Se van los mejores, por Jesús Javier Corpas Mauleón

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Jesús Goldaraz, Óscar Ganuza y Enrique Lorenzo con J.J. Corpas

 

Cuando pienso en alguien con quien era imposible aburrirte, pienso en Chus.

Cuando pienso en alguien para dialogar de lidias, encastes y matadores, pienso en Chus.

Y es que, Jesús Goldáraz, Chus para los que tuvimos el honor y la suerte de su amistad, era una persona muy especial. Gran aficionado a la fiesta nacional, Verónica y Pepe Luis bautizó a sus hijos. Golita fue su apodo para pisar la arena. Por otra parte, compartir con él un viaje o una cena era una delicia por su conversación chispeante.

Y se nos marcha ahora, cuando se presentan los carteles de nuestra Estella y están encima las Sanfermines que tanto le gustaban. Y al año de la desaparición de otro buen amigo, Óscar Ganuza.

Esta Feria del Toro no te veremos, Chus, en tu tendido uno de la monumental pamplonesa, ni después, en la plática del Yoldi. Pero estarás siempre presente, como Óscar, te lo aseguro. O como Enrique Lorenzo, también fallecido, que completa la foto de leales en la presentación de mi primer libro.

Al cabo Goldáraz, un tiro de fusil durante su servicio en La Legión le valió una pensión castrense que, conjugada con sus trabajos en Agni, Diario de Navarra y radio, le dieron para recorrer los cosos con prodigalidad. Tanto es así, que hasta lo citaba no hace mucho Carlos Herrera en un artículo. Difundido por toda España, propició la llegada de una caja de manzanilla a casa de nuestro protagonista, a cuenta de una bodega productora.

Yo también escribí un apuntillo sobre él: lo camuflé en las páginas de La quinta carta, mi segunda obra. En un siglo XVII donde escondí, entre otros, a Pablo Hermoso de Mendoza, no podía faltar quien bauticé como Jesús Góngora. Qué menos con quien me puso el primer micrófono delante hace casi treinta años, cuando apenas era conocido; yo, no él, que siempre fue popular.

El ingenio que rebosaba daría para llenar varios libros de anécdotas, por lo que no cabe en este obituario. Aunque tal vez se escriba algún día; sería una narrativa llena de viveza y colorido, como él.

Y así lo queremos recordar: alegre, ingenioso, anfitrión simpático, humano y buen amigo. Como Óscar, Enrique o Josean.

Lancemos pues nuestro brindis al cielo: ¡Va por todos vosotros!

Jesús Javier Corpas Mauleón

 

 

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