Sentado en mi banco, por Félix Goikotxeta

f.g.v

 Paseo por el parque de Los Llanos, con paso tranquilo, hace poco que aprendí a andar así, sin prisa, dándome tiempo a mirar las cosas, parándome a mirar un remolino del río, la crecida de las últimas lluvias y las ramas que la crecida del Ega han arrastrado y que hacen presas naturales donde el agua juega a saltar por encima.

Después de dar dos o tres vueltas al parque me siento a ver a la gente pasear, andando el camino que yo había recorrido muy poco antes.

No miro para criticar, no miro, observo. Observo su tristeza o su alegría, el caminar lento o rápido, el paseo alborotado de una cuadrilla joven, sus risas sanas, sus gritos de pubertad y el correteo de pasos ligeros para adelantarse y ponerse frente a la chica que les gusta y contarle sus goles del recreo.

Sonrío y pienso que afortunadamente hay cosas que ni internet es capaz de cambiar. Personas mayores, ágilmente caminan con receta médica y los y las “profesionales” mochila en su espalda y bastón de los buenos, de los que se recogen, apuran sus pasos, que “aún me tengo que hacer la comida e ir a trabajar que estoy de tarde”, le grita un joven de unos 30 años a otro que intenta pararse con él a conversar.

Abuelos y abuelas pasean con el carro a sus nietos o nietas, algunos, varios, con doble capazo, otros no pueden sujetar a esos monstruitos que apenas saben andar y salen de la ikastola como los toros del redil, tirando literalmente sus ropas encima de los aitonas y echando a correr desesperados a jugar en la campa al balón. Otros niños y niñas se unen a él y pretenden montar un partido de fútbol que es interrumpido por invasión al campo de sus abuelos, que al grito de “vamos que la amona está esperando” o “como no vengas te quedas sin postre” intentan boicotear el partido.

Uno a uno, los y las integrantes de los equipos, son “cazados” por sus responsables y agarrados bien fuerte de las manos y con el cuerpo girado completamente se despiden para, como si nada hubiese pasado, dirigirse a casa conversando alegremente con su aitona.

Una triste sonrisa se dibuja en mi boca. Al ver a esos “animalicos” reír, gritar, correr y mis recuerdos me trasladan a un parque sirio, donde también hay niños jugando con un balón, también ríen y chillan, veo al niño que juega de portero, que juega con muletas porque le falta una pierna, otro lleva una venda en la cabeza, también hay unas chicas que saltan a la comba alegremente, me fijo en una de ellas que lleva la cara totalmente quemada, así como el pelo. No importa, todos ríen o sonríen, gritan, se enfadan y vuelven a jugar.

No hay mucha diferencia entre los niños y niñas que yo estoy viendo y los que me imagino. Los niños de aquí juegan en un sitio precioso y los de allí juegan en el poco espacio que les dejan los escombros de lo que fueron sus casas.

Escucho a un crío que va corriendo donde su abuelo y le dice: “Abuelo, quiero chuches”, y el abuelo saca del bolsillo unos caramelos y se los da al chaval. Los niños de Siria no piden chuches porque no hay chuches, y posiblemente tampoco abuelo.

Mis pensamientos continúan en Siria, y de repente los niños que veo jugar alegremente, lo que queda de sus familias y algún niño sin familia, salen corriendo a ningún sitio, cuando en el cielo irrumpe un avión asesino que suelta bombas que caen encima de esos niños, ancianos y ancianas, que no han tenido tiempo de llegar al refugio.

Ahora solo veo una gran nube de polvo y sangre y cuando este se disipa, veo una escena dantesca que se refleja en mis ojos. La mayoría de los niños y niñas, al igual que su amigo que poco antes jugaba de portero, no tienen piernas, ni brazos, algunos ni cabeza, no se escuchan gritos de dolor…todos han muerto.

Me levanto de mi banco y doy un paseo por la orilla del río para distraerme y borrar esos horribles pensamientos de mi cabeza, pero no puedo. Cuando vemos esto en las televisiones, cambiamos de canal y problema resuelto, pero mis pensamientos no obedecen a mi mando sin distancia y sigo al caza que bombardeó a esos niños y ancianos.

Lo veo llegar a la base americana de Rota, bajarse de su avión asesino y ser vitoreado y aplaudido por otros militares. El coronel se acerca a él y le dice: “buen trabajo muchacho, tómese el fin de semana libre”.

Y el asesino del avión llega a su casa contento, donde un niño y una niña de la edad de los que acaba de asesinar, salen en su busca, saltan sobre él y le abrazan, al grito de, “papá es un héroe”. Su mujer le mira orgullosa y juntos, esa ejemplar familia americana, entra en casa. Al piloto le han concedido otra medalla y su mujer se apresura a dejarla donde las demás. Mira orgullosa que su marido ya tiene diez. Se abrazan los dos mirando las condecoraciones y sonriente la mujer le dice: “cinco más y serás comandante”, entonces podremos comprar una casa más grande y vestidos, para ti un gran coche.” Se besan y siguen su vida.

Los dos saben que viene de asesinar a cientos de niños, hombres, niñas, mujeres, ancianos y ancianas, sin contar los animales. Diez medallas piensa él, uno por cada incursión a bombardear Siria. En dos semanas tendré mi nuevo coche.

Y la vida sigue, como sigue el curso del rio Ega, y la muerte  no se detiene, como no se detiene nuestra conciencia, que corre a esconderse en un cajón, en el fondo de nuestro cerebro.

Miro hacia arriba, y veo las ramas frondosas de los árboles del paseo de Los Llanos, orgullo de los ciudadanos y ciudadanas de la vieja Lizarra, ojeo la hierba del parque, bien cuidada, sembrada de cuerpos de jóvenes que discuten, ríen, hablan….y me pregunto si en Siria, habría un parque como el de los Llanos antes de que el poder de la sinrazón de los poderosos, pensara que Siria o cualquier otro lugar era bueno para sembrar de bombas países “mal” gobernados y sus proyectiles asesinos, que SI tienen ojos, impacten contra la población civil.

Y todo por dinero, porque las guerras no tienen otro objetivo que generar dinero para los poderosos fabricantes de armas, para los políticos que las declaran y para los militares que las ejecutan. Militares cobardes, que con la excusa de cumplir órdenes, asesinan niños, mujeres, hombres y cualquier ser vivo. No tienen las agallas para enfrentarse a esos niños sin piernas cara a cara, porque ellos ya tienen a sus niños, completos, limpios y sanos. Y esto no termina, no tiene fin, porque no hay un guionista en el mundo que sea capaz de poner fin a esta tragicomedia que son las guerras, unas contra los cristianos, otras contra los musulmanes y todas “por la pasta”.

Félix Goikotxeta Vega

  1. Las sentencias judiciales, al igual que las guerras, las ejecutan las personas, la injusticia de la justicia, provoca que unos jóvenes lleven más de 530 días encarcelados. Por tener una pelea de bar con unos guardias civiles, fuera de servicio a las tantas de la madrugada. Otros, entre ellos un guardia civil y un militar, violan a una mujer y los acusan de abusar en vez de violar.

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