Cultivos transgénicos: no todo el campo es orégano. Por Lucía Otero

 

lucia otero de podemos

El ayuntamiento de Yerri fue pionero en hacer una declaración institucional para definirse como “Zona libre de transgénicos”. Después siguieron Etxauri, Leitza, Tafalla, Estella/Lizarra (enero 2018) e Iruñea (marzo 2018). Un artículo en el Diario de Noticias del 28 de marzo firmado por personas del ámbito de la ciencia aseguraba que no existe ninguna evidencia científica de que los transgénicos tengan un impacto negativo en la salud o en el medio ambiente. Creo que es una afirmación demasiado categórica que se enmarca dentro de un proteccionismo biotecnológico que defiende una parte de la comunidad científica,  porque la realidad es  que no hay consenso científico en este tema. En Francia hay dos Comités para el estudio de los cultivos transgénicos y los dos tienen conclusiones contrarias. La mayoría de los estudios realizados son de personas que se deben a las empresas que les financian las investigaciones, las mismas empresas que nos imponen los transgénicos, o sea, Monsanto y Bayer. ¿Debemos creer a estos científicos? ¿Cuál debe ser la actuación de nuestras instituciones?

La ciencia nos dice cómo funcionan las cosas pero es la política la que tiene que determinar si llevamos algo adelante o no lo llevamos. Como vemos que no hay acuerdo a la hora de determinar si los transgénicos son seguros o no, la decisión de permitir su cultivo es política. Las decisiones políticas deberían estar orientadas al bien común por encima del beneficio privado y a la seguridad alimentaria. Dos datos nos tienen que poner en alerta:

El peligro del oligopolio. La compañía farmacéutica alemana Bayer ha comprado Monsanto, la compañía estadounidense. Por otro lado, China National Chemical Corporation compra Syngenta, la empresa suiza. Esto nos lleva a pensar que la toma de decisiones, sobre qué tipo de alimentos y en qué condiciones se producen, se encuentra cada vez en menos manos y cada vez más lejos de la ciudadanía. Estas empresas están controlando todo el mercado de semillas y, una vez que tienen el control del mercado, tienen el control de los precios. Si a esto unimos que, además, son potentes industrias farmacéuticas se perfila un futuro inquietante.

Un maíz insecticida. El maíz que conocemos en los campos de Navarra, el 810 YieldGard de Monsanto tiene incorporado un gen que es el insecticida Bt, que no se degrada; pasa al suelo,  a la sangre y músculos de las personas, demostrado ya en análisis realizados. Lo podemos estar consumiendo sin darnos cuenta porque no es obligatorio poner en las etiquetas de los alimentos que contienen maíz transgénico, si la cantidad no pasa de O,9%. Por otra parte, existen peligros de contaminación de plantaciones convencionales y ecológicas, como ya ha sucedido en Navarra, sin que las y los agricultores puedan reclamar a nadie porque las compañías no se hacen responsables.

Llevamos 10 años con campos de maíz transgénico sin que se haya informado a los agricultores y a la población de las posibles consecuencias negativas de su cultivo; ahora toca, poco a poco, lugar a lugar, defender nuestro derecho a una información de calidad, defender nuestro territorio, nuestros cultivos tradicionales, nuestra salud y nuestro futuro.

Lucía Otero

Mundo Rural de PODEMOS

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