Por la democracia, contra el odio: votemos. Por José Félix Sánchez-Satrústegui

 

felix sanchez satrustegui

No es fácil evitar la tendencia a la catástrofe si solo tomamos decisiones miopes basadas en el corto plazo, y la cercanía de las elecciones empuja a ello. El catedrático de Filosofía Política Daniel Innerarity también aconseja dedicar más energía a combatir nuestra propia irracionalidad que a pelear contra los enemigos externos. En el ánimo del periodo electoral se ha instalado ese hijo del miedo que es el odio, esa demencia del corazón, como lo definía lord Byron.

Pablo Casado ha dado un salto hacia la inmoralidad y la indecencia en su discurso. Desde su desacomplejada ametralladora de mentiras (casi echo en falta el balbuceo de Rajoy cuando no sabía qué decir), propia de una frivolidad intelectual inadecuada en un candidato a Presidente, ha pasado a las injurias y calumnias al acusar a Pedro Sánchez de preferir a quienes tienen las manos manchadas de sangre. “Ser con ira valiente no es dejar de ser cobarde”, escribió Calderón de la Barca. Rivera, instalado definitivamente en el exceso, busca con desesperación el extremo centro en el interior de la extrema derecha, disputando a la fascista Vox, junto al PP, su espacio. Ha presentado su programa electoral cinco días después de comenzar la campaña, se supone que intentando corregir las numerosas contradicciones que ha ido soltando en este tiempo. Esperemos que algún día se centre.

En el entretanto nos ha llegado un olor nauseabundo. Cuando la cloacal dejó de ser oficialmente la forma de gobierno, al morir el dictador, bajo las alcantarillas siguieron refugiadas diversas formas de inmundicia que no acabaron de limpiarse con el demasiado suave jaboncillo de la transición. Recuérdese el GAL, cuando a X se le ocurrió crear un monstruo para acabar con otro, ETA, y hubimos de sufrir dos. Genial estupidez, si se me permite como oxímoron. Ahora reaparece el hedor con la policía “patriotóxica”, que en comunión mafiosa con empresarios, políticos y periodistas (por ahí en medio se movía Inda, a cuyas noticias hay que concederles de entrada la presunción de repelencia) se conjura para acabar con Pablo Iglesias y Podemos. Mientras el ministro de lo Interior de M. Rajoy, Jorge Fernández, pasaba las horas entre santiguadas y avemarías, el fontanero Villarejo, especializado en aguas fecales, actuaba como free lance vendido al mejor postor/impostor. La Fiscalía Anticorrupción ha certificado que en la cúpula de la Policía existió una organización criminal.

La Iglesia Católica, patrocinada por el Estado, recibe el 1% del PIB que sale de nuestros impuestos y se lo gasta, entre otras cosas, en supuestos tratamientos contra la homosexualidad, cuando la orientación sexual no se elige ni hay que curarla porque no es una enfermedad. Sin embargo, debería invertir más en cursos obligatorios para prevenir y tratar la pederastia entre sus filas (a ver si se aclara qué pasó en el colegio del Puy). No se entienden los privilegios para la Iglesia católica, propios de un estado confesional, y que la izquierda no denuncie y derogue los Acuerdos con la Santa Sede de 1979. Ya nos toca ser una democracia laica de verdad y no “criptoconfesional católica” como la define Gonzalo Puente Ojea.

Las propuestas antisociales, incluidas las económicas, del trío de Colón provocan estupor y serían un desastre para el progreso. Tampoco desdeñemos las ocurrencias del líder pepero y de algunos de sus brillantes fichajes afirmando barbaridades mediante lo que Freud llamó actos fallidos, que luego había que desmentir: aborto posnatal entre neoyorquinos y neandertales (Illana); ¡subida! del SMI de 900 a 850 € (Casado); concebidos no nacidos con asiento en guarderías (Ayuso); cuestionar el silencio de una mujer ante una violación (Álvarez de Toledo); Sánchez se sienta con pederastas, violadores, criminales y asesinos (Cortés)… Aun así, ante estos disparates y otros de similar jaez, hagamos caso a la advertencia de Sun Tzu en el Arte de la Guerra: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”.

En estos días se ha reabierto el debate de la eutanasia entre ribetes de hipocresía. La jueza (¿o es la ley?, ¿o es una parte de la sociedad?) confunde la violencia machista de “la maté porque era mía” con la eutanasia compasiva de “la ayudé a morir por amor, porque ella me lo pidió y no podía materializarlo, y su vida era suya”. Una ley que la regule se hace muy necesaria.

La democracia tiene más peligros. Mientras los salarios de los trabajadores bajan, los sueldos de los altos directivos del IBEX 35 subieron un 11’5% en 2018. Estos potentados, que apoyan a la “triderecha”, nos pretenden convencer de que todos los políticos y todas las políticas son iguales, mientras ellos y sus secuaces se enriquecen y empobrecen al resto. El enorme poder de la banca y la codicia inherente al sistema económico hacen difícil cualquier lucha por la igualdad y la justicia social. Hagamos posible lo imposible.

Hay que asegurar un gobierno progresista fuerte. Diversos colectivos culturales se están movilizando para que los ciudadanos no se queden en casa y acudan a votar. Los sindicatos de clase han elaborado un decálogo de propuestas a los candidatos para “el giro social”. Pero también debemos levantar un muro de contención frente al fascismo.

No podemos quedarnos cruzados de brazos mientras Abascal se va a Covadonga para reiniciar la reconquista, que parece que se está alargando demasiados siglos, y Alberto Carlos Rivera, desorientado, ayuda a blanquear a la extrema derecha desde Andalucía y desde el sofá de Bertín Osborne. Sabíamos que al cerebro de Casado le faltaban horas de clase pero también que tiene la cara muy dura: se desprende la fachada de la sede del PP al intentar colocar una gran foto suya. Todo un presagio.

Con este panorama, lo primero es ir a votar, siquiera como autodefensa. Aunque a renglón seguido habrá que buscar espacios de diálogo para la convivencia democrática. No nos queda otra opción aceptable, o sea.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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