“Borrosa Navidad”, por Pilar García Torres

Yo no es que sea ni el Grinch, ni Mr. Scrooge, hubo un tiempo en que esperaba la Navidad con una intensidad ilusoria de las que molestan. Mi casa de 36 metros era el punto de reunión de tres familias, mis abuelos con mis tíos y mi prima, mis vecinos de abajo con sus seis hijos y nosotros que éramos cuatro, mis padres, hermano y yo misma, la más pequeña de todos, en edad y en tamaño, de hecho para unos era la “ratita”, para otros el “espárrago triguero” y para mi vecina la señora Isabel, era “rabito de cochino”.

Como podéis imaginar, diecisiete personas en 36 metros podíamos ignorarnos poco, o nada y nos divertíamos como jabatos porque la alegría manaba de mis abuelos que impregnaban todo lo que tocaban, cantábamos, reíamos, jugábamos y todo, absolutamente todo el mes de diciembre se consagraba a esa gran fiesta que era la Navidad.

A primeros de mes cuando todavía no había un acueducto, mi abuelo compraba las panderetas, las zambombas y el musgo para el belén. En mi casa no eran, ni somos creyentes, pero el belén tenía de todo, hasta un lugar privilegiado en la mini casa que habitábamos. Todas las tardes había una liturgia navideña, mi abuelo nos contaba un interminable cuento que siempre era el mismo “Juan sin miedo y el castillo de irás y no volverás”.

La verdad es que nunca supe si era un cuento, dos o cada día uno diferente, sólo recuerdo el olor a castañas asadas por un lado, que mi madre hacía para entretenernos, mezclado con el olor a ajo que mi abuelo frotaba por la piel de panderetas y zambombas para “domarla” porque, según él, luego sonaban mejor y como el hombre orquesta, haciendo todas las voces del cuento.

Cuando llegaba el gran día, el menú siempre era el mismo, lombarda y ensaladilla rusa de primero, cordero asado de plato principal y macedonia de frutas de postre, eso sí, natural, la bandeja de los turrones, peladillas, mazapanes y polvorones todo el mes en la mesa, adornado con guirnaldas. No entiendo cómo no se acababan nunca, porque el hecho de que en mi casa, no nos haga gracia el dulce, supongo no tenía nada que ver, era para las visitas.

Lo de cenar cordero no era de potentados, es que mi padre trabajaba en el matadero municipal y la carne era lo más barato que podíamos comprar, así que a comer carne, ligerita la cena y lo de la lombarda no sé, creo que es tradición madrileña, yo lo sigo haciendo pero innovada con manzana, vinagre de idem y bacon, riquísima me sale.

Pues bien, acabada la cena en la que estábamos nueve personas, subían los vecinos Isabel y Santiago con sus seis hijos. A veces entraban también los de al lado, la señora Maruja y el señor Justo con sus dos hijos, de cuando los vecinos eran más que familia, aunque como éstos eran pequeños se iban pronto.

Era en ese momento cuando empezaba realmente la fiesta, mi abuelo como maestro de ceremonias cantando villancicos al alimón con mi abuela y mi tita Loli, para diferenciarla de mi abuela, ya que las dos se llamaban Manuela. De hecho una cumplía los años en Navidad y la otra el 1 de enero. Mi abuela también era muy ducha en trabalenguas y adivinanzas, por lo que la diversión estaba asegurada.

Los juegos de mi abuelo digamos que eran más de acción y sobre todo para los chicos u hombres, ya que según recuerdo estaba el de la bubilla, juego de reflejos donde lo haya, consistía en que uno de los hijos de mi vecina o mi hermano, generalmente eran Santi y Ángel, mi hermano, los que en su hombría adolescente intentaban engañar a mi abuelo, mientras éste les ponía la cara como un tomate. El juego consistía en lo siguiente: uno de ellos se arrodillaba delante de mi abuelo, éste apoyado en sus rodillas ponía palma contra palma y al son de una canción, tenían que subir y bajar la cabeza entre sus manos sin que la cara quedara atrapada entre ellas, lo dicho las caras de los púberes eran rojas una vez acabado el juego y calientes.

Había otro juego que nunca entendí cómo no desencadenó percances de cierta gravedad, he de decir que mi abuelo Felipe siempre ganaba, su maestría para las cafradas era de categoría. No recuerdo como se llamaba el juego pero consistía en que se ponía una hoja de periódico enganchada en el cinturón del pantalón en la parte de atrás y bailaba, claro el papel se movía y los otros tenían que poder quemarle el papel con un mechero, cerilla o vela.

Sí, tal cual lo cuento, overbooking en una casa diminuta y jugando a encender papeles, es verdad que rara vez lo conseguían si el que bailaba era mi invierno, que es como yo llamo a mi abuelo, si algún otro osaba podía haber un poco más de peligro y así con esos encantadores juegos, más la retahíla de villancicos, trabalenguas y adivinanzas, pasábamos las noches de nochebuena y fin de año, éramos felices, pobres y muchos, pero estábamos juntos.

La fiesta se terminó cuando yo tenía 17 años o iba a cumplirlos, murió la primera Manuela, mi abuela y la alegría de mi abuelo se fue con ella, al igual que su vida empezó a alejarse cuando ella ya no pudo más. Con la pena que dejó su ausencia la Navidad se fue difuminando. Al año y medio mi abuelo no soportó más la soledad que le dejó el amor de su vida y se fue, alegre como era.

Desde entonces las Navidades, se fueron convirtiendo en una nebulosa en la que cada cierto tiempo, faltaba una más de aquellas personas queridas que iluminaban nuestras vidas sin necesidad de llenar la casa de bombillitas de colores. Por eso hace decenios que no me imbuye el espíritu navideño, porque las ausencias ya son más que las presencias.

Este año nos ha enseñado…. No nos ha enseñado nada, seguimos tan malamente como siempre, los buenos más solidarios y los malos, peores. Hace muchos años que me gustaría acostarme el 23 de diciembre y despertarme el 5 de enero, por qué iba a ser diferente este año, justo este que debíamos dejar las fiestas para otro momento.

¿Qué hay que celebrar? Que ya van 50.000 personas desaparecidas sin el amor de los suyos, sin poderse despedir, los que ya hemos pasado por la enfermedad, tocados sin saber si de por vida. Los que se han quedado sin trabajo ¿Qué tienen que celebrar? Que se han puesto millones de bombillas por las calles para iluminar la miseria que tienen en el alma los que nunca, nunca pasaron necesidades, los que duermen caliente, los que se permiten mirar por encima del hombro a los que les sirven las mesas……..Nada que celebrar. Nada

No me digas que hay que celebrar que estamos vivos, no, me niego porque además de los míos que fueron desapareciendo poco a poco, hay miles, cientos de miles que ya no podrán celebrar nada y de que nosotros no celebremos este año, depende que nadie más se vaya sin poderse despedir.

Pilar García Torres

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