Explicando lo inexplicable.

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La sorprendente victoria del candidato republicano Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos nos ha dejado a todos perplejos. En mi opinión, los factores determinantes, que no únicos, del resultado final son dos: la limitada ilusión generada por la representante de los demócratas, Hillary Clinton, y la capacidad de mover al electorado silencioso pero afín, quién lo diría, del candidato republicano, Donald Trump.

La otrora Primera Dama Hillary Clinton no ha dado la talla como aspirante a la presidencia. Para empezar, su imagen pública venía seriamente dañada desde el escándalo sexual de Bill Clinton años atrás. Además, en las primarias del Partido Demócrata tampoco le había ido nada bien: en 2008 Hillary sufrió una dolorosa derrota ante el mucho más elocuente Barack Obama; en las de este mismo año, Bernie Sanders, septuagenario de ideas muy progresistas, dio la impresión de proponer una agenda más atractiva y de poseer una mayor capacidad de generar ilusión. En fin, demasiado lastre en la mochila de una candidata poco carismática a quien el contratiempo de la filtración de los correos electrónicos acabó de hundir.

No se puede pasar por alto el hecho de que el grupo al que más costó alcanzar sus reivindicaciones en los movimientos sociales de los años sesenta fue el de las mujeres. Así, parece que habrá que seguir esperando para que una mujer alcance la presidencia. Sin olvidar que Clinton recibió un mayor número de votos y que es el sistema electoral el que la ha alejado de la victoria final, creo que los demócratas podrían haberlo hecho mucho mejor tanto a la hora de elegir candidato como durante la campaña electoral.

  Al otro lado del cuadrilátero, Donald Trump se ha mostrado como un contendiente implacable, de modos toscos y con un mensaje más propio de oscuros tiempos ya pasados. El magnate pertenece a la estirpe de Reagan y los Bush en cuanto a ideología, nada nuevo bajo el sol, pero sus estrafalarias maneras resultan escandalosas. Durante la campaña electoral tuvimos que aguantar comentarios machistas y homófobos, declaraciones denigrantes contra las minorías étnicas y hasta la imitación despectiva de un periodista discapacitado. De hecho, el salto a la política de Trump fue cubierto en la sección de humor de la prensa y últimamente parecía carecer incluso del apoyo de los suyos.

Eso sí, hay cosas que nunca cambian: la imagen de hombre hecho a sí mismo, triunfador en los negocios, capaz de recuperarse tras sonados fracasos y con aversión a lo diferente parece mantener un lugar de privilegio en el ideario popular del país. Puede que esto explique cómo alguien de quien ni siquiera se esperaba que llegase a candidato vaya a acabar de manera surrealista instalado en la Casa Blanca.

Con este panorama, muchos votantes se han visto abocados a elegir en las urnas entre lo malo y lo mucho peor. Opinan con desencanto que Hillary representaba el clavo ardiendo de las minorías y quizás del sentido común. Los estadounidenses, al no comprar el mensaje de esta, van a probar cuán profundo es el río con los dos pies. Ese mismo río en el que se bañan los personajes de clase obrera de Springsteen, demócrata declarado. Bruce grabó The River en los estudios Power Station, ahora Avatar, donde mi compadre Carlos, colombiano, lucha por cimentar su carrera profesional en los Estados Unidos. Esperemos que el torbellino Trump no lo arrastre de vuelta a Cali. Personalmente, disfruto la vida en Nueva York como un adolescente en plena Bajadica del Puy; bueno, pues parece que de los balcones, en vez de agua, va a caer ácido sulfúrico durante al menos cuatro años.

Íñigo Galdeano Lasheras

Nueva York 

 

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