Otoño cabizbajo, por José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández.

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La tozudez dorada del sol se resiste a la derrota, aunque ya comienza a velarse a través de la mirada indecisa del otoño, que no entiende de certezas ni lo pretende.

Las hojas de los árboles, desvaídas, dolientes de insoportable levedad, vencidas por la gravedad implacable, tapizan de mística otoñal el suelo, generoso anfitrión de un huésped multicolor.

“Hasta de mi alma caen hojas”, nos consuela Neruda; solo quedan en pie las numerosas hojas de ruta con destino a ninguna parte (quien se precie de ser alguien en este país de huecos debe poseer al menos una). Mi pluma sigue seca a la espera de que lluevan ideas, al menos alguna ocurrencia. Las rocas incendiadas de las Oriónidas, Leónidas y Gemínidas atraviesan la melancolía del espacio como un sueño fugaz. La luna suspira calladamente, mira de reojo a los meteoros suicidas y a las estrellas extáticas. La tierra se resquebraja de sed, el agua es una fantasía.

Creí que el emisario equinoccial nos anunciaría tiempos de abstracción, reflexión y dudas. No fue así, persiste la tiranía del dogma. Solo hay una verdad absoluta frente a otra verdad absoluta, coincidentes, además, en que ambas son mentira. Se ha hecho imposible crear colores, salvo en el suelo de hojarasca yacente, y permanecen el blanco y el negro inexpugnables, inasequibles, inmiscibles. No corren buenos tiempos para la lírica, tampoco para los matices. Ni siquiera a la metáfora le es factible sobrevivir en esta época de gritos sin palabras, en este mundo “apoético”. Cómo hacerlo ante frases del tipo “los españoles son muy españoles y mucho españoles” o “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde” de Rajoy, ese verdugo de neuronas, libertades y metáforas.

Los héroes de pacotilla dominan el cotarro seguidos de una tropa de vísceras vociferantes. El insensible sentimentalismo patriotero ha suplantado a la sensibilidad social.

Entre las enaguas de la patria se esconden cajas B y sueldazos B sumados a los sueldazos A. El griterío silencia la Gürtel, Rajoy repite en voz baja España capital Suiza. Los borregos de España en pecho le jalean con berrido coral mientras otros muchos lloran bajo el paro y el hambre, aplastados por salarios de miseria. Unos buscan la salvación terrenal en comedores sociales; los buenos, los “besabanderas”, viven con su dios, el dios dinero, en el paraíso. En el paraíso fiscal, se entiende.

La política ahora se llama justicia, o al revés, o se entremezclan. Política apolítica. Los cuatreros de guante blanco salen de la cárcel y entran los estrellados de himno fácil. Injusta justicia. Los que un día fueron aporreados por los suyos por protestar contra las políticas de austeridad, ahora se quejan de ser aporreados por extraños. Siempre es mejor el garrotazo de un hermano de la sociedad del tres por ciento y de la nueva única Gran Causa. Catalunya capital Andorra, ríe Pujol.

Las víctimas de su propio victimismo se autoproclaman presos políticos (no lo son, ni siquiera Amnistía Internacional los reconoce como presos de conciencia, según su lenguaje, aunque no creo que debieran estar encerrados). Las vértebras de Justiniano, un viejo militante del PCE, torturado, chirrían ante la comparación. Marcos Ana, veintitrés años encarcelado por sus ideas políticas en una cárcel franquista, preguntaba cómo era un árbol o el canto del río cuando se cubre de pájaros. Poesía pura, puta cárcel.

Extremadura, la gran abandonada por los poderes, la querida tierra en la que habito, protesta estos días en Madrid por un tren digno. Las vías férreas extremeñas en cualquier otro lugar llevarían años convertidas en chatarra y las máquinas llenarían los anaqueles del “Gran Museo de la Avería Continua”. Ir desde Badajoz a Madrid en tren es una odisea decimonónica pero desprovista de ese aire romántico. Era más segura la carreta, y la diferencia de velocidad media no es tanta (si, además de las paradas previstas, contamos las imprevistas, el tiempo en realizar el trayecto se acerca peligrosamente a la eternidad). Son estas causas y otras tantas laborales, sociales, salariales, de libertades o de solidaridad… las que me preocupan sinceramente y a las que la izquierda debería dedicar su esfuerzo.

Otro asunto muy distinto, este llega de mi Navarra natal. Es muy posible que lo de Altsasu fuera algo más que una trifulca de bar y de ella debiera derivarse algún tipo de delito penal. No lo sé. Pero la consideración de acto terrorista y las peticiones de cárcel de la Fiscalía son una barbaridad: desproporcionadas, sin sentido y antidemocráticas (así las califican en una carta al Presidente de la Comisión Europea 52 eurodiputados). Hay sectores que parecen muy interesados en resucitar el fantasma de ETA. Como para luego quejarnos de que se debilite la percepción de España como Estado democrático y de derecho o se denuncie la baja calidad democrática de este país.

Cansado de descifrar a los hombres, me dedico a hacerlo con los libros. Leo a Loriga, Auster y Pániker. Releo a Pessoa, siempre releo a Pessoa, y a Juan Alcaide, el poeta manchego del que conservo algunas joyas. Kapirutxo me tiene muy ocupado recorriendo los hermosos y variados ojos que describe en su poemario. Acabo de recibir los 190 espejos de mi querido Irazoki. Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros (Bioy Casares).

Mientras tanto, prosigue este otoño cabizbajo de güisqui fácil. Solo pido que llegue la lluvia, que me empape de poesía y haga renacer la tinta de mi pluma seca.

 

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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