Me llamo Rosa Peñasco y tuve cáncer (II)

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 Y no pasa nada…. Porque decir a estas alturas que no se conoce una cura TOTAL del cáncer, no es un secreto para nadie pues, además de las estadísticas en uno u otro sentido, todos hemos visto cómo han recaído y se han ido personas que han seguido tanto los tratamientos tradicionales, como los que decidieron rehusarlos. Y ya que esto es así y nadie más que uno mismo vive en su propia piel, considero que tanto respecto al cáncer como con cualquier otro asunto personal, ¡y sea cual sea la “decisión de vital importancia” de cada cual!, el respeto y el “no juicio” de “VIVIR Y DEJAR VIVIR”, siempre deberían caer por su propio peso.

 

Por eso, en otro orden de cosas y casos, también confieso que no me gusta ser un “conejillo de indias” que contribuye a engordar las arcas de algunas farmacéuticas que están detrás de ciertos tratamientos agresivos que, de nuevo respetando a todo el mundo, ni comparto, ni acepto y ni desde mi libertad he aceptado (bastante dura ha sido y, varios meses después, siguen siendo para mí los efectos de la radioterapia que -insistiendo en el máximo respeto a todo y a todo@s-, tras sentirla tan incompatible y dañina con mi cuerpo y mi energía vital, más de una vez he pensado que con el afán de “curar en salud”, se están matando “moscas a cañonazos” porque es “peor el remedio que la enfermedad”).

 

Lo siento, pero no resueno con venenos, y menos por protocolo y estadísticas que miden muy bien el color de pelo de la población pero no se acercan al latir del corazón de los individuos o, aun sabiendo que hay muchos tipos de pacientes y médicos, los aplicados como si fuéramos números y sin conocer en profundidad a la persona, tener en cuenta su historia de vida y sus puntos fuertes o débiles, o aplicados genéricamente y también por inercia, comodidad, y sin mirar a los ojos del paciente pero sí mirando el reloj porque la consulta sobrepasa los cinco minutos de rigor (soy consciente de la sobrecarga y de que hay muchos héroes anónimos dentro del personal sanitario que hoy están trabajando a contrarreloj, pero hasta que cambié de médico así fue mi -igual que el de muchos pacientes-, duro contacto con la ya de por sí dura e imponente consulta de oncología).

 

En definitiva y como por desgracia ya ha demostrado la práctica tantas veces y como bien apuntó el filósofo Raimon Panikkar: “el conocimiento sin amor es puro cálculo”. Por ello el proceso cáncer o cualquier otro en el que haya en juego “información sensible”, puede volverse muy tenebroso si va acompañado de una medicina nada humanista, salpicada de una embrutecedora burocracia inconsciente y para mí nada convincente, aunque ignoro si para algo o alguien pueda resultar “muy conveniente”.

 

En cambio, me identifico plenamente con el Sagrado Proceso de SANACIÓN (¿Sana Acción o Acción de Sanar?) que nos lleva a comprender la enfermedad en toda su magnitud, enfrentando y transformando los miedos, aceptando la experiencia, purificando lo visible y lo invisible o por dentro y por fuera cuerpo, mente, emoción y espíritu.

Aun con muchos errores y a veces “teniendo al ángel de la guarda muy estresao” (cuando me dieron la noticia me desahogué dibujando un mural enorme con esta frase), estoy contenta por haber aprendido que en la vida unas personas reaccionan de una forma, y otras de manera opuesta ante el mismo acontecimiento.

Sí, creo que TODO – incluido el cáncer- ES NEUTRO: lo importante no son los hechos pero, tal y como aboga la neurociencia moderna y la no ya tan novedosa Medicina Germánica, sí cómo los percibimos, procesamos y alimentamos con el pensamiento y vivimos después desde la emoción, modificando así nuestra realidad -incluido un impacto en nuestras células- y dejando su huella en nosotros mismos y en todo cuanto nos rodea.

Por esta razón, creo que casi desde el principio y tras la estupefacción inicial, he vivido el jarro de agua fría del cáncer con la curiosa y sana intención de primero reconocer y después trascender el miedo.

 

Continurá …

 

Rosa Peñasco

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