Caminando con mis dudas, por José Félix Sánchez-Satrústegui

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  felix sanchez satrustegui        Soy otoñizo no solo en lo corporal, en lo evidente y tangible, sino también en lo metafísico. Casi siempre habito en la duda. A veces lluevo cuando quiero solear; titubeo, no sé si refrescar o caldear. Disfruto coloreando el suelo de ocres y tonos tranquilos frente a la explosión vernal y el chillido veraniego o invernal, tan seguros de sí. Camino por el equinoccio hacia el solsticio de invierno mientras pretendo huir de él. Soy de preguntar por curiosidad, pero también porque mis neuronas tienden a titilar. Asimismo me muevo con soltura entre las paradojas: cada día tengo más fe en el escepticismo; a cada momento tengo más prisa por alcanzar la lentitud, la pausa.

En el mundo del exceso de información es la desinformación, la noticia falsa difundida para manipular, para denostar la democracia y sustituirla  por regímenes totalitarios, la que todo lo infecta. Pero tampoco la verdad me apasiona. Nada en contra de ella ni de su búsqueda, pero sí de su posesión absoluta en la que algunos se creen instalados. No todo debe ser catalogado como verdad o mentira: hay territorios de dudas y asuntos que no siempre son clasificables en una u otra categoría.

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política, escribe sobre ello en un magnífico artículo. En él también justifica los errores (de gran valor epistémico y ético) que surgen en la democracia (en los que, por otra parte, igualmente incurren las dictaduras; además de la ausencia, en estas, de otros valores imprescindibles). Llega a afirmar que “existe democracia porque desconocemos lo que hay que hacer y hemos diseñado nuestras instituciones de manera que se aproveche mejor el saber de la sociedad”. Expone que la política debe aprender a tomar decisiones en entornos de incertidumbre, donde el conocimiento es incompleto.

Los fabricantes de agravios trabajan a destajo a uno y otro lado de las fronteras para asentarse en la victimización, donde se hallan tan a gusto sin saber, o sabiendo, que así se construyen los neofascismos (como recuerda en una entrevista la analista política turca, crítica con Erdogan, Ece Temelkuran).

En un ambiente como el actual, en el que solo hay buenos y malos, es muy difícil introducir matices (que nada tienen que ver con la equidistancia cobarde o insensible). Sigue afianzándose el exabrupto y la hipérbole: incluso a cualquier discrepancia entre parecidos o excompañeros ahora le llaman traición. Y acusan de tal a quienes no están de acuerdo con el pueblo que “solamente” ellos dicen representar.

En política creía saber quiénes eran los míos. Pero algunos de ellos prefieren acomodarse en el centro, demostrando que solo eran pose, y otros, los que reparten certezas, pretenden arrebatarme una de las pocas que conservaba porque de izquierdas solo son ellos. Ahora tampoco sé si soy de los míos.

La sentencia del Procés no soluciona nada políticamente (ni esta ni otra cualquiera que hubiera sido) porque no le corresponde. Los dirigentes independentistas optaron por desobedecer la Constitución y las leyes, cometieron delitos punibles penalmente, aunque me cuesta calificarlos de rebelión o sedición. Que solo tres condenados por el 23F tuvieran penas mayores que Junqueras es sorprendente e injusto. “Lo más peligroso de la sentencia es su aplicación en el futuro y su impacto en las libertades” (Joaquim Bosch, magistrado).

En mi opinión, los líderes independentistas engañaron, sobre todo, a los propios independentistas, a los que hicieron soñar con una quimera. Huyendo hacia delante, desde la crisis económica, han ido caminando a tropezones por la ilegalidad, por la mala fe y por la estulticia. Mientras Pujol se retiraba con el botín acumulado (no era España quien robaba), Mas iniciaba ese camino sin retorno y Puigdemont lo culminaba para, después, fugarse a Waterloo, cada vez más cerca de su particular Santa Elena, si se me permite la metáfora. Torra, un incapaz político, un soplagaitas xenófobo y supremacista, dirige el tsunami nada democrático. La respuesta contra la sentencia se puede entender, y apoyar o no, pero la violencia desatada dice muy poco en favor del movimiento independentista y su “som gent de pau”. La derecha solo responde, como siempre, pidiendo más Código Penal y represión. Esperemos que el Gobierno en funciones sea firme, pero moderado y prudente.

En todo esto, el fracaso mayor ha sido el de la política, con especial gravedad a partir del tancredismo de Rajoy. Existe un deterioro muy serio de las condiciones sociales de amplios sectores de la población española (incluyo a los pensionistas), pero a nadie parece importarle. En este escenario, algunos se dedican a dibujar fronteras y responder a problemas globales escondiéndose en su barrio bajo banderas e himnos. Los de enfrente se atrincheran bajo las suyas con idéntica falta de argumentos y resultados. Mientras se escupen patriotismos unos a otros, la izquierda anuncia que se autodestruirá en tres, dos, uno…

Por fin parece que la momia del dictador saldrá del mausoleo vergonzante y será enterrado sin todos los “horrores” de asesino que se merece. Es de suponer que el prior falangista del Valle de los Caídos oficiará una misa “corpore re-sepulto”, o “re-insepulto”, o como se quiera llamar.

Continuo, pues, mi camino otoñal pleno de dudas, sorteando a los poseedores de certezas y verdades absolutas, a los purísimos guardianes de las esencias y a los fascistas.

Tras sujetar las vísceras, controlar sus secreciones y no expulsarlas por la boca, seguiremos cometiendo errores, pero volvamos a la política, reintroduzcamos el sentido común y el diálogo. Hablemos, votemos.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

 

 

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