…veremos una tierra que ponga libertad. Por José Félix Sánchez Satrústegui.

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En España, tres personas acumulan la misma riqueza que el 30% más pobre (14 millones). A nivel mundial, otras ocho poseen la misma riqueza que la mitad más pobre (3.600 millones de personas). Los contundentes datos de la desigualdad en España, y en el resto del mundo, indican una enorme injusticia social que impide siquiera un mínimo desarrollo de una sociedad y un sistema democrático decentes. La vergüenza del silencio cobarde ante esta situación debería impedirnos hablar de otra cosa, pero este tema queda aplazado para un próximo artículo. Hoy quisiera hablar de otro asunto nada baladí.

Una serie de hechos ponen de manifiesto el retroceso en derechos y libertades acaecido en los últimos años. Algunos cercanos, a la par que contundentes, ejemplos: condena a un cantante por enaltecimiento del terrorismo y humillación de las víctimas por tweets, como mucho, de dudoso gusto; condena a una estudiante por hacer chistes sobre el asesinato del dictador Carrero Blanco; unos titiriteros van a la cárcel por representar una función satírica; un periodista ha sido multado con 601 euros por publicar en Twitter la foto de una operación policial “sin autorización”; una ciudadana es denunciada por llevar un bolso que le habían regalado con la leyenda “todos los gatos son maravillosos” en inglés; condenan a sindicalistas y trabajadores por ejercer pacíficamente el derecho a la huelga.

Son solo algunos ejemplos, pero hay muchos más. En el lado contrario, el enaltecimiento del franquismo no es delito, o no lo parece. No solo el poder ejecutivo, sino también algunos tribunales y legisladores se han refugiado en la moda retro dominante, adoptando conductas medievales, cuando en los sistemas democráticos modernos el derecho a manifestar y difundir libremente ideas, opiniones o informaciones, es decir, la libertad, es un derecho de valor superior.

La “ley mordaza” es una ocurrencia de cerebros “francoideos” como los de Rajoy  y su ex ministro Jorge Fernández, un chupacirios que condecora sin sonrojarse a Vírgenes por supuestos méritos policíaco-patriotas y que asegura aparcar el coche custodiado por un tal Marcelo, su eximio ángel de la guarda.

En un mundo en el que domina una tendencia ultra que, por ejemplo, es capaz de aupar a un crestudo imbécil (disculpad por pretender resumir en tan solo dos adjetivos sus múltiples cualidades) como Donald Trump a la presidencia del país más poderoso del mundo, es lógico pensar que todo ciudadano sea ilegal mientras no se demuestre lo contrario, y que los que han demostrado ser legales sean culpables mientras no se demuestre lo contrario. Aunque depende, claro.

Si bien algunas personas solo exigen libertad de expresión para compensar la falta de uso de su libertad de pensamiento, no pueden impedir que tengamos nuestras propias opiniones y que, aunque pretendan callarnos, la defensa de aquella (y de todas las libertades) la consideremos también un deber: los que podemos hablar no tenemos derecho a callarnos.

Os invito a su defensa sin desmayo porque, con Miguel Hernández, para la libertad sangro, lucho, pervivo. Así hasta que podamos lograr el deseo cantado por Labordeta: Habrá un día en que todos al levantar la vista…

 

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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