Aire de libertad, por Carmen Puerta.

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La vida, es igual y diferente para cada uno de nosotros, coincidimos en momentos, acciones, alegrías y dolores que nos hacen acercarnos a quienes han vivido situaciones parecidas y compartimos las risas  o las lágrimas.

Ante  las pérdidas nos consolamos como podemos, somos supervivientes en esta sociedad que no nos enseña a despedirnos de nuestro seres.

Los apegos,  “mi novio, mi hijo, mi mujer, mi amigo, mi coche, mi casa”….no ayudan.

Yo tuve dos hijos, mis mejores poemas, mis alegrías, como decimos madres y  padres, aunque en adolescencias, nos pongan los nervios de punta.

La vida es muy  caprichosa, me llevó a trabajar y a colaborar durante nueve años con el cáncer infantil. Mis hijos, me acompañaron, clases, excursiones, cenas, campamentos, aprendimos a ver a valientes madres, padres y víctimas del cáncer, sin buscar el: ¿Por qué a mí? Y aceptando el: ¿Por qué no a mi? Cuando un gladiador o gladiadora se marchaba, se me encogía el cuerpo, miraba a su madre, por la afinidad, supongo y no podía ponerme en su lugar aun sintiéndome tan cerca.

Pasaron los años y tuve que escuchar: tumor maligno en fase muy avanzada. Mi hijo en ese momento tenía veinte años. No existen palabras para afrontar eso, solo recuerdo cómo me temblaban las piernas cuando veía acercarse al médico, tardó tres visitas para terminar de darme el diagnóstico. Hoy casi no lo recuerdo. Solo sé que no quiero volver a sentir ese dolor.

Algo nació más fuerte en mí, se llamaba coraje, lucha, fuerza para no tirar la toalla y pelear al lado de mi hijo. Cuando un hijo enferma, el resto, en este caso mi hija enferman también de abandono, debes pasar más tiempo y el miedo cuando estás a solas se mete en el alma y la va rasgando poco a poco.

Mi hija me dijo:” estamos mejor preparados que otros, mama”. No tiramos la toalla,  pero jamás juzgaría a quien la tirase. Cada persona es superviviente de lo que nos toca y lo vivimos como podemos, como el gladiador que sale a la arena y solo piensa en sobrevivir.

Cada minuto sabiendo que no regresa, se vive de otra manera, cada navidad, incluso lo más simple: un paseo, ir al cine, un comentario, la risa, también el momento de marcharse, hasta ahí me sentí afortunada; lo hizo a mi lado. Vuelvo a repetir el:”mi” y todo cambia.

Cuando me preguntan, mi respuesta es “sobrevivir” anti natura la muerte de un hijo. Poéticamente puedo decir que se rompe el alma y no existe  nada que la restaure, la sangre deja de ser sangre y es cemento en las venas que se paraliza.

Encuentras otras madres en el camino que te demuestran que no estás sola y con una mirada nos entendemos. Aguantamos las palabras amigas con cariño, aun sin ser beneficiarias como: ya ha pasado mucho tiempo, es hora que lo asumas, tienes más hijos y un largo etcétera interminable con el que podríamos hacer un diccionario, estoy convencida que es sin maldad.

Yo solía preguntar ¿Cuánto tarda este dolor en irse? Me molestaba la respuesta que ahora comparto: tiempo, es el tiempo quien se ocupa de acostumbrarte al dolor y llevarlo más en silencio,  hacerle un espacio en la última habitación de la sangre. (Como diría Lorca).

Han pasado ocho años y el alma sigue rota, se llena de amor con mirar a mi hija, con el cariño del mundo y con el poder ayudar a las que llevan menos tiempo que yo con este modo de vida, de supervivencia.

Después de esta pérdida todo deja de tener importancia, una falda que no entra, el dinero, no poder ir de vacaciones, incluso cualquier apego material y sobre todo la palabra “mío”.

Llenan los momentos  sencillos, repetidos, los te quiero, lo siento, gracias. Las risas compartidas, las lagrimas confesadas y los besos a una foto que te hace ver que el tiempo pasa, mis arrugas crecen y mi hijo se quedó en una imagen que me permito el lujo de mitificar los momentos compartidos.

Soy afortunada porque dos luchadores eligieron mi útero. Uno vivió 23 años y ella tiene 27 y sólo deseo que su vida sea larga y llena de amor, porque su pérdida la llevará siempre y es su batalla. La batalla de los hermanxs perdidos.

Mientras os escribo me pregunto si la vida me diese a elegir otra vez no haber  tenido a Ioseba  y no tener este dolor, o volver a vivir todo. Sé que la respuesta la sabéis sin necesidad de que la escriba.

Nunca compararé mi dolor con el de otra madre, otra pérdida de hermanos, padres, amigos o mascotas porque cada persona vive ese momento como puede, es supervivencia y no una competición de quién sufre más. Intento llenar mi vida de amor, días de sol cuando llueve y risas, porque no es importante que me entre o no una falda, es importante saber que quizás, leáis estas letras y yo no esté, porque lo que sí es cierto que nadie tenemos asegurado el mañana.

Carmen Puerta Extremera

3 comentarios en “Aire de libertad, por Carmen Puerta.

  1. Un conmovedor texto, real y doliente, como el tema que trata, es muy difícil sobrevivir a un dolor semejante, sólo queda respirar y usar la escritura como catarsis para poder seguir con el día a día.
    Ha sido un honor llegar a tus letras.
    Mi solidaridad y afecto.
    Reme Gras.

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  2. Hole mi prima, su hija, su familia y todos los q como ellos saben u han podido afrontar, esa situación, yo no lo viví , no lo supe, no lo sentí, ahora lo siento, os admiro y me hubiera gustado estar arropandoros, q sepáis q os quiero un montón, aunque haga un montón q no nos vemos, q no conozco a Tu familia (hijos) y olé, olé, olé.

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  3. Gracias a corazón abierto, por dedicar unos minutos de ese regalo que es la vida de cada unx en leerme.
    Siempre me repito en lo mismo, las palabras sencillas llegan al alma, gracias!
    Beber vida cada segundo que tenéis de regalo respirar!

    Carmen Puerta

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