NOS-OTROS, por José Félix Sánchez-Satrústegui

Leo una novela de Leila Slimani donde los personajes habitan en “el país de los otros” (así se titula); todos son extranjeros, incluidos los autóctonos. ¿Quién no ha formado parte de los otros alguna vez, o sigue haciéndolo? De ahí la relatividad de lo extranjero: la localización de los sujetos físicos, tanto en el tiempo como en el espacio, depende de la perspectiva del observador.

Yamila, “Hermosa”, a raíz de su muerte en los mares de la incomprensión nos ha vuelto a mostrar la inhumanidad de la humanidad. Hermosa ha trascendido la categoría de adjetivo y se ha transformado en nombre propio. Con ella sucumbe la belleza de la ilusión, la esperanza de los que huyen de la muerte para morir.

Del lado más cruel, el fascista Vox, en un ejercicio de odio contra menores inmigrantes, mediante un cartel repugnante que tres jueces de similar ralea elogian por “gráfico y directo”, miente descaradamente sobre el gasto que suponen al Estado en detrimento de la pensión de las viudas. El auto de los magistrados no tiene desperdicio; perdón, es puro desperdicio. Escrito en prosa pedestre jurídica, rima en disonante con la realidad y en consonante con la xenofobia. Lo cierto es que, aunque lo hubieran publicado en endecasílabos, hubiera sido imposible disimular el hedor. Preocupa que los togados confundan la libertad de expresión con la de falsificación.

La xenofobia se extiende entre los puros patriotas que prefieren ignorar que somos producto de numerosas mezclas, que España se hizo por acumulación de culturas. Ni la Reconquista existió (es un término acuñado por los conservadores de finales del siglo XVIII) ni, probablemente, la batalla de Covadonga. Las naciones, todas, son un invento moderno basado en mitos como los referidos; también en el presentismo, es decir, en la creación de una idea determinada de nación para proyectarla en el pasado. Vox insiste en esa ideología, utilizada de igual forma por el franquismo, con el aplauso del resto de la derecha y de los revisionistas de la historia.

¿Cómo es posible que hablemos aún de “ilegales” o “sin papeles” refiriéndonos a personas que huyen del sufrimiento, de la violencia? En ese caso, de este lado, nosotros somos los inmorales.

El partido fascista amenaza al presidente de RBA, editora que publica El Jueves, con la posibilidad de que muchos empiecen a exigirle responsabilidades cuando lo vean salir de su despacho de la Diagonal de Barcelona. “¡Sé dónde trabajas!”. Se trata de amedrentar, de momento.

El PP es un partido que, cada vez con mayor ahínco, pretende ocupar el espacio ultra en lugar de centrarse y ser una derecha europea, encabezado por Ayuso, asesorada por Miguel Ángel Rodríguez, el susurrador de improperios colocado por Aznar. Casado, que intenta salir del papel secundario al que le somete la lideresa y de actor de reparto que ocupa en el conjunto de la derecha a base de exabruptos, aseguró que la guerra civil enfrentó la ley sin democracia del “Funeralísimo” con la democracia sin ley de la República. Errejón se lo aclaró: “Los golpistas se levantaron contra el pueblo español, contra la democracia española y contra la ley vigente en España, y un demócrata lo debería tener meridianamente claro”. Lo dicho, un demócrata.

Aznar (“Ansar” en el inglés norteamericano de Bush), disconforme con ser un simple Narciso enamorado de sí mismo y harto de mirarse en el estanque, superada la fase de sentirse emperador poniendo los pies encima de la mesa armado de puro y ganas de destrucción masiva, decidió expulsar de sus tronos a los dioses de cualquier religión y erigirse en el Único. Fue cuando proclamó el “Aznarteísmo”. Ignoro por qué se pone máscara para declarar por videoconferencia si la trae de serie. Ha bajado de los cielos para señalar con su dedo divino qué está bien y qué no. En sus diatribas utiliza la ventriloquía y ha designado a sus títeres; después, ha advertido que va a apuntar a quienes están en desacuerdo con él (esperemos que no se refiera a la primera acepción del verbo). Estamos señalados y advertidos los que nos situamos frente a los fascistas y a quienes los disculpan. Que ellos se sientan igualmente avisados: “No he de callar, por más que con el dedo, / ya apuntes a la boca o a la frente, / silencio avises o amenaces miedo” (que me disculpe Quevedo por manipular sus versos).

Samuel es asesinado al grito de “maricón”. La homofobia late no solo entre estas pandas de bestias asesinas, sino entre los medios que normalizan la violencia y los discursos de odio de la extrema derecha, en los que callan y se tapan los ojos, en la postura del PP en Europa que se pone de lado ante las leyes homófobas de Orbán. A ver si aprendemos a no confundir a los culpables con las víctimas.

El feminismo salió a la calle contra el machismo; Black Lives Matter,contra el racismo; el movimiento LGTBI, contra la LGTBIfobia, por su derecho a existir sin miedo, en libertad. 3,3 millones de españoles se encuentran en situación de pobreza. Muchos manifiestan su hambre en fila india. ¿También son otros? Salgamos a la calle cada día contra la injusticia y el fascismo.

A mí nadie me quita de la cabeza que Toni Cantó es un personaje de ficción creado por cierta izquierda bolivariana para ir aniquilando partidos de derechas. Ya lleva dos: partido a partido, siguiendo el consejo del Cholo Simeone. Se crea para él la “imprescindible” Oficina del Español en Madrid. Le ocurrirá a muchos, como a mí, que das un paseo por el barrio de las Letras, un poner, y enseguida notas la invasión del suajili y el taushiro.

Su personaje de la serie 7 vidas anunció hace años: “Ni remordimientos, ni mala conciencia… ¡debería dedicarme a la política!”. Y cumplió la amenaza. Una vez recorridas tantas existencias, su personaje va camino de entrar de nuevo en coma(s). En un “comatoso” tuit, después corregido, se ha dedicado a lanzarlas al vulgo.

El TC tarda año y medio en percatarse de que, durante el confinamiento, la restricción de derechos fue de altísimo nivel y acuerda, en claro desacuerdo consigo mismo, que lo adecuado hubiera sido un estado de excepción, no de alarma. Debido a mi ignorancia sobre asuntos legales, acudí con presteza a la Consti y a la Ley Orgánica que se refiere a dichas situaciones. En esta última leo que, como ejemplo de los estados de alarma figuran las epidemias, y que el estado de excepción se aplica cuando el normal funcionamiento de las instituciones democráticas, el de los servicios públicos esenciales para la comunidad, o cualquier otro aspecto del orden público, resulten gravemente alterados. Alarmado me hallo, y voy a hacer una excepción: en lugar de especular sobre si estos jueces prefieren a Vox que al Gobierno de coalición (no quiero ser mal pensado), he solicitado un curso rápido de comprensión lectora.

De la crisis de gobierno, Casado, en un alarde de visión política y perspicacia, ha criticado el nombramiento a dedo de los ministros. La expectativa creada a su alrededor por esta ocurrencia es tremenda. Se busca, en la ficción, a sus presuntos compañeros de máster y de carrera para que si gobierna él (los votos no lo permitan), pueda decidirse por un concurso de méritos entre ellos. (Última hora: como no se encuentra a nadie de ese grupo fantasma, elegirá entre los que vayan siendo eliminados de otro concurso, Supervivientes).

Mientras Ayuso grita para acallar su inepcia, Casado intenta asomar la cabeza entre ella y Abascal. El ruido no va a parar. Del nuevo Gobierno, además de la alegría por la salida de Iván Redondo (¡por fin!), esperamos un definitivo empuje para las necesarias políticas medioambientales, feministas y sociales.

Recuerdo un párrafo del epílogo de Irene Vallejo de El infinito en un junco: “Somos los únicos animales que fabulan, que ahuyentan la oscuridad con cuentos, que gracias a los relatos aprenden a convivir con el caos, que avivan los rescoldos de las hogueras con el aire de sus palabras, que recorren largas distancias para llevar sus historias a los extraños. Y cuando compartimos los mismos relatos, dejamos de ser extraños”. Me vuelvo hacia Camus para releer L’Étranger (El extranjero). Todos somos nos-otros.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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