Los mejores secretos de París, por Jesús Javier Corpas Mauleón

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Consejos para disfrutar con todos los sentidos.

La capital de Francia es sin duda muy atractiva, hasta el punto de ser la más visitada de Europa. Tras numerosas estancias en ella, he notado que las guías recomiendan, entre visitas de obligado cumplimiento como Louvre u Orsay, otras claramente secundarias, cuando no indican, en cambio, algunos lugares de gran interés.

Común a todos los que voy a citar es la ventaja de que no sufren muchedumbres de turistas, estando limitados a los viajeros más informados. Añadiré aquí también algunos sitios que, aunque no monumentales, me parecen curiosos, relajantes o sorprendentes. Y como quiero que más compatriotas, si así lo deciden, los disfruten, vamos allá.

El primero es la Abadía Catedral de Saint Denis. Lindante a París, en la población dormitorio del mismo nombre, se encuentra esta maravilla. Iniciada en el siglo V, se construyó luego románica, y parte de ella inició su transformación al gótico en 1136, siendo la primera iglesia en la que aparece este estilo.

Majestuosa en sí misma y consagrada al patrón de la nación vecina, pronto fue designada como panteón real. En ella están enterrados casi todos sus monarcas, cerca de sesenta, así como una treintena de importantes nobles, con sus mausoleos y laudas originales. También numerosos Fils y Petit Fils de France, infantes para entendernos. En torno a la llamada Silla de Carlomagno, yacen desde los Merovingios a los Borbones. Entre los más espectaculares túmulos del cenobio están los de Francisco I, Enrique I, Luis XVI y María Antonieta. Las trabajadas tallas y la luz que entra por las coloridas vidrieras los alejan, por ejemplo, de la frialdad fúnebre del Panteón, mucho menos interesante.

La hallarán en la localidad del mismo nombre, rue Legión d’Honneur 1, línea 13 de metro, parada Basílique. Para los futboleros añadiré que en sus inmediaciones está el famoso Stade de France, construido para sede principal del Campeonato Mundial de 1998.

Museo de Cluny consta de varios elementos. Una parte es galo romana e incluye los restos de las antiguas termas de Lutecia (siglo I d.c.). Otra gótica, el Hotel des Abates (siglo XV), sin duda el edificio medieval civil más bonito de París. Y cuenta con unos jardines donde se halla el fantástico Plinier des Nautas, de época romano imperial como el frigidiarium. El interior custodia el Musèe National du Moyen Âge, que expone 2 300 piezas entre armas, ropas, mobiliario, esculturas, vitrales, joyas, documentos y tapices. Destaca con luz propia la sala de La Dama del Unicornio (Dama à la Licorne), donde se pueden contemplar seis telas de magnífica factura, muy buena conservación y original temática. Dediquen un rato a contemplarlas; se lo agradecerá el alma.

A pesar de sus atractivos y de estar situado a quinientos metros de Notre Dame, tampoco aquí acuden las masas que, tras ver el Arco de Triunfo, ya han corrido a comprar a unos grandes almacenes. Para llegar, crucen al Barrio Latino desde la catedral y allí, entre Saint Séverin y el Odeón, lo encontraran fácilmente a la espalda del Boulevard Saint Michelle, plaza de Paul Saint Levé 6. En suburbano, paradas Cluny-Sorbonne, Odeón, o Saint Michelle. Abierto de 9,15 a 17,45h; martes cerrado.

Y como estamos muy cerquita, casi enfrente de Notre Damme, en la Isle de la Cité, quiero recordar que sería imperdonable no visitar la Sainte Chapelle. Esta joya del gótico flamígero, construida como capilla real por San Luis XI, la defino como discreta exclusivamente por estar inserta dentro del Palacio de Justicia, pero no por la belleza del edificio, sus pinturas y vidrieras; una borrachera cromática que enamora. Metro Cité.

Y ahora, ¿quieren gozar de las mejores vistas? Sepan que no son las de la Torre Eiffel, les digan lo que les digan. Cojan el metro a Montparnasee y una vez allí, suban al rascacielos del mismo nombre para disfrutar de varias ventajas. Alcanza más altura, por lo que desde la planta 56 y sobre todo desde la terraza en la 59, se otea mejor la ciudad; pagarán menos y se evitarán las colas de la Eiffel, teniendo una perfecta panorámica de aquella y de toda la urbe; habrán usado uno de los ascensores más rápidos del mundo; y, como dicen los parisinos, se evitarán ver la propia Tour Monparnasse —inmensa y horrible—, que quedará a sus pies.

Me gusta acercarme al puerto deportivo D’Arsenal. Si acuden allí, en pleno centro de la gran ciudad pueden saborear un relajante paseo por esta recoleta marina, sita entre el canal de Saint Martin y el Sena. La encontrarán bajando desde la plaza de la Bastilla hacia el río, bien por el Boulevard Bourdon, bien por el Bastille. Además de recorrer los pantalanes de los barcos, con frecuencia pueden hacerlo en entre puestos con obras de arte.

Si algo hay inestimable para comprar son los quesos, mucho más interesantes que los recuerdos «estilo remordimiento» que inundan las zonas turísticas. Acudan a la Rue Motorgueil y aledañas, junto a Les Halles —línea 4— donde en comercios como La Fermette tendrán variedad a buen precio, y se los prepararán para el viaje; ir con unos fromages   sabrosos un larga ruta no es nada recomendable —aun recuerdo un trayecto Normandía con el maletero lleno de Camembert— a no ser que estén bien embalados, y aquí se los envolverán fetén. Enseguida de llegar a casa comprobarán que sic transit gloria mundi, aunque les quedará el recuerdo del sabor de un Saint Félicien o un Epoisses, en vez de un «pongo»; salen ganando por goleada.

Y ya que estamos, tendrán fondue en los aledaños de la iglesia gótica de Saint Séverin. Aunque   vean turistas, también frecuentan sus locales los estudiantes de la próxima Sorbona; y la abundante competencia hace que los precios no se desmadren, a pesar de estar entre Notre Damme y el Boulevard Saint Germain, en todo el cogollo. Eso sí, puede que les amenice la cena un músico caza propinas. Tocando, en la calle de L’Ancienne Comédie tienen el Procope, el restaurante más antiguo de París. Desde 1686 frecuentado por la flor y nata, de Voltaire a Beaumarchais, de Diderot a Víctor Hugo. Es caro. Mejor su trasera, la Cour de Commerce Saint André; una de las escasas calles medievales, encantadora. Se entra atravesando una verja. Superada la otra fachada del citado Procope, en la acera de enfrente, se encuentra Cèpe et Figue, un pequeño y acogedor establecimiento con buena comida francesa a precio contenido. Junto a él, la pintoresca Cour de Rohan, con sus seductores patios, residencia de Diana de Poitiers amante del rey. Mismas paradas de metro que para Cluny, o bien bajar en Cité, como para Sainte Chapelle, y nada más cruzar el puente hasta Le Quartier Latin, a la derecha. La zona abunda en locales para tomar copas.

Sobre discotecas, allí solo he frecuentado L’Etoile. Está junto a la plaza del mismo nombre, entrada por el 12 de la Rue de Presbourg, y es la más chic de una ciudad tan chic. Ubicada en un lujoso palacete del elegante 8º   Arrondisement, tiene un jardín con vistas al Arco de Triunfo. Al llegar puede sorprender el número de chóferes que aguardan. En ella se celebran muchos eventos como lanzamientos de perfumes y otros glamures. Además tiene un selecto restaurante en su terraza. Por allí he visto en una ocasión al gran Donald Shuterland, y en otras a algunas conocidas modelos, por lo que, siendo yo de no fijarme y el lugar oscurito, debe haber mucho famoseo, además de grandes fortunas. Catherine Deneuve vive tocando. Obviamente la criba en la puerta es dura, por lo que si quieren entrar, cuiden la indumentaria. Metros 1,2 y 6, parada Charles de Gaulle-Etoile.

Y para terminar una pequeña curiosidad. En la île aux Cygnes, pont de Grenelle, se alza la réplica a escala 1/5 de la Estatua de la Libertad. De doce metros de alto, fue regalada por los parisinos residentes en USA, e inaugurada el 4 de julio de 1889. Si toman la línea 10 y bajan en la parada Javel André Citroen, la verán con una peculiar perspectiva de la Torre Eiffel y el río entre modernos edificios. De noche merece la pena un paseo con la citada vista iluminada; de día no tanto.

Esperando que les sean de utilidad estos consejos, o al menos una parte, para que su viaje sea un poco diferente, lees deseo una feliz estancia. Y   ojo con la luna llena.

Jesús Javier Corpas Mauleón

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