Diatriba canicular. Por José Félix Sánchez-Satrústegui.

 

FOTO MONTEJURRA SOLO                       

 Recibe el verano tanta loa y prosopopeya, que me han entrado unas ganas enormes de nadar a contracorriente. No pretendo ser una especie de Pepito Grillo sino, en todo caso, una mosca cojonera, si se me permite la expresión y la actitud molestas. Lo digo, que conste, sin acritud ni chulería, solo por llevar la contraria un poco a sus devotos. A pesar de estar de acuerdo con algunos de los argumentos favorables (sobre todo por los días de asueto), voy a centrarme en sus inconvenientes.

Para empezar, el estío hipnotiza mis entendederas, aún más, y me mantiene en un sesteo sudorífico y jadeante. Vivir en Badajoz durante la canícula es instalarse en un “cuarentagradismo”, o casi, tozudo. La convalecencia posterior, además, es larga y cuesta persuadir al otoño de que ya es hora: ven ya.

Desde que se retiró Induráin, dejé de ver el Tour y julio pasó a ser otro periodo inactivo para mí (soy partidario de la pasividad deportiva de Homer Simpson: “es mejor ver cosas que hacer cosas”). Este año, en cambio, una corta visita a las tierras siberianas extremeñas, donde montes y aguas dulces sorprenden al visitante, ha hecho el mes más llevadero; también más dinámico, aunque sin exageraciones de índole física. Pero el agosto tumultuario se me hace insufrible.

Puedo extasiarme frente al mar, con un horizonte crepuscular al fondo y las olas empujando versos náufragos hacia la orilla. Todo ello si la marea no viene acompañada de excrementos variados, porque entonces se sustituye la lírica por la escatología.

Sin embargo, sufro agorafobia y se me dispara una taquicardia displicente ante el espectáculo de tórridas playas abarrotadas de humanos en decúbito cambiante (ora bocarriba, ora bocabajo) dispuestos a absorber toda la radiación solar posible; tanta que, en ocasiones, he visto flaquear al Sol. Esos seres achicharrados y pegajosos, que desde primera hora ocultan la arena ardiente con sus otrora blanquísimas carnes y a la tarde pasean disfrazados de salmonetes formando bancos, dibujan un paisaje de prosa áspera. La única poesía de los estíos de sol y playa se acurruca en el chiringuito.

Lo peor llega con la interminable danza del fuego forestal (Umbral) animada por el cambio climático y la pertinaz sequía y, casi siempre, provocada por incendiarios asesinos, mientras los bomberos son los héroes de una epopeya de destrucción y muerte escrita con manguera y esfuerzo.

Tras el éxodo masivo del ferragosto (Feriae Augusti, vacaciones de Augusto), coincidente con la Asunción de María (en la tradición católica), bajo cuyo puente se condensan todos los vicios caniculares, parece que la estación tórrida comienza su declive y las hordas estivales se van retirando de a poco.

El trabajo obligado, esa ordinariez plebeya a la que nos dedicamos los que no sabemos hacer cosa mejor para sobrevivir, y que buscamos con ahínco cuando nos falta (también para sobrevivir), me va a permitir un paréntesis de unas semanas, un descanso, me da igual si merecido o no.

Huyendo, pues, de playas abarrotadas, de pieles rojas en pie de guerra contra los factores de protección, de arenas hirvientes diseñadas para faquires, de rayos ultravioletas a palazos y de orillas receptoras de mensajes plastificados enviados por la Tierra náufraga, ojalá pueda darme el placer de la visita esperada a mi querida Estella-Lizarra, siquiera para renovar nostalgias.

Lo negativo de las vacaciones es que viajo con algo de ropa y conmigo, incluido todo mi equipaje de intangibles. Y así no puedo descansar de mí.

José Félix Sánchez-Satrústegui

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