Después del coronavirus: hacia la nueva normalidad del Decrecimiento, por Joseba Andoni Amenedo

Detrás de la pandemia del coronavirus parece estar la pérdida de biodiversidad en diferentes zonas del mundo. Ecosistemas enteros desaparecen para hacer sitio a los cultivos y las empresas que necesita el sistema capitalista. La falta de diversidad vegetal y animal hace que las enfermedades que afectan a la fauna salvaje salten más fácilmente a otros animales y de ahí a la especie preponderante en el planeta, la humanidad. A ello contribuye también el aumento en el tamaño de las explotaciones ganaderas, la gran densidad ganadera en esas explotaciones y el manejo industrial de su sanidad, plagada de antibióticos y otros productos químicos.

Además, esta facilidad para el paso de enfermedades a los humanos se ha visto aumentado con otra característica de nuestra civilización, la hipermovilidad. La Globalización ha permitido que la enfermedad haya alcanzado todo el planeta en muy pocas semanas, gracias a la potencia de los combustibles fósiles que mueven el transporte de personas y mercancías a largas distancias en aviones y barcos. Hemos creado una sociedad tan interconectada y tan interdependiente que cualquier pequeño problema en cualquiera de sus puntos se transmite a los demás y se amplifica rápidamente.

Todo esto son síntomas de la serie de crisis encadenadas que está viviendo en estos días la humanidad. Son reflejo de un sistema que ha ido aumentando el grado de explotación de la naturaleza y de las personas. Un sistema capitalista basado en la extracción sin freno de recursos naturales, que necesita el crecimiento perpetuo (algo imposible en un planeta finito) y que está llegando a los limites tanto de los recursos que se pueden extraer, como de los sumideros de los residuos generados.

Así, por un lado nos enfrentamos al agotamiento de los combustibles fósiles, que constituyen del orden de un 80% de la energía que consumimos actualmente. Estamos llegando a un momento en el que difícilmente se podrá aumentar su extracción, algo requerido para mantener el “crecimiento” de este sistema capitalista.

Además, el desarrollo de las energías renovables no está siendo el esperado, debido en gran medida a los limites que estas sufren. Son instalaciones que captan parte de los flujos energéticos de la naturaleza, energía que tiene que consumirse prácticamente en el momento que se capta, es difícil su almacenamiento. Es energía producida mayormente en forma de electricidad, que actualmente constituye aproximadamente el 20% de la energía que consumimos. Y almacenar electricidad es poco rentable y dificultoso: el principal sistema serían las baterías, pero hay otros sistemas usando aire comprimido, hidrógeno… Tanto unos como otros sufren diferentes problemas, y además entregan menos energía que la que se gastado para cargarlos. Finalmente, hay que mencionar también que las energías renovables no se producen de manera continua, son estacionales, lo que aumenta aun más la necesidad de almacenamiento.

El problema del agotamiento de recursos no acaba con la energía, también se van agotando otras muchas materias primas y minerales: el fósforo necesario para fertilizantes químicos, el cobre necesario para la transmisión de electricidad, todos los metales agrupados bajo la denominación de tierras raras, de gran uso en la informática y en las nuevas energías renovables…

Y a ello hay que añadir el agotamiento que también sufren los depósitos donde almacenamos los productos de desecho que generamos en el consumo de todo lo anterior. El mayor ejemplo es el Cambio Climático producido por el aumento del CO2 y otros gases de efecto invernadero que emitimos a la atmósfera como elementos de desecho de la combustión de combustibles fósiles, y en otros procesos generados por nuestro consumismo. Pero hay mas, son todo tipo de vertederos de residuos urbanos o industriales, son las incineradoras que queman esos residuos produciendo compuestos cancerígenos y otros contaminantes del aire, o residuos sólidos como cenizas y escorias que necesitan vertederos de residuos peligrosos…

Todas estas problemáticas a las que nos enfrentamos tienen un origen común, la depredación que hacemos de la naturaleza y de las personas. Y la única solución pasa por cambiar de sistema. Las soluciones tecnológicas no son capaces de hacer frente a todo esto, debido a los limites que impone la física. Las leyes de la termodinámica indican que no se puede “sacar de donde no hay”: la energía solo puede transformarse, y siempre lo hace en dirección a su menor disponibilidad, siempre hay perdidas; y las materias primas no pueden volver a reutilizarse en las mismas condiciones si no es con un consumo importante de energía para su reciclaje.

De este modo, tan solo las soluciones basadas en cambios sociales serán realmente efectivas. Soluciones que tiendan a disminuir el consumo total de materias primas y energía, y que intenten cerrar los ciclos de aprovechamiento de materias primas. Y esta disminución del consumo y simplificación del sistema social se va a producir “si o si”. Es inevitable, debido al agotamiento progresivo de los recursos que hemos comentado.

En esta situación se podría decir que hay dos escenarios de futuro, que podemos expresar de manera simplificada así: que la disminución de consumo afecte a todos y todas por igual, o que solo afecte a una parte de la población. Sería esta última una vuelta de tuerca en la expropiación social, proceso que solo beneficiaría, una vez más, a las clases privilegiadas de los países enriquecidos, y conduciría a regímenes de tipo dictatorial, pero supuestamente amparados en los límites planetarios. El Ecofascismo.

Sin embargo, creemos que es posible conseguir que el proceso de disminución del consumo sea justo para toda la sociedad. Que se pueda conseguir un modo de vida adecuado para la humanidad y para el planeta, tanto en nuestros países enriquecidos, como en los empobrecidos. Llamamos a esta otra posibilidad Decrecimiento. Y creemos que tenemos que poner todos los empeños posibles para que esta sea la senda que recorra la humanidad.

Nuestro mundo se encamina hacia un estado en el que la menor disponibilidad energética disminuirá el comercio global y el turismo, lo que obligará a relocalizar las actividades productivas. La producción se ira paulatinamente simplificando, utilizando menos energía, y también menos medios tecnológicos. Así mismo, gran parte del trabajo se tendrá que basar en los recursos locales, y dirigirse al sector primario (agricultura, ganadería, silvicultura, pesca…) para cumplir con las necesidades esenciales de la población. Y también serán imprescindibles trabajos de mantenimiento básico de la infraestructura de energía renovables, rehabilitación de edificios, gestión de residuos, pequeña industria local y restauración ecológica.

Todos estos procesos obligarán a un cambio radical en el tejido productivo, y a una nueva estructura, que solo será positiva para la clase trabajadora si conseguimos que el Decrecimiento sea planificado, distribuido y justo. Que la ley de obtención del máximo beneficio por parte de una minoría sea reducida a su máxima expresión. Que el trabajo sea repartido entre toda la población, independientemente de género y de clases sociales, tanto los trabajos productivos como los reproductivos, la producción de bienes de consumo o el cuidado de la infancia y la 3º edad.

Por ello, es necesario que empecemos ya a visualizar las posibilidades de este mundo nuevo que nos viene encima, que difundamos sus dificultades y sus posibilidades. Lo bello que puede ser una sociedad más sencilla, más local y con más contacto social. Y también el reto que supone la transformación necesaria de la sociedad hiperconsumista actual a una sociedad más frugal.

Joseba Andoni Amenedo Oñate, miembro de la fundación Sustrai Erakuntza.

Un comentario en “Después del coronavirus: hacia la nueva normalidad del Decrecimiento, por Joseba Andoni Amenedo

  1. Me temo que esta “desescalada capitalista” y regreso a los medios de producción medievales que describes está diametralmente opuesta al rumbo que va a seguir la civilización.

    Si bien yo mismo sería feliz sin trabajar, dedicándome a la huerta y sin salir de Estella salvo un par de veces al año a Cantabria y a Salou, no olvide que no todo el mundo tiene las mismas preferencias, que las ciudades grandes son el medio de vida de gran parte de la población, que la modernización agraria evita que el 90% de los trabajadores se dediquen a ese menester como hace dos siglos y que la industria tiende a requerir menos mano de obra poco cualificada gracias a la robótica.

    El capitalismo ha permitido que pasemos de depender de las buenas cosechas o los delirios de guerra de un señor o un rey a dirigir un poquito más los hilos de nuestras vidas, a costa de generar interdependencia con industria y turismo de otros estados, lo que se ve reflejado en el profundo bache que sufrimos en estos momentos. En los países en vías de desarrollo aún perdura ese modo de vida. ¿Qué potestad tenemos para detener su avance? Un progreso que en nuestro caso ellos no cuestionaron.

    En mi opinión, y como la humanidad ha venido haciendo desde siempre, esta crisis se superará, como lo harán las futuras atribuibles a la falta de recursos o al aumento de temperatura global, y si bien no sé a qué se dedicará la gente de aquí a cincuenta o cien años, al igual que no lo sabían quienes vivieron hace décadas, lo que tengo claro es que no se retrocederá a modos de vida ya superados: con las crisis de los imperios de la Edad Antigua no volvieron los cazadores-recolectores, tras las guerras mundiales no se regresó al Antiguo Régimen y estoy seguro de que después del siglo XXI, para bien o para mal, la civilización será aún más global y estará atestada de tecnología.

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