La Posverdad, por José Félix Sanchez-Satrustegui

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 Mantengo por costumbre una cierta distancia preventiva frente a los sinceros puros, esos que aseguran decir siempre la verdad (también frente a los abstemios puros, pero esto hoy no viene a cuento). Perdonadme quienes os encontréis en alguno de estos dos grupos o en ambos.

Seguramente es un problema mío, un prejuicio imperdonable, pero desde que entablaron relación las diversas moléculas que conforman mi ser y decidieron instalarse en el desorden, mi cerebro habita la incertidumbre y las neuronas tienden a un incremento continuo de entropía y, por tanto, al caos. Lo que quiero decir es que no me hagáis demasiado caso.

A la verdad la he visto demasiadas veces coquetear con el dogma; y, ya sea en su versión científica o metafísica, no acabo de verle la gracia en según qué casos. Los que afirman una cosa y la contraria, incluso las mismas personas dependiendo del momento, aseguran estar en posesión de la verdad; todos creen tenerla en propiedad. Y tanta verdad, que ya no debe caber en sus recipientes clásicos, se ha extravasado de los límites que la contenían y se ha derramado en forma de posverdad, esa manipulación emotiva, según la ha definido Manuel Vicent. 

Aunque en un principio surgió como eufemismo (disfraz de la mentira), el término posverdad ha reaparecido y se refiere actualmente, según el director de la RAE, que parece próxima a incluirlo en su diccionario, a las informaciones o aseveraciones que no se basan en hechos objetivos, sino que apelan a las emociones, creencias o deseos del público. Una editorial de The Economist decía que “Donald Trump es el máximo exponente de la política ‘posverdad’, (…) una confianza en afirmaciones que se sienten verdad pero no se apoyan en la realidad”.

El Brexit y la victoria de Trump son los paradigmas actuales de posverdad por “sobrepasar cualquier expectativa ortodoxa o racional” (El País). En nuestro entorno más cercano, el reciente homenaje a Miguel Ángel Blanco, asesinado por ETA hace 20 años, también ha supuesto un claro ejemplo de ello. En su momento produjo el rechazo más absoluto de toda la sociedad y fue un punto de inflexión en la lucha contra el terrorismo etarra que merece ser recordado; no lo discuto. Pero es el PP quien decide qué muertos merecen un homenaje y cuáles deben, por ejemplo, seguir mal enterrados en cunetas, víctimas del más cruel terrorismo de Estado imaginable, y ser olvidados.

Manuela Carmena fue abucheada por los defensores de la unilateralidad y la parcialidad al pretender tratar en ese homenaje a todos los asesinados por igual. Nadie hizo caso a las explicaciones de la alcaldesa de Madrid sobre su decisión. Las razones y la verdad importaban poco frente a la nueva manipulación de las emociones llevada a cabo por el PP, el mismo partido que, inmerso en su bucle cínico, aprovechó la Fundación Miguel Ángel Blanco para dar dinero a la trama Gürtel, según publicaba El Plural en 2013. El mismo partido que, en 2015, no envió a ningún representante al homenaje a las víctimas del 11 M, en la estación de Atocha, solo porque lo presidía Pilar Manjón.

Lo cierto es que la posverdad se ha incorporado con tal ímpetu a nuestra cotidianeidad, que los medios de comunicación tradicionales, que ya perdieron el monopolio de la distribución de la información frente a las redes sociales, han sido desposeídos de su influencia como formadores de opinión frente al impulso emotivo que mueve a la masa, poco proclive a dejarse llevar por criterios racionales. Pero todo es relativo, y tampoco debemos renunciar a las emociones.

Los medios clásicos tienen una tendencia peligrosa a concentrarse en pocas manos y uniformar la información. Del otro lado, la gente en general no dispone de las herramientas suficientes para procesar el exceso de aquella que inunda las redes.

Y así andamos. Ciabogando entre uniformidad, manipulación y exceso de información; verdad, mentira y posverdad; emociones y realidad.

Quizá la verdad no sea otra cosa que la realidad aderezada por nuestras emociones. O al revés. O qué sé yo. Que lo resuelvan los filósofos, o mejor que no.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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