Señoros de la guerra, por Pilar García Torres

Ya sé que señoros no es una palabra correcta según la RAE, pero la acepción de señor tiene demasiada categoría para los que se han reunido en Madrid esta pasada semana, entre otras cosas porque eran una inmensa mayoría, la foto no deja lugar a dudas, cuatro señoras y veintisiete señoros.

Más de una treintena de mandatarios que, en nombre de la paz, han hecho un alarde de poderío armamentístico de categoría, han declarado países peligrosos a Rusia y China y pareciera talmente que ese evento, estuviera financiado por las potencias fabricantes de armas.

Durante tres días, mi ciudad ha resultado aún más invivible de lo normal, porque entre los señores y señoras de la guerra y sus consortes, han paralizado una urbe que de por sí ya es caótica convirtiéndola en un infierno.

Mientras unos y unas jugaban al Risk, las otras y el otro se cultivaban con el arte que inunda esta ciudad. Museos cerrados sólo para su disfrute, calles enteras cerradas al tráfico rodado y peatonal, para que una nietísima se compre unas zapatillas en la milla de oro, espacios públicos convertidos en pandémicos (las imágenes eran idénticas a las del confinamiento) para que la élite de la guerra no se mezcle con el populacho.

Y todo ello pagado por nosotras y capitaneado por el nuevo Mister Marshall, campechano donde los haya como el emérito y belicoso, como los otros treinta. Una ciudad fantasma para uso y disfrute de los floreros carísimos, al igual que los capullos que las sostienen y que nos han visitado.

Yo me pregunto ¿Cómo pretenden convencernos de que armándonos hasta los dientes vamos a disuadir a cualquier tarado que quiera invadirnos? Hasta dónde yo sé, en este país hace siglos que no entra nadie por la fuerza, ni por las armas, no les hace falta, ya les dejamos que compren nuestras empresas, es más, les subvencionamos, nuestros bancos, nuestras casas y todo ello sin levantar un dedo. 

La imagen de los machos alfa guerreando y las mujeres de compras y haciendo turismo, es cuanto menos ofensivo para el resto de nosotras, pero la foto es clara y el lema incontestable “La guerra es cosa de hombres” mayoritariamente.

Si las mujeres tuviésemos que decidir mandar a nuestros hijos e hijas al frente, ya os digo yo, que mandaríamos a sus padres a hacer puñetas y resolveríamos los problemas como hemos hecho toda la vida, cargándonos de razones para no confrontar, tenemos mucho bagaje en eso de razonar y nadie ni nada, se va a anteponer al bienestar de la prole.

No, querido presidente, gastar un 2% del PIB de este país en armas que seguro compraremos a fabricantes norteamericanos, no va a disuadir a nadie de invadirnos, pero sí va a gravar más nuestros servicios públicos, porque en este país, hacer un eco doppler a una persona con un historial de micro infartos cerebrales, le cuesta la friolera de año y medio.

Lo que está meridianamente claro es que ese 2% que nos vamos a gastar en disuadir a la corte estelar para que no nos invada, no lo vamos a gastar en mejorar nuestra sanidad, tan necesaria en una población tan envejecida como la española que tiene más de un 30% de personas mayores de 65 años que la van a necesitar.

Que en este país dónde la educación es tan precaria, que los y las jóvenes no saben quien es el presidente de su gobierno o de su comunidad, que los niños pasan calor en verano y frío en invierno en aulas que no reúnen condiciones, que los mayores que viven en residencias están abocados a una muerte solitaria y con una merma importante de cuidados, es dónde vamos a gastar una cantidad indecente de dinero en armas que jamás vamos a usar.

Y mientras esto pasa IDA, la adalid del ultraliberalismo salvaje que nos atenaza, con la subida de precios, el encarecimiento de los productos de primera necesidad, la energía, en fin la psicópata quiere becar a los hijos e hijas de esas personas que ganan más de 100.000 euros al año para estudiar en colegios privados, disfrutad de lo votado.

Yo crecí en una casa y una familia donde los besos se regalaban por pares, porque con un pie sólo no se anda, los cariños se medían por arrobas, siendo mil la cantidad adecuada, donde “la guerra” tenía un silencio temeroso por si te oían los vecinos, dónde se abrían los brazos hasta el infinito para volverlos a apretar alrededor de un cuerpo querido.

También sin creer, cuatro angelitos guardaban la cama de los niños, nos acordábamos de santa Bárbara cuando tronaba porque mi abuela sí era creyente, el invierno eran tardes de contar cuentos infinitos asando castañas porque mi abuelo así nos entretenía y las siestas en verano estaban cargadas de trabalenguas para ver quién se dormía primero.

Los domingos de verano, caminatas por los ríos cercanos cargados hasta la extenuación de comida, bebida que enfriábamos en ellos, fruta también refrescada por el agua corriente y familias enteras conviviendo todas con todos.

Eso lo disfrutábamos tanto porque una parte de esa familia había vivido una guerra y la recordaba, la temía, no quería que nadie volviera a recorrer ese arduo camino. Mis abuelos, mis padres que vieron truncada su niñez, nunca hablaron de la disuasión de las armas contra los invasores.

Mi familia sabía que el peligro vino de dentro, de la intolerancia, de los poderosos, de los que mataban en nombre de dios, de los que torturaban en nombre de la supervivencia de los privilegios de las clases altas, de los latifundistas, de los ricachones, o sea como ahora que se mancilla la palabra libertad en boca de quien nunca supo lo que es estar privada de ella, durante casi cuarenta años.

No señor presidente, lo que ha pasado en Madrid esta pasada semana no es el acontecimiento del siglo, es una declaración de guerra en toda regla, es una ofensa a la inteligencia decir eso, y una maldad tremenda, una verdadera tomadura de pelo y sobre todo un gasto innecesario y peligroso de dinero público.

Cincuenta millones de nuestro dinero que podíamos haber gastado en ambientar las aulas de nuestros niños y niñas, en contratar profesionales sanitarios con salarios decentes para que no se vayan del país, comprar material de diagnóstico, para que nadie deba esperar dieciocho meses para hacerse una prueba vital para la prevención de una enfermedad mortal.

Cincuenta millones en dar de comer y beber a gente que no sabe lo que es el hambre, en seguridad para que nadie pueda decirles a la cara lo miserables que son y lo despreciable de sus actos, imaginad lo que pueden dar de sí esos cincuenta millones en los comedores sociales, en crear puestos de trabajo.

Pero no, hemos preferido ser el escaparate de una gran sesión publicitaria de las fábricas armamentísticas, sin ni tan siquiera mencionar un arma, un despliegue de medios para que unos cuantos y pocas jerifaltes, se midan a ver quién la tiene más larga y sobre todo, quien mueve ficha primero en el tablero que maneja EEUU sobre cual tiene que ser el orden mundial.

En fin, que yo prefiero seguir dando los besos de dos en dos, contar el cariño por arrobas y mirar al mar pensando “madredelamorhermoso en la que nos están metiendo esta panda de descerebrados que llamamos gobernantes” por supuesto a esto los belicosos peperos y voxeros votarán que sí en las cortes, por lo tanto, no harán falta los votos pacifistas para gastarnos el dinero público en lo que a ellos les gusta, la guerra, espero que por su salud mental y la nuestra, que los partidos progresistas a la izquierda del psoe voten en contra de gastar el 2% del PIB en armas para matar, en vez de sanidad para curar.

Pilar García Torres

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