Un mes y dos días después de la muerte de su padre Juan, ayer domingo se murió Rosi Satrústegui.
La ha matado el cáncer pero ella pudo con la vida a base de sonrisas, amistades y ese cariño sincero que dejaba la puerta de su casa y de su risa abierta de par en par y así se queda.
Su casa seguirá en La Rúa, la risa se queda con nosotros.
Con todos con quien ella rió, a quien saludó en ese trocito del Camino de Santiago en el que vivía, en ese Aleph de ecos rimados, que tan bien conocía su padre y por lo tanto ella.
Todos sabemos como afrontó Rosi la enfermedad. Los médicos le habían dado 6 meses y ella ha hecho lo que le ha dado la gana, como siempre y porque sí. Le ha sobrado tiempo; !con dos ovarios!
«Que me den lo que quieran, yo cogeré lo que me dé la gana.»
No sé si lo diría en voz alta, pero seguro que lo pensó y a la frase le puso el subrayado inteligente de esa sonrisa de lado con la que miraba de frente.
Y empezó a despedirse de todos. Lo fue haciendo de manera personal, serenamente y con esa sinceridad que se derrama en los silencios cuando parpadea la lagrima y el cariño.
Hace un mes Javier me contó que la recibió en Madrid con la noticia y que se fueron a comer para reírse; ella por lo bajini como para no molestar y él con ese estruendo dinamitero que tienen los mineros de pelo blanco y Asturias roja.
Y Rosi fue dando la noticia, casi pidiendo perdón porque se estaba muriendo. Y hacía bien porque si te mueres pidiendo perdón, tienes amigos y seguro que son los mejores y ella los tuvo y los sigue teniendo.
Por eso pongo la foto en blanco y negro porque el color es solo ese matiz y ella tenía tantos matices como amigos en la paleta de la compañía y del cariño.
Rosi se murió ayer que era domingo, último día del invierno y antes de una primavera que llega hoy, con una Rosa de menos en este ramo de la pena.
Pero le dio tiempo a todo: a despedirse, a brindar, a mirarte a los ojos, a sacar a Rafa del albergue y decirle que como no se fuera a su casa le iba a dar…
Ella miraba desde abajo pero tenía esa altura que tienen los que no saben de vértigos porque los han pasado todos, hace tiempo.
Hoy me vuelvo a acordar de Miguel, el poeta que se despidió de todos y aún lo sigue haciendo cada día.
» Varios tragos es la vida y un solo trago es la muerte …»
!Salud!
Te seguiré viendo en las aceras estrechas de la Rúa, con tu mirada ancha.




Tarde me entero de la muerte de una gran y querida amiga. Brindo por ella, con ella, donde quiera que esté.
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