdugo de cientos de miles de españoles sigue ostentando la máxima distinción otorgada por el Vaticano durante el siglo XX. Es un claro ejemplo de la conexión que hace que la Iglesia Católica (en adelante Iglesia) mantenga tal poder en un Estado teóricamente laico “ma non troppo”.

A la inconstitucionalidad del sistema vigente de financiación eclesial, el mantenimiento de la Religión en centros docentes públicos y tantas otras anomalías que ponen en cuestión la legítima laicidad, habría que añadir el robo descarado del patrimonio nacional, en forma de inmatriculaciones (inscripción de un bien inmueble por primera vez e incorporación al Registro Público de la Propiedad).

La Iglesia ha registrado entre 40.000 y 60.000 propiedades (Mezquita de Córdoba, Giralda de Sevilla y Catedrales de Zaragoza o Valladolid, entre otras muchas, y numerosas propiedades no dedicadas al culto) aprovechando la Ley Hipotecaria de 1946 y el decreto de Aznar de 1998 que mejoraba aún más las condiciones para tal expolio. El proceso ha sido realizado con nocturnidad y mala fe, lo que ha imposibilitado recurrir la decisión. Se hace necesaria una solución global promulgando el instrumento jurídico adecuado para la declaración nula de todas esas inscripciones  ilegítimamente realizadas y que exprese con total claridad la titularidad pública del patrimonio histórico de raíz religiosa. A la vista de estos datos, podemos afirmar que este país es en gran parte propiedad material del Vaticano (el resto lo es del gran Capital).

La Plataforma en Defensa del Patrimonio Navarro y otros colectivos vienen luchando desde hace tiempo por hacer público el listado de inmatriculaciones, algo a lo que el Gobierno socialista se ha comprometido ya. Pero no será fácil recoger todas.

Entre la momia, y los fascistas que la vitorean, y la organización para el latrocinio que es la jerarquía eclesiástica, estamos atrapados en un hedor nacionalcatólico que debemos superar, sin esconderlo, aireando las cloacas. “Aún somos nuestros antepasados” (El Roto).

Espero que la Asociación de Abogados Cristianos, tan sentida y tiquismiquis para algunas cuestiones y tan poco para otras, siga mirando hacia otro lado, como hace con la pederastia en la Iglesia, y no se fije demasiado en mí. Amén.

 

José Félix Sánchez-Satrústegui

2 comentarios en “Residuos Nacionalcatólicos, por José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

  1. Como hablamos desde Navarra, el mayor símbolo fascista, el símbolo de la victoria permanente del fascismo es nuestro monumento a los caídos en Pamplona. Y seguirá siéndolo mientras no seamos capaces de de olerlo.

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