Lío gordo en Estella, por Jesús Javier Corpas

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Vaya por delante que uno discrepa de varios preceptos del reglamento que auspició el ministro Corcuera, quién no era precisamente Séneca, aunque sí electricista y del PSOE. Por delante vaya que uno abomina del sistema presidencial entremugas; prefiero la fórmula de Madrid, menos política y más técnica. Sépase también que añoro el indulto independiente del nivel de plaza. En este punto se apreciará ya que todo el rato estoy hablando de toros, aunque algún aserto se pueda hacer más extensivo.

En nuestra región, la máxima autoridad de lidia la ostenta un concejal, conozca algo de lo que debe hacer cumplir, o lo ignore en absoluto. Es como si los exámenes de física diera igual los corrija un experto o un analfabeto. Así nos luce el pelo.

Uno observa como afrontan el tema algunos ediles. Se les ve llegar sonriendo, con cara de que reciben una prebenda «porque yo lo valgo». Y no. Su función es muy importante. En la corrida, además de celebrarse un rito eterno, se esconden la belleza y la muerte. Una parca que puede materializarse en un segundo; un arte complejo que requiere un aprendizaje largo de mucho conocimiento, tanto para valorar lo que allí sucede como evitar peligros extra.

Me dirán, «el rector tiene dos asesores». En efecto, sin embargo la decisión última la toma él, no siempre haciendo caso. Encima, al artístico lo nombra el alcalde. Y pudiera ocurrir que un futuro candidato, en vez de pañuelos, vea votos. Por ende, sabemos abundan las diferencias de opinión.

Con ello, es común por estas trochas pasar de orejas regaladas un día, a escaquear pilosas que valen una y media, al siguiente. Sufrimos, a veces, puertas grandes con inferior toreo que el llevado a cabo por quienes se marchan sobre sus zapatillas.

Además, siempre existieron personas menos responsables que otras.

Y en Estella se mezcló todo esto para generar la tauromenta perfecta. Porque tauromenta perfecta fue.

Discurría un muy bien diseñado festejo que, al margen de la mala suerte de un esforzado Javier Marín, salió estupendo; enhorabuena a Jesús Macua. Turnaba David Mora, cuando por chiqueros asomó un bravo ejemplar. El diestro se puso bonito, a la altura de aquel treinta y uno que acometía pronto, con buen son, labrando surcos con el hocico; cornúpeta de vuelta al campo, aunque el palacio de Sarasate no lo considere. Y el público lo pidió con fuerza, incluido el matador Román, presente en el tendido. Sea dicho que el respetable no tiene obligación de saber la categoría del ruedo que pisa, o memorizar la ordenanza, aunque mejor si lo hiciera. ¡Pero el presidente…!

Y aquí comenzó el disparate: si el epígrafe 80 de la normativa navarra no lo permite más que en Pamplona, ¿cómo otro ayuntamiento dispone del lienzo naranja en su ruedo? Entronizaba las alturas uno de Geroa cuyo nombre omito por misericordia. Desde el callejón, no oí que le aconsejaron sus compañeros; sé que la Policía Foral le advirtió que se infringía la ley. El otro, al pairo: miró, vio, y la tela sacó, que las multas se pagan con los impuestos ciudadanos. Total, por una más; tal que las de ikurriñas. Toro al corral. Ni siquiera se aplicó la simulación de suerte suprema con banderilla, que ordena el mismo artículo. Abajo, las caras de pasmo desbordaban nuestros burladeros.

Liada parda por el munícipe. ¡Dios mío en qué manos estamos! El ganadero llamó: quería el morlaco para padrear. Ya metidos en harina, era una buena salida. Más, ¡oh!, el palquero, quien debiera deshacer el entuerto y tomarla, había cogido el portante.

—«Qué bai, que ya, pero es que he quedado en las txoznas… Ya os si eso os apañáis sin el menda».

Entonces sonó un timbre, agudo y cortante, no sé si desde el área de Interior, que regenta la consejera por EH Bildu, Beaumont, o de Presidencia, que designa los delegados. Mas al extremo del cable no estaba el otro tetrapartito; el regidor se había ido.

Y ante ello, el teléfono ordenó muerte, que no dehesa; estofado en vez de semental. Así, gracias a mal reglamento, ignorancia e irresponsabilidad, el bóvido fue ejecutado por lo clandestino. Igualito que en las corridas portuguesas, que alaban algunos «ya que no se mata». Murió a la lusa, en lo oscuro.

Lograr que los consistoriales se desprendan de cualquier canonjía, es imposible. Pero al menos, a quienes beneficie la vara abertzale con presidir, debieran leerse el manual y reunirse para unificar criterios. Que lleguen a la compresión de todo lo que están viendo, es mucho pedir. Me conformo con que no se Asironeén el mundo por montera; o por chistera.

En estas, me viene una anécdota que escuché antaño:

 Era diputado por Guipúzcoa el político nacionalista vasco Irujo, estellés de nacimiento. Aquella tarde consultó a su dentista:

—Tengo que dar un mitin dentro de un rato en el coso, y me ha salido una inflamación en el carrillo como una calabaza. ¿Qué hago?

—¿Qué va a hacer su señoría disertando con semejante flemón? El ridículo.

El astado de Torrehandilla se llama Entomólogo, no Estomatólogo, sin embargo el correligionario de Irujo también hizo el ridículo.

Jesús Javier Corpas Mauleón

 

1
Gran pase de pecho deL navarro Javier 
Marín. Foto:J.Javier Corpas Mauleón
2
 El edil saca el pañuelo que el ayuntamiento 
nunca debió poner en la plaza. Foto:J.Javier Corpas Mauleón.
3
 Entomólogo al corral ante la mirada del 
empresario Jesús Macua. Foto: J.Javier Corpas Mauleón

Un comentario en “Lío gordo en Estella, por Jesús Javier Corpas

  1. Es evidente que al señor Coronas se le ve demasiado el plumero político, pero embarrarse parece lo más natural en nacionalistas vascos y nacionalistas españoleros cuando se mezclan cultura y toros

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