Pequeña crónica de un encuentro inesperado, por Lucía Otero

 lucia otero de podemos                       Bajo una acacia majestuosa que asoma su copa testaruda, una fila de aloes orgullosos en sus macetas, rodeada de muretes de piedra y un rosal agazapado… está la Plaza de los Poetas.

Hablo del pueblo de Barbarin  donde  ha tenido lugar el encuentro bianual de este pequeño pueblo con la poesía. Un tenderete de poemas se extiende a lo largo de la plaza: palabras entrelazadas, trabajadas en diferentes momentos de intimidad, socializadas ahora,  que unas pinzas sostienen en un cordel.

Huele a trigo en los recuerdos.

Diez años de compromiso con la palabra, en esta cita con el territorio, juntando personas amigas dedicadas a la música, a la política, al teatro, a artes y oficios diferentes con vecinas y vecinos de este pequeño pueblo. Un auténtico compromiso con estos espacios vaciados, con falta de oportunidades para la gente joven mientras sus mayores se van quedando sólos, pueblos que necesitan de restitución territorial, que necesitan de cercanía para rehacerse de la sensación de abandono que han tenido durante mucho tiempo. Necesitamos de encuentros como éste para defender la presencia de lo rural en el territorio porque no todo lo rural es agro.

Poemas anclados en piedras, seis, para ser exacta; en espera de ese nuevo…el de este año, tapado con una cortinilla roja, esperando ser descubierto mientras la calma del ambiente hace resonar en nosotras tiempos que fueron ciertos, tan lejanos de las incertidumbres del presente.

Huele a lluvia fina y a tierra.

Una voz sencilla y clara lee un manifiesto por la defensa de la cultura en el ámbito rural, mientras la guitarra  pone notas de colores a este grupo-poeta unido por el amor a la belleza de los sentimientos. Mucho movimiento de emociones, intensidad que estalla en varios momentos en  risa y carcajada.

Dos personajes entran en escena: El Cobra, soltando pareados improvisados, entre flores y recados pilla a la alcaldesa de sorpresa y a su compañera de soslayo. El alguacil, en su bicicleta, con un cepo de ratones, un pizarrín y una corneta, se enreda en el humor para dar 2 pregones y un bando. Con el ingenio de la palabra nos pone en contraste dos mundos: el rural que se fue y el tecnológico que lo sustituye. En tiempos de Industria 4.0, de posverdad y de amenaza de cambio climático es bueno recordar que no elegimos el lugar donde nacemos pero podemos hacer entre todos y todas el mundo que queremos.

Huele a pueblo, descanso del vagar cansino por un mundo usado

Escribo y resuena en mi mente el poema escondido en la cortinilla roja: Huele. Ese poema que dedica una mujer a su pueblo. Esa mujer, amiga, compañera, vecina que llora y ríe a la vez, haciendo visible su conquista a la vida. La añoranza de la niñez se mezcla con  sombras de vivencias en espacios pequeños. Me hace recordar y pienso que no es fácil para una mujer sostener la vida en los entornos rurales sin renunciar a los sueños propios, requiere de un ejercicio de superación del mandato de género y de lucha constante contra una existencia impuesta socialmente.

Para haber podido realizar este encuentro y engarzar parte a parte  los diferentes momentos del día, estoy convencida que las personas  allí presentes tenían una sensibilidad común:  la vulnerabilidad de la vida, la voluntad de querer seguir haciendo el bien por encima de todo y la ilusión de compartirlo.

Huele a pueblo…a gente buena huele.

Lucía Otero

Mundo Rural de PODEMOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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