La Casa Blanca, por José Félix Sánchez-Satrústegui

«El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos», se confiesan Donald Trump y Elon Musk en esta nueva versión del drama romántico de Curtiz devenido en realidad trágica que augura lo peor, protagonizada por dos maníacos histriónicos y diversos personajes secundarios de similar jaez. El nuevo film de terror podría llamarse La Casa Blanca. Prefiero, claro está, a Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en aquella Casablanca situada en un mundo bélico y asimismo aterrador en la que se declaraban su amor, al que renuncian por hacer lo que creen que deben hacer. Veremos hasta donde llega la nueva versión real. Sin embargo, creo que Trump y Musk se declararon su artificioso amor por lo bajinis de esta otra forma: «Vamos a destruir el mundo, por eso nos arrejuntamos». No se sabe si podrán más sus egos, que los acabarán separando, o sus intereses espurios, que los unirán para siempre.

El nuevo agente naranja, más delirante que defoliante, aunque también, ha pasado del extraño cardado estilo entre tortilla francesa deconstruida y Anasagasti alborotado, para reducir la visibilidad de la alopecia, al estilo mullet, más moderno. La intención peinadora intenta disimular la escasez de raíces capilares, una por neurona inteligente —la capacidad malévola y la eficacia codiciosa no son sinónimas de inteligencia—, en un cerebro que, no obstante, alberga demasiadas obsesiones paranoicas y distorsiones cognitivas que descarga en un discurso totalitario y repleto de prejuicios raciales hitlerianos e impulsividad machista, sin ocultar el visible narcisismo dentro de una expresión amenazante y triunfalista. La Psicología tendría mucho trabajo si le fuera posible tratarlo; si no, lo necesitarán quienes deban aguantar sus decisiones: el mundo entero.

El historiador y politólogo estadounidense Robert Paxton ya aseguraba hace unos años que el trumpismo estaba aflorando de manera muy parecida a los fascismos originales. En el interior ha empezado por los inmigrantes, como hizo Wilhelm Frick, ministro del gobierno de Hitler ¿Casualidad o afinidad? Es momento de resucitar la frase de Niemöller: «Primero vinieron por […] Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre».

Al «riquérrimo» Elon Musk le resulta imposible disimular en X —una incógnita en el álgebra, no en su caso— lo que fluye por sus brazos al saludar o por su verborragia y acciones nazis. Lo que no se le escapa es el dinero, que tiene bien agarrado y en continuo incremento.

Acabada la guerra fría, el amigo americano venía a Europa a abrazar con desgana y cinismo a lo que llamaban sus aliados; ahora vendrán, vía Trump, a tomar posesión de lo que consideran sus propiedades. El imperio se reimperializa, si alguna vez dejó de serlo o parecerlo. Ya no van a disimular.

Canadá, Colombia, Méjico, Groenlandia, Panamá o China empezaron pronto a recibir las amenazas imperiales y cada una reaccionó a su manera. China, aparte de responder con las mismas armas a la arancelitis punitiva trumpista, lo hace con la inteligencia artificial (IA) —DeepSeek, producto de la IA china provoca la debacle de la Nvidia estadounidense—.

El nuevo sheriff de Washington ha provocado una emergencia democrática mundial con sus medidas nada más tomar posesión. Ya se veía venir una tendencia a la degradación de las democracias en líneas generales a nivel mundial que ahora solo puede empeorar.

EE. UU. no busca la paz en Ucrania y Gaza, sino la derrota de los atacados y masacrados. Recordemos aquella frase del actor Agustín González al final de Las bicicletas son para el verano, cuando su hijo, interpretado por Gabino Diego, le recuerda que ya ha llegado la paz tras el final de la Guerra Civil española: «Es que no ha llegado la paz, ha llegado la victoria», le contesta.

Pues eso ocurrirá ahora. ¿Y la Unión Europea (UE)? ¿Y la Comunidad Internacional? ¿Miedo, nerviosismo, silencio o una suma de todo ello?

La Unión Europea, me lo resume de forma muy escueta un amigo de tradición cheli, se está escoñando —así, en gerundio, es decir, que está en curso y, por tanto, no ha finalizado aún—. No necesita de agentes externos, ya lo estaba haciendo muy bien —o sea, muy mal—ella solita. No obstante, en esta nueva tesitura no puede plegarse a las reglas impuestas por el imperialismo yanqui ni caer del lado chino o ruso, sino que debe defender el multilateralismo y mantener su idiosincrasia, sin olvidar que es el último reducto de defensa democrático frente a los ataques externos y a los antieuropeístas internos.

Sabemos que las políticas de apaciguamiento de las potencias europeas ante Hitler no sirvieron para nada, ignoramos si una postura firme hubiera evitado la guerra, pero es posible que sí. Ahora, la recomendación no puede ser otra que firmeza contra la barbarie del nuevo régimen estadounidense. «Nos jugamos la vida, la democracia, la convivencia. O con él o contra él», escribe José Mª Izquierdo.

Veo en un curioso libro, Anatomía del nazismo, con cientos de imágenes referidas al régimen, la reproducción de un cartel francés de 1935 en el que un puño aplasta a todos los que considera enemigos, entre ellos a los judíos y a la prensa católica, sobre un fondo con esvástica, mientras Hitler grita: «¡El nazismo es el régimen de la libertad!». Le faltó añadir «carajo». Es el mismo discurso de Milei y Trump o, en nuestro país, el de Ayuso 7291 o Vox. Hablan de libertad a la vez que la ultrajan.

La web en español de la residencia presidencial de EE. UU. desapareció poco después de que Trump jurara el cargo y declarara su desprecio por nuestro idioma. A todo esto, el nacionalismo patriotero español, de himno y banderita, vitorea a quien nos desprecia. No dicen nada contra los aranceles que perjudicarán a los agricultores patrios o al sector siderúrgico español. Vox aclama al energúmeno, el PP se debate entre Ayuso 7291 y González Pons; Feijóo NS/NC.

En España, la consonancia entre Hurtado y Peinado trasciende la rima y se extiende por la judicatura, que se ha sumado hace tiempo a la operación de acoso y derribo del presidente del Gobierno. En las cacerías anteriores a gobiernos socialistas no habíamos visto esta participación activa de jueces y fiscales, como tampoco habíamos visto nunca la que se está produciendo contra el fiscal general del Estado. Vergonzosa esa Justicia/justicia.

He leído a algún autor que no recuerdo, y ahora no me voy a poner a buscarlo, reflejar las similitudes entre la II República y la época actual en España. Miedo da comparar aquella legitimación de la violencia contra la República por parte de la CEDA y Acción Popular y estas incitaciones contra el legítimo gobierno actual tanto de Aznar —«el que pueda hacer que haga»— como de MAR —«p’alante»—, por ejemplo. La violencia empieza con palabras que, aunque procedentes de eructos mentales, no dejan de ser palabras; después, ojo, puede llegar la acción, incluso, violenta.

La amenaza hoy ya es una realidad, no caben equidistancias ni silencios ni medias tintas. Cuando todo parece conducirnos hacia Distopía, la solución es dar un giro de 180º y buscar el camino hacia Utopía. El mundo se llena de neofascismo, la derecha se ultraderechiza, los imperios se musculan, las desigualdades aumentan a la par que la xenofobia, el machismo o el racismo.

Cuando los demócratas deberían articularse para detener el autoritarismo posdemocrático o, peor, el neofascismo, dudan o riñen; y, además, cuando la izquierda debería unirse para defender la igualdad, la justicia social y la solidaridad, se pelea. Aquí, PSOE y Sumar, verbi gratia —la última con el SMI y el IRPF—, se confiesan: «El mundo se derrumba y nosotros nos encabronamos». Pues eso, o sea.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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