El mayor premio es compartirlo. Por José Félix Sánchez-Satrústegui.

 

FOTO MONTEJURRA SOLO

 Habitamos la era de la posverdad, esa mentira envuelta en papel de color cínico, introducida de costadillo en el individuo a través de las emociones como si fuera verdad. Otras características definen también esta época, en mi opinión. La actualidad es una falsa realidad impuesta por los poderes, voceada por los medios de comunicación, para disimular la auténtica realidad que se estampa cada día sobre los rostros de la gente en forma de corrupción y fraude, desempleo, bajos salarios, inmigración, desigualdad y pobreza.

Aunque el Asunto Único es el que ha copado los medios y ha sido actualidad durante casi todo el año, para el que tiene frío, el único asunto es el frío (JJ Millás), o el hambre u otros problemas que padecen gran número de individuos y que nada tienen que ver con aquel. Sin embargo, estos desaprensivos sufrientes corren el riesgo de ser acusados de disonantes por su escasa conciencia “identitaria” (da igual cual) o de fascistas.

La derecha en el poder ha cercenado libertades de todo tipo, incluida la libertad de expresión. Sin embargo, los que más reclaman esta, la derrochan en groserías en las redes para hacer gracia a los suyos, daño a los otros y, de paso, incrementar el número de imbéciles. La última burrada, hasta ayer, la dedicada a Iceta por un profesor universitario (por tanto, de presunta procedencia culta y bien formada) que al discurso xenófobo y supremacista ha sumado el homófobo.

Voy con mi defensa de las impurezas. Soy un navarro orgulloso de serlo, que ya venía híbrido de cuna (sangre manchega por parte materna), pero que me hice más revolcándome por la dehesa extremeña y por los demás pastos en los que pací. Me identifico con esas gentes, lenguas, culturas y paisajes; con el azul turquesa del nacedero del Urederra o el murmullo del Ega acompañando el paseo verde por Los Llanos, pero también con el sol que se recuesta sobre el Guadiana al atardecer camino de Portugal. Soy un yo plural de una sola sombra (Borges). Las identidades culturales existen, pero son las que deciden las elites las que se pretenden imponer al resto. No somos pura raza ni compartimos un alma común que recorre la historia casi inmutable con los paisanos del terruño. Somos mezcla.

Por lo demás, el año ha transcurrido como todos, entre dentelladas y caricias, entre rosas y espinas.

La plutocracia que nos gobierna, no solo aquí, lo hace a través de muñecos mediocres a los que llamarle tragavirotes, malandrines, chiquilicuatres o zurcefrenillos, entre otras muchas posibilidades, no se considera insulto sino definición.

Cuando escribo estas líneas, aún no se conocen los resultados de las elecciones catalanas. Me da la impresión de que va a dar igual mientras no triunfe la cordura. Qué más da, si se me permite la metáfora, que tengan preferencia los coches que vienen por la derecha, por la izquierda o el frente si aún no hemos aprendido a respetar los semáforos.

La hija de Ana Orantes, una de tantas víctimas de la violencia machista, quemada por su exmarido en el patio de su casa en 1997 días después de denunciar, en un programa de Canal Sur, la violencia continuada a la que había sido sometida, ha escrito una carta a su madre asesinada en la que le dice “Me encantaría decirte que todo ha cambiado… Pero, mamá, eso no es así…”.

Más de 40.000 dependientes murieron en 2016 sin recibir la prestación reconocida, por culpa de los recortes en el sistema.

Las pensiones, que deben ser “adecuadas y periódicamente actualizadas” según la Constitución, se han colocado al margen de esta empujadas por los poderes públicos que han decidido no aplicar el artículo 50.

El Estado de Bienestar, que tanto esfuerzo costó instalar, está siendo destrozado a mandobles mientras nos dedicamos a dibujar fronteras.

Estas y otras situaciones similares son las que me gustaría cambiar desde una visión de izquierdas (es de lo único que no dudo, con Almudena Grandes, que soy de izquierdas con la cabeza, con la razón y con el corazón, aunque algunos me lo negarán). Pero también hay que hallar un espacio común de convivencia con los que piensan de otra manera.

Me parece que es en la búsqueda de la igualdad, la libertad y la solidaridad donde deberíamos encontrarnos. Por eso quiero acabar con el caso de Aiora, que conocí a través de Estella Noticias, y con ella con el de otras situaciones parecidas de niños y no tan niños que padecen severos problemas de salud a los que los poderes públicos y la sociedad en su conjunto deben ayudar echando el resto. Es posible que así avancemos más despacio, pero lo haremos todos juntos. En todo aquello que supone un avance social, el mayor premio es compartirlo.

Felices Fiestas.

José Félix Sánchez-Satrústegui

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