Expertos, políticos y todólogos, por José Félix Sánchez-Satrústegui

En España coexisten esas nueve cabezas que embisten por una que piensa, como sostenía Machado, con la proliferación de todólogos, omnipresentes en los medios de comunicación, que ilustran nuestra ignorancia en cualquier aspecto del saber. Lo cual no impide que muchos de ellos pertenezcan al primer grupo.

En un reciente artículo, Jesús Maraña nos previene de un poderoso instrumento de la antipolítica, al que él llama “expertismo”, para desvirtuar la democracia. No hace tanto que una secta de expertos inmisericordes nos indujo al suicidio colectivo con el objeto, disimulado a la vez que indisimulable, de enmascarar el capitalismo feroz e incrementar las desigualdades sociales. Le llamaron austeridad. Nadie duda de que en la situación actual los expertos en salud pública tienen que asesorar a los políticos, aunque son estos los que deben tomar decisiones. Está bien que las sociedades científicas que firman el comunicado, de título excesivo y demagógico “En la salud, ustedes mandan pero no saben”, ofrezcan sus conocimientos en cualquiera de los ámbitos de la salud (yo pertenezco a una de ellas, de la que formé parte de su Ejecutiva estatal y regional). Sin embargo, no olvidemos que este asunto trasciende el ámbito sanitario y afecta al económico, sociológico y psicológico, por citar solo algunos. Entre ellos no se sustituyen, sino que deben complementarse. Ambos pueden equivocarse, y lo han hecho. En cambio, no recuerdo una abundancia similar de sociedades “abajofirmantes” contra los recortes y la privatización de la sanidad pública que están en la base de la dificultad de una respuesta potente ante esta situación.

La ciencia plantea preguntas y da respuestas que plantean nuevas preguntas. Entre ellas brotan algunas certezas de hoja caduca, volátiles, que son sustituidas por otras nuevas al cabo del tiempo. La obligación de cualquier científico es poner constantemente en duda todo lo que cree que sabe. Algo así como el filósofo. Voltaire entendía que “la ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda”. Algo que Aristóteles ya había considerado: “El ignorante afirma; el sabio duda y reflexiona”.

Virchow (1821-1902), padre de la patología moderna y abanderado de la biopolítica, que estudió las epidemias como indicador de deficiencia social, pensaba que “la medicina es una ciencia social, y la política no es más que medicina en una escala más amplia”. Con todos los matices que se quiera, puso en relación salud y política. Salud es política.

Otra cuestión es la miseria de las actitudes que anteponen su posición partidista a la salud de los ciudadanos. El ejemplo de mayor irresponsabilidad en este sentido es, en mi opinión, el de Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid. Ahora, uno de los debates (sucesión de desvaríos aparte) es sobre la fiabilidad de sus datos, como antes lo fue sobre los del Ministerio de Sanidad.

Con mejoras temporales y vacíos históricos, España llegó tarde a tener cifras fiables incluso del censo de población. La disponibilidad de datos no ha sido nuestro fuerte, no por falta de profesionalidad de quienes deben analizarlos sino por falta de voluntad y de rigor en su declaración. Parecía mejor disponer de cualquier cifra, aunque fuera falsa, que de ninguna. Y no es así. Además de los sesgos que le son propios, la estadística ha servido para mentir, discutir y cabrearse. Darrel Huff, autor de “How to Lie with Statistics (Cómo mentir con estadísticas)”, asegura que “si quieres demostrar algo absurdo toma un montón de datos, tortúralos hasta que digan lo que quieres demostrar, y a la confesión así obtenida llámale estadística”.

De la revolución digital ni hablamos, porque entre nosotros no debe significar otra cosa que volver a contar con los dedos pero muy deprisa.

Hacia 2010, unos hombres disfrazados de superdotados de la economía capitaneados por Rato fusionan varias Cajas, fundan Bankia y lo sacan a Bolsa. Los expertos (los que aconsejan machaconamente congelar salarios y pensiones), asimismo genios de las finanzas, del Banco de España y la CNMV supervisan dicha salida. Nihil obstat. 25.000 millones de euros después, los jueces sentencian que hay atraco sin atracadores. Con un par. Ese dinero lo costearemos entre todos: no seremos los ladrones; eso sí, pagaremos como si lo fuéramos.

La derecha siniestra y el CGPJ, con su legitimidad caducada, se erigen en constitucionalistas desde la inconstitucionalidad. Aquella no apoyará la renovación de este para que este siga nombrando jueces en puestos clave para aquella.

García Castellón, el juez que cobraba demasiado, regresó del extranjero porque quería ganar menos y trabajar más. Lo hizo, casualmente, a uno de los juzgados que preocupan bastante al PP desde hace años. Escribe Ignacio Escolar que dicho juez ha decidido usar las “meras hipótesis” que la Audiencia Nacional desautorizó para pedir al Supremo que impute a Pablo Iglesias. Y acaba el artículo: “En un mundo normal, sería muy dudoso que este escrito del juez García Castellón contra Pablo Iglesias llegara a prosperar en el Tribunal Supremo. Pero hace tiempo que en España, en la Justicia, lo inimaginable se acaba haciendo realidad”. Cuando aquel famoso alcalde jerezano de innegable desparpajo declaró que la justicia era un cachondeo, quizá tuviera razón.

Algunos individuos reflejados en los espejos cóncavos de la política dan el esperpento. Ayuso y Almeida son el paradigma. Valle-Inclán los retrató en “Luces de Bohemia” sin que aún hubieran pasado por el callejón del Gato. Pablo Casado, un mezquino patriota (“La patria es una idea paranoica” –Martín Caparrós-), dirige el cotarro de la derecha extrema contra el gobierno legítimo. ¿Os suena? Pues eso. La banda neofascista que dirige vomita su histeria contra la historia: expulsa del callejero a Indalecio Prieto y Largo Caballero, difama a las Trece rosas, destruye el memorial con los nombres de los 2.934 republicanos asesinados en el cementerio e impide grabar unos versos de Miguel Hernández en la placa conmemorativa. A pesar de que tales barbaridades estarían justificadas por la ignorancia de los anencéfalos funcionales que las realizan (el trasplante de cerebro está infrautilizado), el asunto va más allá. Pretenden reescribir la historia, seguir el legado franquista. La Guerra Civil y la cruel represión que la siguió fueron consecuencia de un golpe de Estado criminal contra un gobierno legítimo; algunos lo niegan y otros se sitúan en la equidistancia, que es el centro geográfico de la hipocresía. No los perdamos de vista.

El bicho diminuto que ha desatado una crisis gigante ha dejado claro que España es un país de grandes desigualdades socioeconómicas. Un sistema educativo público de verdad es el mejor instrumento de compensación social, pero no lo tenemos. También ha puesto de manifiesto que hay que reforzar el Sistema Nacional de Salud de arriba abajo y mejorar sus mecanismos de coordinación. Impulsar la investigación científica es una prioridad, la incorporación de suficientes investigadores puede cambiar un país.

Los expertísimos, todólogos y politicastros, que nos embisten a cualquier hora, cada vez me aburren más, me provocan sueño. Entonces, recurro a la poesía, que me provoca sueños.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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