Almudena-Verónica y las ausencias, por Pilar García Torres

Para las amantes de la lectura el 27 de noviembre de 2021 se quedará grabado en la memoria, para las que además somos madrileñas, feministas y de izquierdas la marcha de Almudena Grandes nos deja huérfanas de referencias, de memoria y de compromiso con la sociedad, con las gentes que sufren, con las personas trabajadoras, con el buen escribir y el mejor hacer.

No sólo se ha ido una de las grandes contadoras de historias, celosa guardiana de la memoria de lo que fue y es Madrid, sino una enorme persona que siempre estuvo donde se la requirió y dónde debía estar, luchando por sus iguales.

Siempre me han conmovido las personas que se ríen con el alma, con todo su cuerpo, que contagian la felicidad por donde pasan, las que con su risa mueven y remueven todos los corazones, mi madre era una de esas personas, Almudena era otra.

Quienes hemos tenido la suerte de compartir “escenario y lucha” con ella, no porque yo sea artista, ni mucho menos, sino porque ella estaba en todas las batallas justas y muchas veces coincidíamos, ya sea con los 8 de Airbus y el derecho constitucional a la huelga, ya fuese protestando por el trato que los gobiernos dan a las personas inmigrantes que mueren atravesando el Mediterráneo, con los “espartanos y espartanas” de Coca-Cola, etc., siempre abrazando y dando calor a aquellas personas que lo necesitaran.

Se han escrito ríos de tinta sobre Almudena en estos días, unos oficiales, otros sentidos de amigos o allegados, pero yo no quería perder la oportunidad de hacerle mi pequeño homenaje desde aquí.

Afortunadamente conozco también a su compañero de vida Luís García Montero, por el que siento un cariño tremendo y tengo que reconoceros que cuando me enteré de la noticia de la marcha de Almudena lo primero que pensé fue en cómo se sentiría ese hombre sensible al quedarse sin la luz de su vida. A lo mejor os parece cursi, pero las emociones muchas veces lo son porque nacen de la sensibilidad de quien las percibe.

Almudena que nos descubrió el sexo con Lulú y sus edades, nos dejó el corazón helado en aquellos aires difíciles, nos llevó de la mano por un atlas de geografía humana para descubrir que hay muchos modelos de mujer, inventó tres bodas para una Manolita valiente y poderosa, presentándonos a un lector de Julio Verne que nos hizo vibrar en una guerra interminable, llamándonos viernes y alegrándonos con Inés para terminar sabiendo que Malena es nombre de tango que bailaremos con el doctor García para llegar a conocer a la madre de Frankenstein y que seguiremos yendo al mercado de Barceló para dar besos en el pan e intentar cerrar esa herida perpetua que supone no rescatar la memoria, como ella intentó en todos sus libros.

Almudena siempre hizo énfasis en sus historias del papel que todas las mujeres tenemos en la sociedad, la cultura, la educación, la guerra….. siempre reivindicó la visibilidad de la mujer en todos y cada uno de los espacios de la vida, aunque solo fuera por eso, yo la estoy enormemente agradecida.

En estos dos nefastos años se han ido muchas de las referencias que tenemos muchas personas, de ellas alguna vez he escrito, Aute, Anguita, Mújica, Pau Donés, etc. y todos nos han enseñado que se puede vivir y morir con dignidad, pero hay muertes que nos hacen saltar todas las alarmas de lo mal puede llegar a sentirse una persona para decidir quitarse la vida.

Verónica Forqué la mítica Pepa de la sonrisa perenne decidió el lunes que su vida ya no tenía sentido, alertando así de que esta sociedad en la que cada vez prima más el individualismo tratando muy mal a las personas, estigmatiza la enfermedad mental y nos lleva a ocultar emociones que tratadas podrían hacernos sentir bien.

Siempre he pensado que el suicidio es el último acto de libertad que puede realizar una persona, cuando la decisión de acabar con la vida de una no sea el producto de una situación sobrevenida por causas evitables, me explico; si me he cansado de vivir porque tengo una enfermedad incurable y que me hace sufrir, o sencillamente ya no me gusta mi vida, nadie me tiene que obligar a seguir viviendo.

Pero si la cuestión es que yo he caído en una profunda depresión que no me atrevo a insinuar porque voy a estar señalada como “la loca que no quiere salir de casa” o la “rara que no quiere ver a nadie” o “esa en la que no se puede confiar porque es bipolar”, etc., eso ya no es libertad, sino la consecuencia de una carga social, en la que no puedes tener ninguna de tus capacidades físicas o mentales mermadas porque no tienes cabida en ella.

Todas y todos, desgraciadamente yo la primera, en alguna ocasión hemos dicho de alguien que tiene cambios de humor o de proceder “es bipolar”, es una barbaridad tan grande como si dijéramos que el sol sale porque alguien lo enciende todas las mañanas. La bipolaridad como cualquiera de las otras enfermedades mentales, es tratable y la mayor parte de las veces curable, pero hay que poner medios, no etiquetas.

Verónica no llegó a tiempo, o sí, nunca lo sabremos, pero lo cierto es que ella sí alertó de que algo no andaba bien, lo hizo ante los ojos de millones de espectadores y un equipo ingente de personas, para las que el espectáculo ha sido más importante que ayudar a una persona en una situación muy complicada que la ha llevado a provocar su muerte.

La televisión pública lucrándose de la situación, no ha hecho nada, absolutamente nada, o sí, sacarla del programa para que nadie viera que una situación de estrés a una persona herida le puede llevar a un desenlace fatal, pero el espectáculo debía continuar.

Afortunadamente Ángel Martín ha llegado a tiempo y nos hace partícipes de lo que siente una persona con una enfermedad mental, en su libro “Por si las voces vuelven”, cuestión que es de agradecer, el libro lo recomiendo y mucho, porque a partir de ahí han sido muchas las personas famosas que han dado visibilidad al tema.

¿Por qué las enfermedades mentales socialmente no se tratan como cualquier otra enfermedad?

Yo tengo mi opinión que seguramente estará equivocada, pero creo que es porque muestra la parte más frágil de la persona, su mente. Generalmente achacamos a una misma el porqué de una enfermedad mental, quiero decir que desde fuera siempre se busca un detonante físico para una enfermedad psíquica, porque lo contrario nos haría investigar si la forma de vivir en sociedad, en esta sociedad es sana, como además llegaríamos a la conclusión de que no, tendríamos que poner medios para transformarla en vivible, pero eso iría contra todos los principios del capitalismo salvaje que nos dirige.

En alguna ocasión lo he planteado y quiero ratificarme en ello, tenemos un índice altísimo de suicidio adolescente, pero seguimos educando a nuestros hijos e hijas en la máxima de tienes que ser el mejor o la mejor, en el pide por esa boquita que aquí está mami o papi para hacer realidad tus deseos, tu no tienes que hacer nada a cambio.

Error, craso error, porque la vida no es así, tu camino te lo tienes que currar tú en el 99% de las veces y el 99% de las personas no tienen la suerte de nacer Borbones, por lo que tienen que aprender a gestionar la frustración y si no les enseñamos eso, si nunca les decimos que no puede ser aquello que quieren, les estamos haciendo un flaco favor, porque mañana tendrán que trabajar para poder vivir, tendrán que convivir con vecinas peñazo como la pelicolorá, tendrán que sufrir por un amor no correspondido, y tendrán que aguantarse las ganas cuando alguien les diga “hasta aquí”.

Y si no saben como gestionarlo, cada vez se irán hundiendo más y más, unos lo harán como puedan, otras como las dejen y los más, como hayan decidido los que mandan y no me refiero a los políticos que hacen las leyes, me refiero a los que no se presentan a elecciones, pero de facto son los que dirigen a los que sí, por eso casi siempre ganan los mismos, o parecidos.

No sé si compartiréis mis reflexiones o si pensaréis que a la que se le ha ido la cabeza es a mí, pero si más personas leyesen los libros de Almudena, viesen las películas de Verónica y escuchasen todos los días los informativos de Ángel Martín, la vida sería mejor, el resto al final es Miguel Bosé.

Pilar García Torres

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