La pandemia ultraderechista, por José Félix Sánchez-Satrústegui

felix sanchez satrusteguiNo entiendo de montañismo ni he tenido nunca la tentación de practicarlo. Por  pánico. Padezco de un vértigo de la altura que me impide asomarme al balcón de mi casa, aunque vivo en un bajo. Sostengo desde muy joven la hipótesis, frente a otras quizá más científicas, de que soy bajito (163 cm) porque la sabia naturaleza así lo decidió, para no exponerme a diario al temor de mirar al suelo desde mi altura natural, si esta hubiera sido mayor. Es por ello que desconozco, entre otras muchas cosas, si es más peligrosa la escalada o el descenso de una montaña.

Sin embargo, tengo claro que ante una pandemia la estrategia más compleja es la desescalada. El confinamiento mientras el bicho atacaba con mayor virulencia fue muy duro (sobre todo las muertes), pero se trataba de escondernos del microbio y se comprendió más o menos. Ahora, es menester irse asomando al exterior; la cuestión es a qué velocidad e intensidad. Empujan a que la vuelta a la normalidad sea rápida y total los que ponen por delante los criterios económicos (comprensibles si no se olvida que los excesos pueden devolvernos al principio y ser terrible tanto para la salud como para la economía) y aquellos que a falta de otros criterios son de empujar al abismo y punto.

El PP y Vox, por intermedio de sus distintos boquimuelles, siguen dedicados al acoso indecente al Gobierno por cualquier causa. Nada ha cambiado en este sentido. A los patriotas de bandera y brazo en alto, cacerola y rugir de coches de lujo les importan muy poco sus conciudadanos. Protestan para que les devuelvan el gobierno que les corresponde por gracia divina y para que a nadie se le ocurra tocar los privilegios de las grandes familias de la oligarquía y el capital. También ponen palos en las ruedas al gobierno español en Europa: ¿patriotas o traidores?

Barbaridades han dicho demasiadas. Como casi siempre destaca Cayetana (el cuello le ha quitado espacio para el desarrollo normal de las neuronas de la empatía), la marquesa de luenga lengua (perdón por el trabalenguas), al llamar a Pablo Iglesias hijo de terrorista. Además, siguen atacando al feminismo, movimiento peligroso para su machista y reaccionaria españolidad.

Al parecer de estas mentes de ocurrencias monorraíles, el 8M, tras una noche de akelarre en las cuevas de Zugarramurdi, las malvadas brujas (sorgiñak) se disfrazaron de feministas para extender el coronavirus por el mundo y, sobre todo, por España, a la que tanto odian las malvadas y malvados de todo signo, condición y época. La realidad no es menos fantasiosa: el arzobispo Cañizares asegura, homilía mediante, que una de las vacunas contra el coronavirus está fabricándose con células madre de fetos abortados; el ex ministro measalves Fernández Díaz refiere que Benedicto XVI (Ratzinger z en su lucha contra las fuerzas malignas) le confesó que  “el diablo quiere destruir España”; el presidente de la Universidad Católica de Murcia habla de anticristos y fuerzas del mal y de que Bill Gates quiere controlarnos con un “chis” (sic) cuando se descubra la vacuna frente al coronavirus. Bunbury y Bosé, en un momento de éxtasis armónico, culpan a las telecomunicaciones 5G como medio utilizado para dicho control. Con tan poderoso enemigo satánico y la inestimable ayuda de los sabios citados, ya sean beatos tridentinos o músicos posmodernos, no hay manera de salir esta.

La destitución de Pérez de los Cobos por parte del ministro Marlaska ha desatado otra oleada de indignación del mundo cavernícola (y van…).

García Egea, a través del Ministerio del Tiempo, se ha puesto en contacto con el Duque de Ahumada y lo ha presentado en el Congreso, espada en mano, como amenaza. A falta de huesos de aceituna ha escupido una frase pomposa: “Están manchando el honor de la Guardia Civil”. Se refiere al gobierno rojo y no al informe lleno de mentiras y bulos que envió el destituido a la jueza. La mala fe de este individuo y la de quienes le ayudaron para ir contra el Gobierno atenta contra la dignidad del cuerpo al que pertenece, esa sí. Cualquiera se fía de estar inmerso en un proceso en el cual los informes policiales, de los que puede depender la decisión de un juez, sean de tanta parcialidad y falsedad.

No creo que la Guardia Civil deba merecer más honor, ni menos, que el cuerpo de funcionarios, el de sanitarios, el de fontaneros o el de profesores, por ejemplo. En todos ellos los habrá mejores y peores, pero el único honor que importa a la derecha es el del referido instituto armado. Es cierto que su actuación diaria en auxilios y ayuda a la población en desgracias y catástrofes de todo tipo es magnífica; también es justo reconocer que en su trayectoria hay acciones nada honorables como la participación en el golpe de Estado de 1936 o en el intento del 23F. Si rascas un poco bajo su piel, la sucesora de la Santa Hermandad deja mucho que desear en espíritu democrático, tal como han demostrado algunos de los mandos en este caso. Y Casado está procurando por todos los medios que la tensión entre Gobierno y Guardia Civil se mantenga o aumente ¿Pretenden algo más?

Pedro Sánchez afirma que Marlaska se está encargando del desmantelamiento de las cloacas del Estado y de acabar con la policía psicótica (perdón, patriótica) y por eso le atacan. Pues que siga y acabe el trabajo, porque en democracia no son tolerables ni ética ni legalmente tales elementos furtivos.

La derecha es mayoritaria en todos los ámbitos del poder (justicia, fuerzas policiales, grandes empresas y grandes medios de comunicación). También quiere el político, perdido en las urnas, empleando para ello la crispación y el miedo. Habrá que responder, porque está en juego la democracia.

Europa y España deben reconstruirse rápida y profundamente; el desastre provocado por la pandemia y algunos vicios del pasado obligan a ello. Pero la derecha no está dispuesta a permitir que un gobierno de izquierdas lidere la recuperación porque lo hará en contra de sus intereses.

La salida de la crisis no puede basarse en el ladrillo y el turismo. Es preciso desmantelar la reforma laboral del PP, impulsar la investigación científica; reforzar la sanidad y educación públicas así como la dependencia y mejorar las pensiones. Sin olvidarnos de la industrialización, el salto digital y que cualquier avance debe ser verde. La puesta en marcha del ingreso mínimo vital es de enorme importancia para la reducción de la exclusión social y supone una gran apuesta de las políticas públicas, que se sitúan frente a la falta de ideas de los insultadores profesionales y adalides del miedo.

En los últimos meses lo vengo repitiendo, de una u otra manera, a través de este medio. Hoy lo hago citando un artículo de Rosa María Artal en el que advierte de una potencial pandemia antidemocrática que ya afecta a varias sociedades. Y en España, ya lo sabemos, el franquismo está demasiado presente aún.

El catedrático de Filosofía Política Daniel Innerarity considera que no hay que excluir del debate democrático a los extremistas porque, para combatirlos, es mejor conocerlos y, además, quienes los escuchen podrán percatarse de la endeblez de sus argumentos. Sin embargo, a Carolin Emcke, escritora y filósofa, le aterroriza que se les lleve a la tertulia política con el pretexto de acorralarlos y, por el contrario, se les acabe revalorizando en algunos ámbitos y acabemos convirtiéndonos en cómplices de la normalización de la extrema derecha.

De momento, solo de momento, unos ultras amenazan de muerte y disparan a fotos de Pablo Echenique y de miembros del gobierno de izquierdas, incluido el presidente, en una diana de tiro.

Es necesario pararles los pies o terminarán por pasar de la violencia verbal a la física y pretender otro “cuarentañismo” como nueva normalidad. No pasarán, esta vez no.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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