La insoportable transitividad del verbo (decidir), por José Félix Sánchez Satrústegui.

 

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FOTO MONTEJURRA SOLO

Ausente de complemento, un verbo fundamentalmente transitivo se hizo de pronto intransitable, oscuro, por decisión de los adalides del “procés”. “Derecho a decidir”, decían. ¿Decidir qué? Se confirmó que la desaparición del objeto directo no era más que un eufemismo que pretendía ocultar el objetivo indirecto: la declaración unilateral de independencia de Cataluña, en un acto de manipulación y falta de transparencia también del lenguaje. Con todo, la expresión, tan repetida hasta hace poco, se ha quedado anticuada de pronto. Los acontecimientos se precipitan con tal rapidez que es imposible aguantarles el paso. Aun así, he decidido dar una versión reducida de mis opiniones sobre algunos aspectos del “problema catalán” (permitidme la sinécdoque), aunque será suficiente como para que desde cualquiera de las banderías en liza me acusen de fascista, traidor o cobarde, según el caso.

Vaya por delante que detesto el patrioterismo. La identidad, lejos de considerarse parte del patrimonio cultural a preservar con tolerancia hacia otras, se utiliza como arma excluyente; el nacionalismo es un anacronismo de bases románticas  que parte de la idea de que existe un alma de los pueblos que recorre la historia, inmutable y eterna; el independentismo en sociedades democráticas es el producto de un complejo de superioridad inaceptable, una visión insolidaria de la sociedad contraria al internacionalismo de la izquierda.

Tras el corrupto “Pujolato” y las políticas de máxima austeridad de Mas, llega Puigdemont, que continúa la huida hacia delante para esconder las equivocaciones detrás de despropósitos mayores. Mientras se inventan agravios históricos, se fomentan respuestas histéricas y se confunde pucherazo con referéndum, muchos, incluso de buena fe (otros aprovechando el río revuelto para provocar revueltas), le siguen inflamados de emociones. Para colmo, lo más granado del catolicismo oficial catalán apela a “que la Madre de Dios ilumine la tierra catalana en estos momentos de su historia para que encuentre el camino de la afirmación nacional”. Esta comunión nacional-católica me suena a algo de cuyo nombre no quiero acordarme. Vade retro.

El profundo y largo silencio de Rajoy solo indica que su proceder, cuando hay que resolver problemas, se basa en la inepcia, tanto por su cualidad de inepto como de necio, y en la inercia. Piensa que los acontecimientos siguen su ritmo y se resuelven solos (a la vista está que no es así) mientras él permanece recostado en la inmoralidad pasiva. Sin embargo, muestra una frenética actividad paradójica cuando se trata de aplicar políticas regresivas y reaccionarias. No confundir Gobierno y Estado: que el primero lo haga muy mal no significa que el español no sea un Estado democrático; con defectos, pero democrático.

El Presidente insensato delega sus responsabilidades en jueces y policías, usando al Fiscal General como ariete contra el catalanismo en una complicidad de poderes vergonzante (“Cierto mandamás Fiscal / algo fachilla y parcial / dirige este desconcierto. / Se llama Maza, y es cierto”, si me permitís esta torpe imitación de los versos de Bretón de los Herreros que dirigió a su vecino el Dr. Mata). Algunos despropósitos judiciales son producto, a buen seguro, del empuje del Gobierno a través del Fiscal General. Si no es así, se han esforzado en que lo parezca.

El envío del “Comando Piolín” al puerto de Barcelona parece diseñado por El Mundo Today para solaz del personal. Si el objetivo era repartir cuatro porrazos para acojonar, que no hubiera urnas y no se votara, pero el resultado final es que vota todo el que quiere y se consiguen cerrar cinco colegios y medio quedando ante el mundo la imagen de la represión de un derecho, la estrategia parece diseñada por el Coyote de los dibujos animados en su intento de destruir a Correcaminos. Las Fuerzas de Seguridad del Estado fueron embarcadas en una aventura errónea, cuando menos, y después abandonadas a la intemperie por el incompetente ministro del Interior.

Defiendo el Estado de Derecho y la Constitución (manifiestamente reformable y que no apoyé en su momento por razones varias, entre ellas que instauraba la Monarquía), la libertad de expresión y un Estado Federal. Por un lado, de la libertad de expresión no se derivan actos con efectos legales vinculantes y amenazantes para el resto. Por otro lado, el derecho de autodeterminación figura en la Carta Magna de la Descolonización (ONU) solo referido a colonias o situaciones análogas, que no es el caso de Cataluña, aunque pueden estudiarse fórmulas consensuadas de encaje en un estado plurinacional (habrá que verlo entre todos). Rechazo el uso de la violencia ya sea individual o en manada, incluso institucional, salvo imperiosa necesidad, que no era el caso en el 1 O. También me refiero a la violencia verbal de quienes se atreven a llamar fascistas a Serrat y a tantos otros, de quienes increpan a los hijos de guardias civiles en los colegios o de quienes empujan contra los catalanes al grito de “¡a por ellos oé, oé, oé!”. El primer paso es abandonar tales actitudes.

Habrá también que recuperar la cordura y reconstruir la sensatez sin ofensas (magnífico Borrell); reconocer que la razón y las emociones pueden, y deben, complementarse sin que estas tengan que sustituir a aquella, y restablecer la convivencia y la paz social. La política es diálogo o no es nada; eso sí, en el asunto que nos ocupa, los protagonistas ya no pueden ser personajes como Rajoy o Puigdemont.

Espero que, más pronto que tarde, las banderas vuelen a los baúles del olvido y dejen de tapar nuestras vergüenzas a la par que nuestras verdaderas necesidades, y que el populismo autoritario de la derecha, que se cree dueña de un país heredado de sus ancestros, y el del independentismo insolidario las acompañen.

No parece que el camino emprendido sea el ideal. Los soberanistas siguen empeñados en constituir una república independiente por cojones y el Gobierno del PP se escuda en los tribunales sin haber probado antes a hacer política. Cuando manda la “testiculina”, las neuronas se retiran. A ver si alguien las devuelve de su exilio, aunque no creo que lo haga esta tropa de políticos, en su mayoría mediocres.

La izquierda debe luchar por recuperar derechos y libertades perdidas y para ello tiene que expulsar en las urnas a la derecha corrupta de ambos gobiernos; debe combatir la pobreza y las desigualdades sociales, la violencia machista y los recortes en educación y sanidad públicas; ha de llegar al gobierno, además, para derogar la reforma laboral o la ley mordaza, tan reaccionarias, o para hacer políticas en favor de los refugiados… Es difícil de entender que la izquierda, que tiene la obligación de recuperar su compromiso con los ciudadanos más desfavorecidos, se sienta comprometida con el relato nacionalista e independentista, de naturaleza egoísta y excluyente.

Querido amigo Juan Andrés Pastor, director de esta publicación, yo también “sé de los charcos”, como el título de tu maravilloso poemario. Sé meterme en ellos sin botas de agua, ya ves. Es posible que reciba declaraciones de desamor de abanderados de uno y otro lado, pero en el entretanto permitidme que acompañe, siquiera imaginariamente, a Isabel Coixet, la directora de cine también insultada, en su paseo por la tierra de los no abanderados donde muchos nos hallamos, alejados de gritos y patrias agraviadas que no lo son; agitando palabras, solo palabras. No soy equidistante, sino un indignado “ultradistante” de esta escalada inacabable e indecente. O sea, ellos siguen: qué ganas dan de bajarse.

 

José Félix Sánchez Satrústegui

3 comentarios en “La insoportable transitividad del verbo (decidir), por José Félix Sánchez Satrústegui.

    1. Gracias, Reme. estamos en un momento de polarización donde no se permiten los matices, tan necesarios, y no se puede sino estar con los unos o con los otros, es decir, contra los otros o contra los unos.
      Mis saludos

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