Mi familia y otros animales

pilar garcia torresEn mi casa siempre hubo muchos animales de todo tipo, mamíferos, aves, reptiles, peces, hasta grillos, por eso cuando leí el libro de Roald Dahl “Mi familia y otros animales” me sentí plenamente identificada.

El primer animal que no es que yo recuerde, sino que hay documento gráfico al respecto, es un perro que me cuidó en Torrelodones a la orilla del río en una excursión dominguera, según mi madre no se despegó de mí en todo el día, prefiero no preguntarme por qué.

Después le sucedieron pollitos que regalaban comprando una docena de huevos, un pato decapitado, este se merece una mención especial, dos galápagos de río de dimensiones considerables, no me refiero a las tortuguitas verdes pistacho que después tendrían los niños en un terrario con piscina y una isla con palmerita en el centro, no, las mías andaban libres por mi casa, de estas también hablaré en particular, una perrita, un canario, un hámster, una cobaya, un cordero y dos ratones de laboratorio.

Se me olvidaba Cloe, la carpa roja que vivía en la bañera, animal que convivió con nosotras dos años, cuando llegó a casa era del tamaño de una sardina, cuando se fue victima de la superstición de mi padre, era como una lubina. Como os he comentado Cloe vivía en la bañera y a ratos diarios en un cubo, esos ratos eran cada vez que la familia teníamos que adecentarnos.

La operación era ¿simpática? Se llenaba un cubo en el que se metía la carpa, se limpiaba bien la bañera, se duchaba el personal, todos al mismo tiempo claro, no iba a estar Cloe ahora cubo, ahora bañera todo el día. Una vez acabado el aseo de toda la familia, se limpiaba la bañera para no dejar rastros de jabón y se volvía a meter a Cloe que nadaba feliz y saltaba cuando mi madre entraba en el baño, memoria de pez ¿Eh? Anda que no conocía quien le echaba la comida.

Cloe acabó en el cubo de un niño, no sabemos dónde, el día que a mi padre le dijeron que tener peces en casa daba mala suerte. De repente apareció una tarde en casa, en compañía de un infante al cual mi madre trató…….digamos que no muy bien, tanto es así que cuando salía por la puerta, mi madre le dijo a mi padre “ojalá no llegue la carpa al portal” la señora Angelita privada de su mascota sin su consentimiento, estuvo una semana sin dirigir la palabra a mi padre.

Otro de los bichos que tuvieron mala suerte fue el pato, no sé cómo ni porque estaba en casa, pero se convirtió en mi sombra, yo era su mamá pata. Era la época del “Piliiiiii bajas a jugarrrrr” Pili, o sea yo, bajó a jugar cerrando la puerta de golpe, con tan mala fortuna que Lucas el pato, ya se que no era original, pero había influencias que no se ignoraban en mi infancia, bueno que me voy por las ramas, Lucas que corría detrás de mí, no lo hizo con la suficiente velocidad para salir antes del cierre de la puerta asesina, quedando la cabeza fuera y el cuerpo dentro. Por fortuna mi madre no me lo contó hasta que no fui adulta, sólo me dijo que se había escapado.

Las tortugas de nombre Rigoberta y Rita campaban a sus anchas entre mayo y octubre por el piso de 36 metros, siendo sorteadas por los habitantes humanos de la misma, padre, madre, hijos y durante el día abuelos. Rigoberta tenía una afición divertida para nosotros, no tanto para mi abuela.

En mi casa, como en casi todas de los años 60-70 había un sofá de “Sky” plástico de toda la vida, el nuestro era verde oliva, y muy bajo, con lo cual, mi abuela que era pequeñita, se sentaba y cuando comía un racimo de uvas, la última colgaba a una distancia prudencial del suelo, para que Rigoberta la alcanzara, elevando patas y cabeza.

Que son lentas las tortugas, teníais que ver a mi Rigo, cuando mi abuela se sentaba en el sofá, los 1500m de Fermín Cacho, eran nadita al lado del “sprint” que hacía ella con esos divertidos andares que tienen las tortugas llevando su caparazón encima.

Pués bien, estirando, estirando el cuello y las patas, conseguía enganchar la última uva del racimo, a mi abuela que siempre le pillaba desprevenida le daba un susto de muerte, pero reaccionaba de una extraña manera, en vez de darle la uva como hubiera sido lógico, quedándose ella con el racimo, entraba en un “soca tira” hasta que se rendía, mi abuela por supuesto.

Jerry el hámster, también vivía suelto por la casa, sólo entraba a dormir a la jaula, hasta que un fatídico día descubrimos su juego porque se demoró más de la cuenta. Nos preguntábamos unos a otros si alguien lo había visto, hasta que oímos un grito espeluznante en casa de la vecina que vivía pared con pared, “un ratóooonnnnn”. El muy ratón, había hecho un agujero en la pared y paseaba de una a otra casa cuando le apetecía. Nunca más salió de la jaula, salvo para estar en las manos o el regazo de alguna de nosotras.

Mi hermano que era muy hermano, en una de esas excursiones domingueras cazó una culebra de agua y la metió en una botella que trajo a casa. Debió ser que su hábitat le parecía pequeño y salió a descubrir mundo, también descubrimos su inesperada excursión cuando oímos gritar a la vecina de abajo “una serpienteeeeee socorrooooo”. No recuerdo cómo acabó, creo que no la volvimos a ver.

El cordero sólo estuvo el tiempo que duró el destete, yo le daba de comer con una botella y un dedo de guante de goma. Mi padre trabajaba en el matadero municipal, ese día tuvieron que sacrificar una oveja enferma que todavía llevaba el nonato dentro y a mi padre le pareció buena idea, traérselo a la niña de sus ojos, osea yo. Mi madre tenía una opinión reguleras del olor del animalito y marchó a una finca de un amigo de mi padre, o eso quise creer yo.

Ya casada y emancipada de mis padres, que no de mi marido, eso vendría después, éste trajo un “lindo gatito” cuya relación conmigo era de prevención y juego permanente. Ciro que empezó llamándose Cira porque creíamos era una gata, tenía una habilidad pasmosa para abrir el frigorífico y hacerse un “self service” a su antojo.

Tanta pericia le llevó a comerse un chorizo de cantimpalo con cuerda y todo, cuerda que tuve que pisar según corría por toda la casa, restregando salva sea la parte por el suelo, por ver si conseguía sacarlo de allí.

Ciro y yo teníamos una liturgia diaria que consistía en que yo me tumbaba por la noche en el sofá cerrando los ojos, él reptaba por mis piernas hasta llegar a la tripa, la mullía y continuaba hacia arriba hasta que su cabeza y la mía iban en paralelo, momento en el cual, marcaba mi nariz con sus dientes sin apretar, yo hacía aspavientos y él corría hacia las pareces por las que saltaba como un poseso, hasta que se hartaba y se enroscaba en su sillón favorito, del que no eras capaz de levantarle, salvo que quisieras un sillón de flecos.

Por estas cosas de dejar que ellos sean lo que son, animales generosos, y maravillosos no me gusta que se les humanice, me parece lamentable que les ridiculicemos poniéndoles vestiditos, kikis, o llevarles en un cochecito de bebé sin que tengan ningún problema para andar.

Por favor, dejad que los animales sean eso, animales con sus instintos, sus costumbres y sobre todo su libertad, de movimientos y de quereres, no por tratarles como niños lo son, no son tus hijos, son tus amigos, tus compañeros, tus seres de luz, pero no son personas, tienen necesidades distintas que tenemos que satisfacer, pero no son ellos los que tienen que mitigar nuestras frustraciones.

Seguramente esto no sentará bien a todo el mundo, pero es lo que creo que ellos estiman más, que les tratemos como lo que son, maravillosos seres vivos a los que amar, pero como son, como animales.

En nada os veo, Estella tiembla.

 

Pilar García Torres

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