Ya tengo implantado el Chip, por José Félix Sánchez-Satrústegui

Estoy poseído a través del chip. O sea, poseso. Hace días que me administraron las dos dosis preceptivas de la vacuna de Pfizer contra la Covid-19. Aún ignoro si esto ha conseguido inmunizarme siquiera por un tiempo. Sin embargo, según algunas teorías disparatadas lanzadas por quienes ignoran las leyes básicas de la física y de la biología, es posible que con la inyección me hayan introducido los chips necesarios para controlarme, como al resto de los ingenuos mortales que hemos accedido a tal cosa. Todo ello después de que las redes 5G expandieran el virus maldito, esa arma biológica creada genéticamente por los chinos. O algo así.

Los intelectualoides del negacionismo pandémico, antivacunas y conspiranoicos varios, desde Trump y Bolsonaro hasta Victoria Abril, Alaska o Miguel Bosé, autor de la frase “el bicho no existe” (y otros de similar talento), han demostrado la existencia, esta sí, de los cortocircuitos neuronales que provocan una implosión cerebral que termina inactivando la razón. O expresado con palabras del gran Forges: la “neurorrea” de estos cerebros “jilipollescentes” produce “logicoicidio”.

Jose Luis Mendoza, presidente de la Fundación dueña de la Universidad Católica de Murcia, insinuó una conspiración mundial para implantar chips (que él llamaba “chis”) en las vacunas. Según el todopoderoso personaje (un dondorondón farfullero, militante de la beatería y devoto del dinero), las fuerzas oscuras del mal, el Anticristo y quienes le sirven son los culpables del coronavirus; entre ellos, Bill Gates y George Soros, esclavos y servidores de Satanás. Buen zarangollo tienes en la cabeza, pijo.

El virus, que se hizo viral y pandémico, muta en defensa propia y no se sabe si las vacunas actuales serán igual de efectivas en el caso de las mutaciones actuales o por venir. Otra cuestión preocupante en una enfermedad como la Covid-19, con mayor incidencia, número de hospitalizaciones y mortalidad entre las personas de menor renta, es cuándo les llegarán las vacunas a los sectores más desfavorecidos, sobre todo a los países más pobres. Ante una pandemia mundial, la solución debe ser mundial. No sólo es cuestión de justicia social o de humanidad, sino también de eficacia desde el punto de vista de salud pública.

La indecencia de la industria farmacéutica, permitida por los estados y organismos internacionales, es de sobra conocida. El derecho de propiedad sine die sobre estos productos, que le permite obtener enormes beneficios, sería equiparable —en palabras del profesor Vicenç Navarro— a que en la II Guerra Mundial se hubiera permitido a la industria militar dictar los términos y precios de los productos bélicos necesarios.

Hasta en once artículos anteriores, firmados por mí y publicados en este medio, figura la palabra hambre. El hambre que no cesa se concentra en colas interminables, fila india hacia el puchero para no morir de hambre. Mientras discutimos de asuntos importantes, o no tanto, lo más sustancial se queda atrás. Si no somos capaces de superar ni paliar estas tremendas desigualdades, no sé para qué sirve la política ni qué hacen las izquierdas perdiendo el tiempo en peleas. No se puede perder ni un segundo más, hay mucha gente pasándolo fatal. No digamos nada de los que se lanzan a mares y océanos, metáforas de vida convertidas en cementerios. O de la guerra crónica de Siria. No merecemos siquiera calificarnos como humanos ante tanta inhumanidad.

Tampoco estaría mal reflexionar sobre los 364 días siguientes al 8M y la necesidad de no olvidarlo ni un minuto. No se trata sólo de no dar ni un paso atrás, sino de continuar dándolos hacia delante cada vez con más ímpetu frente a la Internacional Machista, infiltrada hasta los tuétanos de la sociedad.

La microviolencia y el micromachismo forman parte de la cotidianeidad, de lo consuetudinario, tienen un arraigo cultural que dificulta su visualización. Que la costumbre es la reina del mundo ya lo decía Píndaro. Aunque esta sea una lucha que no se puede olvidar, hoy quería referirme a dos casos de carácter menos micro, los de Chanel Miller y Nevenka Fernández (las víctimas), que deberían conocerse como los casos de Brock Turner e Ismael Álvarez (los verdugos).

Chanel Miller fue violada por Turner en 2015, cuando tenía 22 años. El violador fue declarado culpable. Podía haber sido condenado hasta a 10 años, pero lo fue a 6 meses; a los 3 volvió a su casa. Su entornó catalogó aquello como un incidente desafortunado. Parecía que la víctima fuera él. Cómo un chico blanco, de ojos azules y gran nadador iba a cometer un delito; fue un error. Miller, en Tengo un nombre, su libro de memorias, escribe: “El chico amable que te ayuda con la mudanza y que echa una mano a la gente mayor en la piscina es el mismo que me agredió. Una misma persona puede ser capaz de ambas cosas. La maldad puede esconderse en una buena persona”.

Nevenka Fernández, perseguida y acosada sexualmente por el exalcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez, amigo y compañero del PP, terminó denunciándolo. El pueblo se manifestó defendiéndolo a él. En un documental sobre el caso, se escucha a una señora decir que “a mí no me acosa nadie si no me dejo”. Muchos piensan igual.

Son únicamente dos ejemplos, entre tantos, que justifican la lucha feminista por la igualdad y que todos los días sean el Día Internacional de la Mujer.

Isabel Díaz Ayuso, de discurso trumpista, es la autora de las frases “Madrid es España dentro de España. ¿Qué es Madrid si no es España?” y “Cuando te llaman fascista estás en el lado bueno de la historia”. Con su acusación al Gobierno de madrileñofobia, pretende alcanzar el liderazgo victimista. Alguien la definió en un tuit como la Quim Torra del barrio de Salamanca. Terminará proclamando a Madrid autónoma de sí misma.

Cs y PSOE de Murcia presentan una moción de censura, pero el PP la desmonta con un tamayazo en versión panocha. Ayuso reacciona convocando elecciones anticipadas para elegir entre socialismo o comunismo y libertad. Ella, que está en el lado bueno de la historia, sabe que los suyos mataban socialistas y comunistas que luchaban por la libertad; no es ignorancia, sino fascismo. Miguel Ángel Rodríguez (MAR) es quien le escribe los exabruptos que lanza la niñata que desgobierna; lo hace desde aquel lugar en cuyos sótanos se torturaba a los que luchaban por la libertad durante el franquismo.

Iñaki Gabilondo enumeró en la SER los elementos de inestabilidad de los últimos tiempos (crack de 2008; Brexit; asalto al Capitolio; el lío del trifachito nacional y el PP como asociación criminal para delinquir…); todos provienen de la derecha mientras se acusa al socialcomunismo. Y advierte: “Estamos mirando, cuidado que viene el lobo y entre tanto nos come el tigre”. O Ayuso o libertad.

Otro día hablaremos del rey chorizo, la ultraderecha en las FF.AA. o la Iglesia que se salta su 7º mandamiento. Estamos en una democracia mejorable en la que lo primero, a pesar de todo, debe ser fomentar la convivencia sin olvidar la lucha por la igualdad.

Daniel Innerarity, en el artículo Contra la superioridad moral, propone un pacto para ignorar a quienes de continuo extienden certificados de virginidad ideológica, autenticidad en la representación del pueblo o integridad política. Termina asegurando que aspirar a tener mejores opiniones suele ser incompatible con considerarlas superiores. En política es preferible aspirar a ser mejor que a ser superior.

Heródoto en sus Historias escribía que los grupos humanos tienen en común aquello que las enfrenta, la tendencia a creerse mejores. Todos estamos dispuestos a considerarnos superiores, en eso somos iguales.

Cada vez más iguales, unificados por el chip.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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