Ojos diferentes y miradas distintas, por José Félix Sánchez-Satrústegui

Unos ojos tristes. Así tituló Almudena Grandes el último artículo en El País Semanal publicado días después de que la muerte apagara su risa explosiva. Se refería a una fotografía del Lute cuando fue detenido, tras una corta fuga en 1966, que reflejaba la mirada triste “de un hombre abatido no por la policía, sino por el destino”. Ella fue abatida por ese destino inevitable que casi siempre nos gustaría aplazar, más cuanto más temprano se presenta. A quienes la admirábamos no solo como escritora, sino también por el compromiso político firme y la lucha por recuperar del olvido a los aniquilados por el fascismo, se nos quedó el corazón helado y los ojos se tornaron tristes; pero pronto volvió al recuerdo la alegría de Almudena. La literatura es inmortal y siempre habrá quien no se resigne frente a la injusticia y las desigualdades, como ella. Al poco, la actriz Verónica Forqué quiso borrar de pronto la acumulación del pasado, rechazó detenerse ante la muerte y decidió adelantar el destino inevitable. A la vida, si me llama, dile que he salido. Y lanzó a la nada la sonrisa de ojos brillantes.

“La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la forma en que sus animales son tratados” (Gandhi). Según la legislación española, a partir de ahora los animales serán considerados “seres sintientes”, lo cual viene a corregir una omisión prehistórica y un anacronismo legal. Somos muchos los que ya lo sabíamos, por sentirlos y sentirnos cerca; ellos lo supieron desde el principio. Sin embargo, al Homo sapiens, ya se sabe, le cuesta aprender.

En la votación en el Congreso, el PP se abstuvo. La diputada Angulo aseguró que la norma pretende equiparar el bienestar de la mascota con el de la familia. No; defiende el bienestar del animal, sin más. Por otra parte, desde las filas conservadoras advierten al PSOE: “No cedan a las presiones extremistas de sus socios para atacar nuestra tradición, nuestra cultura, nuestro mundo rural”. Hay tradiciones que son pura incultura en cualquier tipo de mundo menos en el de los que consideran extremista a quien pretenda avances culturales y sociales. Jazz, de la noble raza “Pastor Almendros”, detenía el tiempo en su mirada, te envolvía “en la razón sincera de sus ojos”.

Vox votó en contra porque, al decir del diputado López Maraver, “es una insensatez, un disparate y una necedad. Se humaniza a los animales y se deshumaniza al hombre”. Ellos lo saben perfectamente, vienen deshumanizados de serie. A pesar de todo, estos salvajes nazi-fascistas (disculpad el pleonasmo) han sido considerados “seres sintientes” en un acto de evidente generosidad (o de indolencia) colectiva: en todas las pruebas de sensibilidad a las que la vida pública les somete a diario han dado negativo.

Xenofobia, racismo, machismo, LGTBI-fobia, homofobia son algunas de las características fundamentales de Vox, a los que Casado y Ayuso imitan y abrazan.

La sociedad española ante el avance de la ultraderecha cierra los ojos. Si normalizamos sus barbaridades, nos arrepentiremos. Luis García Montero aporta un manual de instrucciones para andar por un mundo y un tiempo que, según asegura, ya no son los suyos. Avisa del peligro que supone el concepto de pueblo en manos de quienes invierten en incultura. También, que la injusticia social y el desamparo hacen que los discursos totalitarios arraiguen en los seres ofendidos. Estamos advertidos de que las libertades y la democracia deben defenderse a diario.

Los nacionalismos se arropan con banderas heroicas y se enardecen mediante himnos inflamatorios que idealizan una nación que para ellos es eterna y única. El filósofo Bernat Castany, en un repaso por el himnario internacional, llega a la conclusión de que lo que afirman las letras es desmentido inmediatamente por los hechos. Solo un verso, del himno de Dinamarca, de los doscientos con los que se ha castigado, le ha seducido porque rinde “honor a todo aquel ciudadano que contribuye con lo que puede”.                    

El español es uno de los pocos himnos sin letra. En los momentos en que se precisa de la himnodia, los españoles, como mucho, tararean no sé qué o corean arrítmicos “lala, lala, lalalalalalalalalalalala…”. Mejor así que los intentos desde Pemán a Marta Sánchez de escribirla. A mí la música militar nunca me supo levantar, con letra o sin ella.

A pesar de la mala fama que sufre el concepto de politización y, sobre todo, el mal uso, creo que hay que inculcar conciencia política, formar en política. Lo contrario es dejarla en manos de unos pocos, los más poderosos. Se necesita más política frente a estos y frente a los hipócritas de patria y bandera que desprecian a sus compatriotas.

Joaquín Estefanía escribe que el Estado, además de ser la unidad de cuidados paliativos de la sociedad, ha de dar un salto cualitativo y reemplazar la clásica redistribución por la “predistribución”, evitando en origen las asimetrías. Refiere que con estas actuaciones previas sería más natural actuar sobre el sector energético para corregir el excesivo precio de la luz, incluso creando una empresa pública. Por ejemplo.

Son la economía y la justicia las que invaden el lugar que debería ocupar la política. Los jueces han llegado también a judicializar la salud mediante sentencias de distintos tribunales (TSJ, TS y TC). Son mucho más entendidos en Salud Pública que los propios especialistas, incluso más allá de la evidencia científica. Se creen divinos.

El juez Manuel Piñar (pariente ideológico de Blas, el fundador de Fuerza Nueva; nada que ver este con el de la famosa fiesta, o sí), que ha condenado a Juana Rivas, dictó en el pasado varias sentencias controvertidas, especialmente en casos de violencia machista. El 18 de julio (azar o destino) de 2018 el magistrado batió un récord personal, resolvió el caso Rivas en un día. En fecha tan señalada, debió venirse arriba.

En 1999, Piñar calificó de «atractiva» la cicatriz de una joven, que «solo se ve en situaciones íntimas y cuando viste traje de baño». «Viendo la belleza y el atractivo de la persona, cuestión tan subjetiva, la ligera curvatura y redondez que adquiere el muslo derecho en su parte superior (debido a la cicatriz) pudiera, para algunas personas, llegar a constituir un elemento de atracción», sentenció. Me cuesta creer, o no, que los órganos competentes permitan que este individuo siga ejerciendo el machismo-vandalismo.

La pandemia continúa. Ahora preocupa la nueva ola y la variante ómicron. Ayuso confunde libertad con irresponsabilidad, como es habitual en ella, y critica las restricciones. La OMS se ha saltado letras del alfabeto griego en un intento desesperado de llegar a omega cuanto antes y convencer al virus de que se acabó, que ya no hay más. El bicho coronado (me refiero al virus), tan hábil, nos obligará a recurrir a otro alfabeto, aunque sea al consonántico fenicio. La OMS, en cambio, no convence a los países ricos de que sirve de poco el enorme esfuerzo realizado si la vacuna no es accesible a todo el mundo. Seamos solidarios o, al menos, egoístas; pero no tan burros.

Disponer de un potente sistema público de salud se ha demostrado más necesario que nunca con esta pandemia. Para ello, se requieren muchos más recursos económicos. Los que prometen reducción de impuestos esconden la intención de privatizar servicios públicos esenciales. Tienen que pagar más los que más tienen y hay que perseguir a los evasores fiscales, es decir, a los chorizos, ya sean reales o…plebeyos.

M. Rajoy miente sobre la caja B del PP y el espionaje a Bárcenas en sede parlamentaria sin mirar siquiera a los interrogadores. Da igual. En este país, si la impunidad no llega por vía legal lo hace por vía testicular (para unos pocos, claro). Casado insiste con los viajes internacionales, auténticas piruetas de patriotismo inverso. En el Congreso suelta calumnias y acaba con un “coño” para que el “coro” aplauda las sandeces que vocifera.

Es difícil ilusionarse ante este panorama. Hace tiempo escribí unos versos que acababan así: “En el fondo de tus ojos / se contempla el mar / como en el fondo de las caracolas / se escucha su murmullo”. Se los dediqué a ella. Se llamaba Esperanza.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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