Izquierdas: hagamos frente a la fachosfera, por José Félix Sánchez-Satrústegui

EE. UU. ha elegido por mayoría democrática a un golpista contra el Estado y la democracia. Ha pasado en otras épocas y países, pero en este momento se está generalizando la tendencia. Ya es difícil de entender que tantos voten una vez a este bicho, el más destructivo «agente naranja» norteamericano, pero que lo voten por segunda vez, eso ya es otra cosa. También ocurrió con Berlusconi, por ejemplo. Suele suceder con fascistas, machistas, xenófobos, homófobos, racistas e individuos de similar jaez.  Hay votantes que lo hacen con repetición y alevosía porque son como ellos, pero que lo hagan aquellos sectores desfavorecidos que van a ser aún más perjudicados por sus políticas antisociales implica ignorancia, desesperación o masoquismo. A unos y otros se me ocurren multitud de calificativos para aplicarles. Los dejo a la libre elección de quien lea estas líneas, que los adjetivos son un problema en sí.

Aunque veíamos poco menos que imposible pasar de una democracia a una dictadura como no fuera mediante un golpe de Estado, con las armas, ahora se está viendo cómo es factible hacerlo desde dentro por métodos democráticos —lo que deja en evidencia la debilidad de las democracias en las que esto ocurre—. La democracia no es irreversible, o sea.

En España se da una secuencia sencilla y sostenida. Medios conservadores lanzan un bulo, varias organizaciones ultras coordinadas se querellan, los jueces conservadores admiten la denuncia, la derecha política empuja y «p’alante». Javier Arroyo escribe un artículo en el que acusa de un golpe de Estado a tres bandas —judicial, política y mediática—. Se trata de derrocar al presidente «como sea» y al Gobierno persiguiendo a su partido y a su familia, por todos los medios políticos, jurídicos y mediáticos. «El que pueda hacer que haga», y hacen.

El fascismo manipula todo con manos sucias, haciendo oír mentiras o rezando hipócrita y cristianamente, o las tres cosas a la vez, se querella contra todo lo que parezca rojo. Peinado sigue con su obsesión patológica con Begoña. Aldama es excarcelado por colaborar con la justicia tuerta en otro asunto por el que no estaba preso. El novio de Ayuso 7291 confiesa un delito —¿o más?— y se querella contra quienes le llaman delincuente confeso. El Fiscal General del Estado desmiente un bulo lanzado por el matón MAR sobre este caso y el imputado es él. Unos pretenden cambiar el significado del castellano; otros, el sentido del derecho.

Vox y PP, a quienes se unirá tarde o temprano la derechísima Junts, gritan. No se busca decir la verdad, sino soltar una falacia adornada con floripondios verbales o gritada con vehemencia y así será tragada por la masa, parecerá cierta. Vivimos una época de elogio de la desmesura.

Un diputado de Vox dijo en el Congreso que «gracias a las redes sociales, muchos jóvenes están descubriendo que la etapa posterior a la Guerra Civil no fue oscura, como nos vende este Gobierno, sino una etapa de reconstrucción, de progreso y de reconciliación para lograr la unidad nacional». Una encuesta publicada por la SER y EL PAÍS constataba que, para los jóvenes de 18 a 24 años, la primera opción política es la abstención, el voto nulo o en blanco —30% entre las tres— y la segunda es Vox, con el 29,9%, que apenas recibe el 9% de respaldo entre los mayores de 65 años. En septiembre, una entrega de 40dB señalaba que el 25% de los adultos de menos de 26 años entendían que el autoritarismo podía ser preferible a la democracia «en algunas circunstancias». ¡Cómo estar tranquilos con estos datos!

Los problemas políticos han alcanzado el primer lugar en la lista de preocupaciones de los españoles, según la encuesta del CIS de noviembre. En cambio, la migración, que había escalado al primer puesto, desciende ahora al quinto lugar, quedando por detrás de los problemas políticos, la vivienda, la crisis económica y el desempleo. La dana —palabra del año para FundéuRAE—, se ha lexicalizado, ya puede escribirse en minúscula, al haber adquirido un grado de cercanía mayor por la desgracia que asoló, sobre todo, Valencia. También ha hecho que se consideren los graves errores políticos como responsables de las consecuencias y de ahí el ascenso al primer lugar. Es entendible el cabreo y dolor de los afectados, ponerse a su lado; no obstante, la solución no está en la desaparición del Estado, sino, al contrario, en su fortalecimiento, y en una mejor coordinación entre administraciones. Solo el pueblo salva al pueblo es un lema falaz y peligroso. Sin dejar de aplaudir y apoyar la solidaridad en momentos como esos, es necesario disponer de servicios de bomberos, sanitarios, policiales y otros, es decir, de Estado, cuando los necesitemos, y no solo de vecinos altruistas.

Hace falta más política, no menos, y entre las que más se necesitan son las de la vivienda, asunto en el que se resiste a entrar de lleno el Estado de bienestar.

La falta de techo comienza en el suelo, con su especulación permitida por todos —unos más que otros—. Una revisión del catastro que publica elDiario.es dibuja una España llena de grandes propietarios, un país en el que más de un millón de viviendas está en manos de «casatenientes» —por analogía con terratenientes—. Para entrar en esa categoría hay que tener más de 10 pisos en propiedad. Hay algunos ejemplos llamativos, pero son solo una anécdota dentro de una estructura real que es la de los grandes tenedores de vivienda.

Han pasado diez años desde que el Ayuntamiento de Madrid, con la Aznarísima Ana Botella al frente, vendió sus casas a un fondo buitre, que fue cambiando las condiciones, encareciéndolas y saltándose el derecho a compra que tenían las familias. Ahora, el Tribunal Supremo da la razón a los vecinos de las viviendas. Un poco tarde.

No toca hablar en este artículo del impacto negativo de La ley del Suelo de Aznar (1998), de la transferencia de competencias a las autonomías que dificulta acuerdos en este campo, de la especulación inmobiliaria, la falta de vivienda pública, la multiplicación de pisos turísticos, los disparatados precios del alquiler, pero no está de más tener en cuenta las causas del problema. Y no caigamos en la tentación engañosa de bajar impuestos. Cualquier rebaja fiscal, si no es progresiva, siempre beneficia a las rentas más altas. Y en el caso de la vivienda hay una relación directa entre reducción de impuestos y subida casi automática de precios.

Pedro Sánchez promete la creación de una gran Empresa pública de vivienda estatal. El Gobierno de coalición y sus socios de investidura deben lograr avances en la solución de un problema social, como es el de la vivienda, que tanto afecta a la desigualdad. Es una gran oportunidad para comparar modelos y mejorar la vida de los ciudadanos.

Busquemos soluciones en la política, aunque esta cada vez sea más impotente ante el capital, esa doctrina económica que contribuye a mayores desigualdades sociales. Aun así, hay que intentarlo. Nada mejor para acabar que repetir esta frase de Eduardo Galeano: «La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar».

Adenda: Felices fiestas y que cada uno celebre lo que crea conveniente, ya sean navidades, el sol naciente, las saturnales, la santa hipocresía o el consumismo intensivo; o nada. Y que 2025 renuncie a esa rima jocosa que como metáfora parece indicar el camino que la Internacional Facha, incluida la división española, pretende seguir para jodernos el año.

Y no nos olvidemos de las guerras, del genocidio de Israel en Palestina o de la violencia machista.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

Deja un comentario