¿Hay alguien ahí? por José Félix Sánchez-Satrústegui

 

felix sanchez satrustegui        Asisto, como todos, al bombardeo informativo sobre el coronavirus, que en no pocas ocasiones pretende exponer los aspectos más morbosos, exagerados o, incluso, falsos del asunto. Sin restarle en absoluto importancia a la pandemia, al contrario, y compartiendo la lógica preocupación social y sanitaria que levanta, debemos seguir las recomendaciones de las autoridades sanitarias, no cualquier ocurrencia.

En el lado opuesto, en el de la desinformación, hay que destacar los esfuerzos de todo tipo que, durante años, se han ocupado en contener el caso Corona-Corinna para que no llegara a hacerse viral. En cualquiera de sus formas, parece que corona y virus tienen una rima nociva.

El rey emérito, según la fiscalía suiza, posee una cuenta en un paraíso fiscal a la que en 2008 llegó una transferencia de cien millones de dólares cortesía del rey de Arabia Saudí por haber ayudado a blanquear su dictadura o como comisión por la construcción del AVE a La Meca, según distintas versiones. Corinna recibió de esa cuenta 65 millones en agradecimiento por lo bien que lo había atendido durante unos años de mala salud del monarca. A juzgar por la magnitud del regalo, debió cuidarlo a cuerpo de rey. Y ahora, la muy ingrata (la Donna è mobile), lo denunciará por el acoso que dice recibir para no revelar “secretos de Estado”.

Para algunos medios, la fortuna de Juan Carlos I supera los mil millones de euros, lo que quiere decir que con su salario oficial hubiera necesitado alrededor de 5.000 años para tal ahorro. Si no hubiera sido por los sobresueldos, ¿cómo hubiera podido vivir el pobre? Pero, ¿de dónde proceden? Ignacio Escolar se pregunta con razón: “¿Qué más hace falta para que, de una vez por todas, se investigue la presunta corrupción de Juan Carlos de Borbón?” Pues eso.

La exigencia de una comisión de investigación parlamentaria sobre este asunto, solicitada por UP, ERC y Compromís, muere en la Mesa del Congreso tras el informe en contra de los letrados. Con independencia de cuestiones jurídico-legales, el PSOE no debe llamarse a andana. Si las noticias son ciertas, quien más ha hecho por destruir la institución monárquica ha sido el rey emérito, desde hace mucho tiempo en fase demeritoria. No me vale que se piense, con razón, que, por ejemplo, si Catalunya fuera una República, Pujol hubiera sido, a buen seguro, su Presidente, un presidente con ganas de vivir como un rey en Andorra o en Suiza compartiendo, tan ricamente, estatus de cuentas no tan corrientes con Juan Carlos I. Presuntamente. Pero a don Jordi se le hubiera podido votar y botar; al Borbón, ninguna de las dos cosas. Que Felipe VI renuncie a la fétida herencia me parece bien, pero tampoco estaría mal que su padre se fuera de España no sin antes donar graciosamente tan hediondo millonario regalo para mejoras socio-sanitarias en el país que tanto quiere.

Don Juan Carlos, objeto durante años de graciosa prosopografía y etopeya, de retrato excelso y hagiografía ha llegado con su propio esfuerzo a caricatura. “Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir”. O sí.

La UE paga a un matón de puerta turco para que Europa siga siendo una discoteca para privilegiados que bailan y cantan al egoísmo (aunque dentro de la fiesta, también sobreviven como pueden muchos menesterosos pordioseando a la entrada de los retretes). A pesar de todo, el miedo y el hambre saltan las fronteras y se instalan en Lesbos, patria de Safo, la décima musa de Platón, que abandona el lirismo para instalarse en el drama de la subsistencia cuando no de la muerte. La Europa de la que quiero formar parte es la que respeta los derechos humanos, no la que cuando se

gasean refugiados en Grecia, entre ellos muchos niños, mira hacia otro lado. Tampoco la que se deshaga en nacionalismos supremacistas, sino la de la justicia y la libertad.

Pero ahora todo es pandemia de coronavirus, alarma y encierro. El seguimiento minuto a minuto de cada nuevo caso, de cada fallecimiento, de cada dato más o menos científico, o pseudocientífico, está creando un estado de angustia colectiva que excede la preocupación que todos tenemos y debemos tener. El estado de alarma decretado por el Gobierno a causa de la pandemia del SARS-CoV-2 pretende mitigar sus efectos y que el pico ascendente de casos se aplane y acabe descendiendo cuanto antes. Hagamos caso de los consejos de las autoridades sanitarias, que podrán ser cambiantes en función de que también lo sean las circunstancias.

Los asaltos a supermercados para amontonar productos en casa debido al pánico parece, cuando menos, una exageración. El acopio de productos de limpieza, supongo que será para aprovechar los días de encierro y limpiar bien la casa, que falta le hacía. La acumulación de alimentos acabará con muchos de estos en la basura o en una epidemia de obesidad. Lo más curioso, sin embargo, es el entusiasmo del personal por el papel higiénico y su siempre incómodo apilamiento. Sería interesante un estudio sobre este asunto desde el punto de vista de la psicología escatológica. Ya que este virus no la produce, la diarrea la debe estar provocando el miedo. Y como ya no hay bidés como antes…

El escritor y médico extremeño Agustín Muñoz Sanz, especialista en enfermedades infecciosas, en una magnífica conferencia en Badajoz sobre el coronavirus, recordaba que albergamos alrededor de un billón de bacterias en nuestro intestino, que somos genes bacterianos.

Una maligna organización de “microbios sin fronteras”, ha provocado una pandemia muy seria. Como además debo vivirla desde la perspectiva profesional, no me queda un rato del día que no la tenga presente.

A pesar de que también surgen algunos ramalazos de mezquindad y temeridad, me quedo con el aspecto solidario. Acabo de entrar del balcón de casa y junto a multitud de vecinos desde los suyos hemos entonado aquella vieja canción, Resistiré, moviendo las linternas y dándonos ánimo. A veces los gestos simples emocionan.

Ya habrá especuladores que estén concibiendo sacar provecho de la crisis, esperemos que la oportunidad sirva para plantear un futuro con mayor equidad, un estado social y de bienestar fuerte y, dentro de él, un sistema público de salud potente de verdad.

De momento, solo queda esperar agazapados a que el virus sea descoronado, mientras las calles buscan a través de las ventanas donde se ocultan sus paseantes. Cada número es un sobresalto, cada mal dato es un puñal en el corazón de la esperanza. Pero la soledad y el silencio se rompen a las ocho de la tarde. Un aplauso, que es un abrazo multitudinario, y un poema flanqueado por una melodía, que colorea los grises, buscan que la angustia duela menos. Mi abrazo solidario. Ánimo. Resistiremos.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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