Victimismo y víctimas, por José Félix Sánchez-Satrústegui

felix sanchez satrustegui

En uno de sus faldones de periodicidad semanal, Julio Llamazares cita una obra del ensayista italiano Daniele Giglioli, Crítica de la víctima, en la que este afirma que “las primeras víctimas del victimismo son ellas mismas, que se llegan a creer que lo son realmente”. Pero el resto, como refiere Llamazares, por el hecho de no serlo, somos considerados sospechosos o responsables de su situación.

Los inventores de agravios históricos andan histéricos afrontando tanta provocación, porque ser víctima te da derecho a cualquier cosa, por ejemplo a quemar contenedores y coches en la vía pública, destrozar el mobiliario urbano o el transporte público, y toda serie de actos violentos, mientras crees y haces creer que estás liberando a Catalunya del colonialismo, también ficticio. Los culpables somos el resto, ya digo. Los patriotismos hiperbólicos, formados por multitud de mártires de la causa, terminan creando fascismos, si no venían ya de ahí. Los centrífugos y centrípetos, como los llama Gabilondo, se refugian bajo la bandera de “España nos roba”, unos, o bajo la de “España se rompe”, los otros. Tras las elecciones, ha quedado claro que los pretendidos multi-damnificados y los elegidos por el dedo divino (ambos desde tiempos inmemoriales), según el entender de cada cual, se han alimentado el uno al otro. Y seguirán en ello, les interesa.

Un miembro de los CDR, ese ejemplo de “resistencia pacífica” alentada por el ultra Torra (que rima en “tontonante” con Puigdemont, pero que, ¡cuidado!, igual que él, puede pretender trascender a su inventor) y sus secuaces, reconoció que con tales acciones pretendían una intervención del Ejército, lo cual haría crecer de forma exponencial su papel victimista. Que alguien intente presentarlos como progresistas luchadores por la libertad es un insulto a la inteligencia y a la libertad.

La extrema derecha no ha aparecido de pronto el 10N, sino que ha salido de su escondite, se ha hecho mayor y se ha independizado del PP. Ha formado su propio hogar, un loft para más señas, antiguo almacén recalificado ad hoc por Espinosa y proyectado por Monasterio cuando aún era firmante púber y arquitecta in mente.

Rivera ha mareado tanto a su veleta-guía que la flecha se le ha terminado clavando en el pecho en un desliz “cupidesco” de desamor político. Qué decir de Casado, quien piensa que las elecciones siempre las pierden los demás. Se ha retirado a meditar detrás de la barba; ahora duda entre el dontancredismo mariano y el catastrofismo aznariano (perdón por este final que parece un pareado de arte menor, lo cual no es cosa mayor, y rima consonante, más con el segundo que con el primero).

Sánchez, embrujado por la táctica, se olvidó de la política. Iván Redondo, su vidente particular, siempre acierta en favor del contrario; y ahí sigue, porque ahora lo quieren vender como el mamporrero de su jefe en el abrazo en diferido. Pablo Iglesias ha ido descubriendo la insoportable gravedad del ser mientras bajaba del cielo al ritmo de la manzana de Newton. Las izquierdas, víctimas de sí mismas, deberían actuar sin demora en beneficio de los verdaderos perjudicados por su inacción y por la acción de la derecha. Su dejadez también ha contribuido a fomentar el crecimiento de los neofascistas.

Hay mucho por hacer en políticas de izquierda y no se puede esperar ni un minuto más. El acuerdo entre PSOE y UP era imprescindible. Esperemos que no se malogre. Los ejes de actuación del futuro gobierno, a la vista de los documentos publicados, parecen ir en la dirección adecuada. Habrá que ser realistas y recuperar el deseo de hacer. De ese deseo surge la utopía, en el sentido de desplegar el conjunto de posibilidades contenidas en la realidad social (según Bloch, el filósofo de las utopías concretas).

Deberían ambos redactar un “Manifiesto Utopista” para devolver la ilusión a los más desfavorecidos. El abrazo Pedro-Pablo, a la par vigoroso y otoñizo, es solo el comienzo de un posible gobierno de izquierdas, tan necesario para acometer políticas sociales como difícil, porque va a ser bombardeado por la multitud de enemigos de la igualdad social. Algo positivo debe presagiar dicho acuerdo cuando provoca el anuncio del Apocalipsis por parte de todas las derechas políticas y económicas, de algunos jarrones chinos descoloridos (“cuerpo a tierra que vienen los nuestros”, diría Pío Cabanillas) o de esa versión narcisista de Dios, conocido en el ámbito terrenal como Aznar o Ánsar.

Las 100 mayores fortunas de España en 2019 son 1.500 millones de euros más ricas que el año anterior, y alcanzan los 148.000 millones de euros. Sólo en nuestro país, 12,3 millones de personas (26,1% de la población) se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión. Los primeros se publican, mediante escupitajo a la sociedad, en la insolente famosa lista Forbes de los más ricos; los segundos, víctimas anónimas, se cuantifican en el informe AROPE sobre el estado de pobreza en España, que pocos conocen porque señala una situación extrema que no despierta el interés general, ni siquiera el de los más patriotas.

Ante la falta de voluntad política de acogida, los inmigrantes (ellos sí que son perdedores), incluso con niños en brazos, son arrojados a dormir a la intemperie; solo logra impedirlo la ayuda de movimientos vecinales, parroquiales y multitud de voluntarios.

Como paradigma de la miseria, un pueblo de Mali de nombre impronunciable, sin agua, luz ni instituto, con el hospital más cercano a cuatro horas y a cientos de peligros de distancia, cuenta con 4.000 habitantes y 400 fantasmas de jóvenes que en los últimos 20 años intentaron llegar a Europa y se ahogaron en esa ilusión.

Ellos saben bien que el triunfo está tan solo a una muerte (casi segura) de distancia. Los que sobreviven al miedo, la violencia y el hambre, de aquí o de allí, qué más da, son los marginados, las víctimas de verdad y, en esto sí, todos los demás somos culpables.

 

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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