Leo Nuevo elogio del imbécil de Pino Aprile, una segunda edición del primer Elogio… publicado en los noventa. Esto me lleva a recordar otro clásico sobre la materia, Las leyes fundamentales de la estupidez humana de Carlo M. Cipolla, que, entre otras cosas, reflexiona sobre los daños que provoca el poder económico, político y burocrático en manos de los estúpidos. Esta fijación repentina, sospechosa de responder a mi propia gilipollez tanto como a la percibida en el ambiente, me surgió al observar el incremento planetario de la imbecilidad e imaginar —así lo soñé—que la inteligencia artificial (IA) nace para aprovechar el hueco que va dejando la natural.
«La imbecilidad es seguramente el único ámbito en el que el conocimiento resulta del todo inútil», escribe Aprile. El autor, en la introducción, apuesta por unas palabras del exsenador y periodista italiano Sergio Zavoli, en las que afirmaba que al descontento o al irritado podemos aplacarlo mostrando interés o simpatía, mientras que amansar al imbécil es imposible, al cabo de unos momentos de posible desconcierto volverá a «hilvanar, es un decir, sus razonamientos».
Cipolla apunta que hay un acuerdo unánime en que la humanidad se encuentra en un estado deplorable, lo cual se debe en gran parte a la abundancia de estúpidos. Como ejemplo, valga la primera ley fundamental que cita el autor: «Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de estúpidos que circulan por el mundo». Veamos.
El año comienza en septiembre, aunque oficialmente se celebre el uno de enero. Se inicia el curso académico, sucede entre lamentos la vuelta al trabajo, se llena la agenda de nuevas-viejas buenas intenciones por incumplir, se disparan los divorcios o se reintenta la asistencia al gimnasio después del fracaso de la operación bikini. Por tanto, Feliz año nuevo.
Sin embargo, nada nuevo. Empecemos por el exterior. La periodista María Álvarez escribe que EE. UU. está en fase de exuberancia irracional, ya que con Trump en el poder la moderación es imposible. Tras el asesinato —que condeno sin ambages— de un machista, racista, ultra, generador de odio, que llegó a decir que «merece la pena tener desgraciadamente un coste de algunas muertes por armas cada año para que tengamos la Segunda Enmienda» en un país donde murieron cerca de 50.000 personas en 2023 por armas de fuego, Trump aprovecha para justificar más violencia. En EE. UU., un 12% de los republicanos y un 11% de los demócratas estaban a favor de matar a los líderes del otro partido para obtener objetivos políticos.
«¿Qué pasaría en España si una persona de ultraderecha asesinara a tiros a un activista de izquierdas?», preguntó Tellado tras el asesinato de Kirk. Eso ha ocurrido unas cuantas veces en España desde los años 70. Hace poco, la sede del PSOE en Santander fue atacada por un joven encapuchado que entró en el local atestado y lanzó dos explosivos caseros que pudieron causar una desgracia. Feijóo no hizo ningún comentario condenando el atentado.
Que Trump gobierne por segunda vez no le hace mejorar su escasa sesera ni sustituir la eructación verbal crónica que padece por la sensatez verbal —asimismo hay que responsabilizar la parte correspondiente al votante: la primera puede haber una mayoría ignorante del potencial destructivo del Agente Naranja, pero la segunda, significa que hay mucho imbécil o mucho fascista como él, o ambas son correctas—. Cada día el mundo se despierta con una nueva ocurrencia que confirma su egolatría, la deriva autoritaria del país, la escalada de violencia política y la represión militar en los estados que no son republicanos.
Israel continúa la destrucción de Gaza y el asesinato de más palestinos. Pasan de 60.000 según las cifras oficiales, aunque algunos hablan de diez veces más. Comienzan a surgir voces contra el exterminio, demasiado tarde y demasiadas pocas. Al menos, Pedro Sánchez lidera la respuesta europea —España está salvando el honor de Europa, afirma Villepin, exprimer ministro conservador francés— y se empiezan a tomar medidas contra Israel; incluso la UE despierta. Los españoles se han manifestado en la Vuelta Ciclista obligando a suspender algún final de etapa bajo la crítica de la derecha extrema patriota, que culpa a Sánchez. Ayuso compara las protestas con la guerra en Sarajevo —donde hubo más de diez mil muertos— mientras Almeida dice que no hay un genocidio y Feijóo habla de «pérdidas civiles de origen palestino». Tellado, Almeida y Feijóo forman el trío Bla Bla Bla, coro oficial de Barbie Madriles, al que está pidiendo con fuerza pertenecer Ester Muñoz, bendecido y guiado por el Aznarísimo a través de MAR. Simpatizantes de Trump y Netanyahu, se escondieron en un silencio cómplice, después buscaron justificación y, ahora, andan a la búsqueda desesperada de eufemismos para no utilizar la palabra genocidio.
El curso pretérito, que finalizó abrasador por la devastación provocada por los graves incendios, ha dado paso al nuevo, que arranca con la fuerza del lenguaje ígneo al que nos ha acostumbrado la política encabezada por la testa incendiaria de Tellado, que ha animado a «empezar a cavar la fosa donde reposarán los restos de un Gobierno que nunca debió haber existido en nuestro país». Tales declaraciones suponen un agravio a los españoles que yacieron o yacen aún en fosas, asesinados por los franquistas, y a los familiares que los siguen buscando, además de una incitación a la violencia. La España en llamas es tristísima como realidad y como metáfora.
Hay que tomar medidas contra el fuego y el innegable —negado por la derecha— cambio climático. Hay propuestas de un pacto de Estado en este sentido por parte del Gobierno, que no acepta el PP. Feijóo, en cambio, elabora un paquete de medidas de choque contra los incendios forestales con el registro nacional de pirómanos como medida estrella, una ocurrencia que no alcanzará la categoría de idea —recordemos que un pirómano es un enfermo con tendencia patológica a la provocación de incendios, responsables de un porcentaje mínimo de ellos—.
En la inauguración del año judicial, Feijóo se planta, revelando una supuesta conversación con el rey, por la presencia del Fiscal General del Estado, García Ortiz, imputado por no revelar no secretos, en contra de lo que denuncian grupos fascistas.
La Asociación Profesional de la Magistratura (APM) se manifestó contra la ley de Amnistía antes de conocer su contenido, la misma que ahora se indigna cuando Pedro Sánchez se queja de que hay jueces haciendo política. Las asociaciones conservadoras del ámbito judicial callaron cuando el PP acosaba a los jueces de la Gürtel –Garzón, Ruz y de Prada–; también lo hicieron cuando González Pons acusó al Constitucional de ser «el cáncer del Estado de derecho» o cuando se ataca a la jueza de la DANA, Ruiz Tobarra. José Luis Concepción, siendo presidente del TSJ de Castilla y León afirmó que «con el Partido Comunista en el Gobierno, la democracia está en solfa». Nadie sancionó a estos jueces, ni al juez M. Piñar por los insultos contra medio gobierno de coalición –los llamó cerdos, chorizos, bazofia feminazi…–.
El juez Velasco cuestionó la legitimidad del Gobierno y pretendió despreciar a la exministra Irene Montero como «cajera del Mercadona». Ruiz de Lara insultó en redes al presidente del Gobierno y a su mujer «Barbigoña». Peinado, que está siendo investigado en el CGPJ por el chulesco interrogatorio a Félix Bolaños, su anómala decisión de intentar procesar al ministro en el Supremo y su negligencia con los plazos, que obligó a archivar una investigación por malversación contra un alto cargo del PP en el Ayuntamiento de Madrid, continúa desmelenado en investigación prospectiva contra Begoña Gómez. La investigación de García Castellón a un imaginario comando terrorista que mató de un infarto a un turista francés durante una protesta en el aeropuerto de Barcelona no estuvo exenta de torpeza interesada.
Todas estas gracietas judiciales sin gracia las resume en un artículo Ignacio Escolar.
Peinado y Hurtado riman en consonancia con otros jueces como los referidos antes y algunos más en lo ideológico y en el objetivo de acabar con Sánchez fuera de las urnas. «Estamos ante un golpe de Estado judicial permanente», advirtió Martín Pallín hace meses.
«Si falta un poder judicial independiente desaparece el propio Estado de derecho», aseguró la presidenta del CGPJ, la seudoprogresista Isabel Perelló. Por eso es tan grave que haya jueces haciendo política con persecuciones judiciales de libro mientras ella mira para otro lado.
Hace unos días, la influencer o influente María Pombo publicó en sus redes un vídeo en el que afirmaba que hay que superar que haya gente a la que no le gusta leer, al mismo tiempo que advierte a los lectores que no son mejores porque les guste tal cosa. En mi caso ha influido: he decidido leer aún más para no parecerme a ella. El neurobiólogo Héctor Ruiz explica la diferencia entre las personas que leen y las que no: «Las palabras son los ladrillos del pensamiento». Añade que la lectura es una de las formas más sencillas y poderosas de acercarse al conocimiento y que el leer más o menos va a marcar diferencias en tu cognición. Leamos, o sea.
En el entretanto, Vox sigue ganando terreno a la vez que Feijóo baila al ritmo de «me gusta la fruta» y de IDA 7291. El fascismo crece en España y Europa. Tampoco podemos permanecer impasibles ante este peligro.
En el artículo aparecen suficientes nombres, incluido el del abajo firmante, que el lector puede inscribir según su parecer en un registro internacional de imbéciles, gilipollas o estúpidos. Y faltan muchos, sin duda. Varios, además, podrían incluirse en el de genocidas o cómplices.
En el libro que cito al principio, Aprile advierte que los inteligentes han construido el mundo, pero son los imbéciles quienes triunfan y lo disfrutan. Los sistemas burocráticos y jerárquicos actuales premian la mediocridad y castigan el talento.
La cantidad de personas capaces de entender un mensaje es tanto mayor cuanto más elemental es el mensaje, y en eso las redes sociales son únicas. Y como hoy no se borran las miles de gilipolleces que decimos por culpa de o gracias a internet, pues ahí quedan para siempre. Concluye Aprile que nunca hemos compartido tanta estupidez y ya no necesitamos la inteligencia. O que, también es probable que sea la inteligencia la que ya no nos necesita.
Adenda: Movilicémonos sin parar por Gaza. No nos callemos ante el genocidio.
José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

