Prisión permanente revisable: eufemismo de cadena perpetua. Por José Félix Sánchez-Satrústegui

FOTO MONTEJURRA SOLO

Con la que está cayendo, o ha caído, se hace imposible caminar a la intemperie sin meterse en charcos a cada paso, salvo que uno decida permanecer a cubierto en algún refugio. Sirva también lo anterior como metáfora.

Vivimos inmersos en el eufemismo sociopolítico. Aquí no hubo crisis sino desaceleración (aunque no íbamos más lentos, sino para atrás); tampoco subida del IVA, sino cambio en la ponderación de los impuestos (para engordarlos); al repago sanitario se le llamó copago (que parece más solidario); España no fue rescatada sino que recibió un préstamo en condiciones muy favorables (para los prestamistas, se entiende); tampoco ha habido fuga de cerebros, sino movilidad exterior (para conocer mundo) y no existe el despido libre sino flexibilización del mercado de trabajo (que siempre se encorva por el mismo sitio). Y así cientos de ejemplos, como el del título.

Ahora que se ha atenuado el fragor de la batalla, aunque volverá, y a riesgo de ser lapidado por los contrarios, me voy a meter en el charco de la prisión permanente revisable.

Admito, de entrada, que si un hijo mío hubiera sido asesinado, dominado por el dolor y la ira, mi mayor deseo sería matar con mis propias manos al asesino. Pero, como sería castigado penalmente por mi acto, preferiría ceder esa actuación al Estado para que asumiera de forma institucionalizada la venganza.

Queda clara, por lo expuesto en el párrafo anterior, mi nula superioridad moral sobre los que piensen otra cosa en este asunto. Pero quiero manifestar mi opinión contraria a la prisión permanente revisable, un eufemismo tras el que se disimula la cadena perpetua.

Porque el Estado, en una sociedad democrática y civilizada, no puede aplicar la justicia salvaje, que no otra cosa es la venganza (Francis Bacon). La Constitución Española prohíbe penas inhumanas (y un encierro de por vida, o casi, lo es), que, además, van en contra del mandato constitucional de reinserción social y los principios de legalidad y de seguridad jurídica, al ser una condena indeterminada. En este y otros argumentos se basa el manifiesto en favor de la derogación de dicha forma de prisión firmado por más de 100 catedráticos de Derecho Penal.

Aunque ya se habían realizado aspavientos premonitorios, quisiera también mostrar mi repulsa a la utilización de las víctimas y sus familias de forma tan oportunista, descarada, indecente, demagógica, obscena, repugnante…, y cuántos adjetivos “descalificativos” más se quieran emplear, por parte del PP de Rajoy, culminada en el debate ad hoc del Parlamento, junto con Cs, el Partido de don “Digodiego” Rivera, cuyo talante “autoantónimo” le capacita para expresar una cosa y la contraria sin cambiar el gesto ni la hoja del calendario.

El colmo de la infamia, el acto más nauseabundo del citado debate, lo protagonizó el diputado del PP Bermúdez de Castro cuando en su discurso exigió a los socialistas, que pretenden la derogación de tal norma, que al hacerlo miraran a la cara a los padres de las víctimas que asistieron como invitados.

Queda claro que, a pesar de que en mi fuero interno y en un momento de ira y dolor  desearía todo el daño para estos asesinos, considero que como sociedad debemos buscar soluciones menos drásticas, y que los legisladores no pueden ser poseídos por dichos sentimientos ni por el “proselitismo de rabia” a la hora de legislar.

Algunos datos echan por tierra los argumentos utilizados para el incremento de los castigos por su actual suavidad o porque cuanto más duros, más disuasorios.

En España hay pocos asesinatos y la tasa de criminalidad lleva años bajando, aun así el tiempo medio de estancia en prisión es de 18 meses, el doble de la media de la UE, y estamos entre los países con más presos por población de toda Europa occidental. Cosa distinta es que haya dudas de que, tanto entre los internados como entre los que no hay manera (en varios casos muy conocidos), la elección haya sido la correcta.

El periodo mínimo de condena, para la prisión permanente revisable incorporada a nuestro Código Penal (CP) en 2015, es en España de 25 años, en Suecia de 15, en Reino Unido de 12, en Francia de 18 y en Alemania de 15. El CP español no es nada blando, incluso antes de las modificaciones que introduce la “Ley Mordaza” de ideología reaccionaria. El derecho Penal moderno, no solo en España, se ha erigido en el protagonista de las sociedades del miedo, en herramienta predilecta del Estado para gestionar problemáticas sociopolíticas eludiendo su responsabilidad en tales campos.

Pero es que, además, la cadena perpetua es poco eficaz en cuanto a su relación con una mayor seguridad (los países con pena de muerte tampoco son más seguros). Ignacio Escolar, en un artículo del pasado mes de febrero, hace un resumen de los datos más significativos en este sentido mientras recuerda que no hay por qué elegir entre derechos humanos y víctimas, que no es incompatible la reinserción con la seguridad.

Yo me apunto a esta opción en contra de la prisión permanente a pesar de mis desconocimientos jurídicos y de mis vísceras en ebullición, pero también desde la reflexión serena.

Y no es que no me entren ganas de venganza a la vista de atrocidades como la muerte violenta de niños, sino que como ya nos advirtió Marco Aurelio en sus famosas Meditaciones, “el verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele”.  

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s