La memoria y los programas electorales, por Juan Andrés Pastor

 

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Es curioso eso de la memoria selectiva. Consiste en retener aquello que consideramos trascendente y relevante. En definitiva, es algo que nos ha marcado y que decidimos mantener latente. Suele ocurrir que seleccionamos recuerdos positivos que generan sensaciones satisfactorias. Por el contrario, aquello que ni nos fue ni nos vino, la indiferencia y la banalidad, no queda registrado de la misma manera.

Un ejercicio de obligado cumplimiento sería detenerse cada cierto tiempo y ordenar ese archivo tan personal, colocando los recuerdos allá donde correspondan, como haciendo inventario vital. Llegado el caso, no sé si ustedes son capaces de recordar las promesas electorales que envueltas en los años de democracia nos han regalado los oídos. Las ha habido antológicas: desde OTAN no, hasta los ochocientos mil  puestos de trabajo. Por no hablar de las subidas del IVA, el copago y un largo etcétera de propuestas incumplidas.

Convendría ir guardando los programas electorales que, a modo de contrato y de forma vehemente, nos exponen los distintos partidos políticos cuando llegan las citas electorales. Una vez contados y recontados los sufragios, suele llegar lo de  “dónde dije digo, digo Diego”. Esa “desmemoria selectiva” también afecta a los políticos locales. Tanto a tirios como a troyanos.

Abundan los ejemplos a lo largo de la historia. En 1924 el Ayuntamiento estellés acordó, en pleno, levantar una estatua en honor a Fray Diego de Estella con motivo del 400 aniversario de su nacimiento. El autor del “Tratado de la vanidad del mundo”, sigue esperando. No están los tiempos para estatuas, ni entonces, ni ahora. Podemos ir recordando otros ejemplos, como un embarcadero junto al Ega, en pleno Paseo de los Llanos. Incluso se convocó un concurso público llegando al jurado a emitir el fallo correspondiente. La de años que  llevamos con el dichoso Parador de Turismo rondándonos, pero sin llegar. O la UNED que es la Universidad Nacional de Educación a Distancia, a mucha distancia por lo visto, que también prometieron que iba a llegar. No hace mucho la corporación aprobó dedicar una calle al que fuera alcalde de la ciudad hasta que fue fusilado en septiembre de 1936. Fortunato Aguirre, aguarda su calle.

Por prometer, hubo hasta quien a cambio de los votos, aseguró que traería industria a la ciudad. Todos hablaron de las nuevas piscinas y espacios deportivos, de los que solo nos queda el recado del “Caso Oncineda” en el que nadie tiene responsabilidad alguna y a todos asiste la razón, y la ley. Es muy curioso lo del café vienés en el Paseo de Los Llanos del que ya nadie habla y que en su día fue un auténtica obsesión. ¡Qué manía con que el café sea viernes, que tendrá Viena con los cafés!

Por prometer se puede asegurar hasta la creación de puestos de trabajo y la promoción de vivienda de protección oficial y alquileres sociales. Luego se nos va olvidando a todos, a ellos muy mal, y a nosotros, peor.

Y así van pasando los años, de cuatro, en cuatro, legislaturas, tras legislaturas. Claro que algo se cumple, poquito, pero se cumple. Faltaría más. Pero es que lo que se ha cumplido, era de obligado cumplimiento.

¿Y lo incumplido?  No se preocupen lo volverán a prometer dentro de muy pocas semanas. Ya tengo ganas de ver los nuevos catálogos de promesas de la temporada primavera, verano 2019. Se anuncian desfiles el 28 de abril y el 26 de mayo.

 A ver si la culpa va a ser, de la memoria selectiva…

 

Juan Andrés Pastor

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