«DE LO ESDRÚJULO A LO LLANO PASANDO POR LO AGUDO. PALABRAS», por José Félix Sánchez-Satrústegui

Quizá sea porque estos días he recordado el soneto esdrújulo que Luzmán dedica a Leonato en El caballero del milagro de Lope: “Leonato ilustre, valeroso armífero”. Quizá sea porque imagino a Don Esdrújulo (zarzuela en un acto, de Rafael Maiquez) pretendiendo enamorar a Paca: “Quiero tu amor solícito”. O quizá porque hace poco leí y reí el Soneto esdrújulo a la tortilla española, de Luis Arrillaga, que comienza así: “La patata, caricia subterránea”. Por alguna de estas razones, o por todas ellas, me asaltaron esdrújulas a borbotones. Les tuve que dar salida colocándolas por aquí.

El público. Los aplausos, ese contagio social, acabaron cuando lo hizo la fase más aguda de la soledad. Aplaudíamos a los que luchaban de cerca contra el virus y, sobre todo, para sentirnos acompañados. Después, gran parte de esa misma gente se convirtió en masa ignorante (o ya lo era), volvió a la antigua inmoralidad y cambió ovaciones por insultos; sustituyó el confinamiento por lo que llamaron cínicamente libertad, a golpe de cacerola, empachados de emociones irracionales, hábilmente manipulados por las élites o formando parte de ellas.

Lo impúdico. Trump, que pasó de pollopera pisaverde a dictador electo sin despeinarse (es un decir), habla de gobiernos y votos ilegítimos, lo que me recuerda a algún célebre hispano fanático de tamaño malandrín.

Aznar, que fue falangista independiente y votó no a la Constitución del 78, decide bajar de los cielos, donde habita junto a su ego bronceado, a Botella y a los buitres de los fondos, para alzar la voz contra los que quieren romper España. «¿Qué futuro le puede esperar a una Nación que pone su destino en manos de quienes la quieren destruir?». El discurso es viejo, los propagandistas de Primo de Rivera ya lo voceaban a principios del siglo XX. Pemán decía que las masas o son cristianas o son anárquicas y demoledoras, y su primo Pemartín afirmaba que la masonería era eterna enemiga de los gobiernos de orden. Albiñana, un neurólogo de neuronas unidireccionales, también proclamó la existencia de un soviet encargado de deshonrar a España. ¿Os suena? El franquismo repetía cada día aquello del contubernio. Es la línea estratégica que el presidente del PP, Pablo Casado (ora centrípeto, ora centrífugo, siempre descentrado), asume al denunciar que Sánchez e Iglesias pretenden construir un Estado totalitario con el pretexto de la pandemia.

Mientras tanto, emprende el eterno viaje al centro metiéndose por un agujero ardiendo y tras una larga búsqueda es expulsado por una erupción a la realidad. Y así sucesivamente. Se parece mucho al famoso viaje de Julio Verne con menos imaginación. La derecha insiste en mensajes similares desde hace un siglo, aunque cuando lo lanza Aznar, desde que despidió a su logopeda, cada vez se entienda peor. El expresidente se refiere al actual como un tonto, que tiene una cara de inútil que no puede con ella. Y se atreve a manifestarlo después de verse cada día en el espejo. La única solución al cerebroplanismo es el trasplante cerebral, que no acaba de llegar.

Lo pandémico. El virus sigue campando a sus anchas por el mundo, los servicios sanitarios se atascan, en las ciudades y pueblos conviven el miedo y la insensatez; las noticias se amontonan en busca de oídos, ahítos de información, que ya no escuchan más que ruido. Ni siquiera da tiempo a llorar a los muertos, sólo a contarlos.

Muchos se dedican a buscar soluciones; otros, a buscar culpables. El filósofo Edgar Morin escribe en su libro Cambiemos de vía. Lecciones de la pandemia que “las angustias provocadas por la crisis suscitan la búsqueda y la denuncia de un culpable. Este culpable puede haber cometido errores que han provocado la crisis, pero también puede ser un culpable imaginario, un chivo expiatorio que hay que eliminar”.

Las vacunas que vienen aún están en “fase publicitaria”. Pfizer aseguró una eficacia del 90% de la suya; Moderna, un 94,5%. Pfizer reaccionó elevando la de la suya hasta el 95%. La de Oxford dice llegar al 99%. Hay varias en distintas fases de investigación. ¿Anunciarán alguna que supera el 100% de eficacia y que, además, aumenta la potencia sexual al personal vacunado? Optimismo, sí; prudencia, también.

Lo telúrico. Invadiendo el hábitat de animales salvajes, traficando con ellos o comiéndolos, así como destruyendo el medio ambiente, hemos creado las condiciones para que las enfermedades salten del animal al hombre. La salud de la Tierra es muy precaria y el objetivo del ser humano es acabar con ella. Ánimo, ya queda menos.

Lo público. Como indica el Observatorio de Salud Comunitaria COVID-19, la pandemia social no se resuelve con una PCR sino con políticas sociales. Solo un gran incremento del gasto público puede sacarnos de esta crisis. No se puede demorar más una inversión considerable en sanidad y educación públicas, en investigación, en pensiones dignas y atención a la dependencia, en la eliminación de la pobreza.

Lo democrático. Ya lo he dicho otras veces, la democracia tal y como la conocíamos está en peligro si no sabe adaptarse a la nueva situación. Líderes de la izquierda de varios países han suscrito la Declaración de La Paz, un manifiesto que alerta de las consecuencias del crecimiento y desarrollo de la extrema derecha y sus estrategias de «mentira y difamación sistemática de los adversarios». La declaración termina con el compromiso de trabajar por la defensa de la democracia, la paz, los derechos humanos y la justicia social frente a la amenaza que representa la ultraderecha.

Lo macroeconómico. Pocas buenas nuevas nos llegan en este año horrible. Una es la derrota de Trump; la otra, el anuncio de las vacunas frente al virus. Esta noticia ha alegrado más rápidamente a las Bolsas que a los que no tenemos más que bolsillos, incluidos quienes los tienen vacíos. Huelen ganancias sustanciales, los más modestos nos conformamos con la salud.

Lo político. Los Presupuestos, tan importantes siempre, y más ahora, determinan la política de un gobierno, son su traducción práctica. La derecha político-mediática está rabiosa porque esperaba su rechazo en las Cortes y el principio del fin del gobierno de izquierdas; no obstante, parece que se le puede estropear el deseo. Todas las tormentas se han desatado contra Sánchez e Iglesias porque EH Bildu los apoyará. ETA desapareció hace años, lo que es un triunfo del Estado democrático y, más aún, de toda la sociedad. Sin embargo, hay quien recurre a ella con gran cinismo cuando hay intereses espurios, como lo es tumbar al gobierno democrático con mentiras. Algunos barones socialistas prefieren pactar con C’s (¿o acabar con Sánchez?). Guerra, que ha pasado de enfant terrible de la izquierda a marioneta de la derecha, dice que hubiera preferido a un candidato del PP que el triunfo de la moción de censura. Qué añadir sobre Felipe González, el jarrón chino que habla sin parar. Ambos deberían optar por volver al museo de los honores de su partido o terminarán en el de los horrores. Nada que objetar a las discrepancias, pero algunos no paran contra Pedro Sánchez desde antes de aquel infame Comité Federal. Esto se parece a una fórmula trigonométrica: bases contra alturas (históricas), partido dividido en dos.

El ritmo esdrújulo de los títulos de cada apartado de este artículo se desvanece en palabras agudas y punzantes, palabras que resumen la situación de los que huyen de la violencia y mueren en el mar o en las fronteras, de los que pasan hambre y sobreviven en la intemperie: dolor, desigualdad, insolidaridad, Arguineguín. Inhumanidad.

En esta apuesta prosódica de palabras frente al ruido, me gustaría acabar con una llana, o grave; enorme aunque fuera leve. Esperanza.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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