Cada vez más meses se merecen el calificativo de agosteños; octubre no quiso ser menos. Me comentaba un amigo, con humor, que quienes aprovechaban el puente de este mes para cambiar la ropa de verano por la de invierno —al no tener espacio y armarios adecuados para albergar la de todo el año—, debido al calor han ido retrasando la fecha de tan fastidiosa tarea hasta el puente de la Constitución. Puede estar exagerando un poco, como los chistes gráficos de un vendedor en la playa anunciando polvorones y turrón. Sin embargo, conviene indicarlo preventivamente para que los negacionistas del cambio climático y de las evidencias científicas se convenzan por asuntos domésticos, más asequibles a las neuronas de tales adoquines bípedos, de que tal camino es irreversible y rápido si no hacemos algo de manera urgente. Los patrioteros de la España única creerán que vencerán esta tendencia sacando banderas rojigualdas que lo mismo sirven contra la amnistía o el sanchismo que contra la pertinaz sequía. Esta última, a veces, con procesiones de santos pluviales incluidas.
Tras la embestidura parlamentaria a Feijóo, que sustituyó a su ansiada investidura, ahora le toca intentarlo a Pedro Sánchez. No lo tiene fácil, por supuesto, si bien merece la pena probar para evitar nuevas elecciones, no solo por el gasto económico que ello supondría, sino porque nada hace presagiar que los resultados fueran muy distintos. Mientras no entendamos que estamos en un Estado plurinacional —utilicemos los eufemismos que queramos— y que los pactos —de acuerdo que no a cualquier precio, tampoco con líneas rojas por doquier—son necesarios para la gobernabilidad, no habremos adelantado nada. Para los patrioteros, «su» España es la única posible, aunque los españoles con su voto indiquen que no es así.
El día 12 de octubre, la Fiesta Nacional volvió a manifestar que es solo la de unos cuantos, porque otros no nos vemos representados por el casi exclusivo protagonismo de banderas, militares y una cabra; tampoco por la parte de la sociedad civil que acude para silbar al presidente socialista de turno y gritarle hijo de puta. El lema de esa España rancia es «que te vote Txapote», una frase de mal gusto, incluso insultante para las víctimas del terrorismo etarra, que demuestra la mala calaña de la gente de la que procede. Soy español y esta no es mi fiesta.
Ahora el meollo está en la amnistía. Como quiera que mi formación jurídica es nula y he escuchado y leído a eminentes juristas hablar y escribir a favor, unos, y en contra, otros, de su cabida constitucional, mi aportación al debate en este aspecto acaba aquí.
Desde un punto de vista político, la cosa cambia. No porque tenga formación como politólogo, sino porque he escuchado a tantos bodoques dar su opinión al respecto que me he venido arriba y me he preguntado: «¿Y por qué yo no?». Al cabo de un rato, y tras un arrebato de sensatez, me he respondido: «Porque no». Así que mi aportación política al debate podría acabar aquí. No obstante, como tengo que completar el artículo y no puedo dejar de referirme a la que podría ser la palabra del año, amnistía, como propone Isaac Rosa, resumiré algunas impresiones sobre el tema a partir de las de opinantes más formados con los que concuerdo.
Apelar a la escasa inteligencia política de Puigdemont para alcanzar acuerdos es un riesgo que asume la coalición de izquierdas. Él está más por el victimismo y por salvar el culo que por otra causa. Su propia Cataluña le viene grande. La derecha política, mediática, económica, judicial y eclesial ya sabemos de qué va: pase lo que pase y haga lo que haga Pedro Sánchez —ahora, no solo es filoetarra, le acusan de ponerse al lado de Hamás— seguirá acudiendo a la calle y a la prensa carca —incluyendo las columnas de Savater o las páginas de opinión de Cebrián en El País— a gritar su odio. Lo volvieron a demostrar en Barcelona, donde se congregaron miles de personas instigadas por Feijóo, Isabel Díaz Ayuso y Abascal —el trío de la bencina, como lo denomina José María Izquierdo—.
Los votantes conservadores lo tienen claro a este respecto. La amnistía puede, en cambio, enfadar a muchos socialistas. Como advierte Lluis Orriols, una ley de amnistía no sería una traición de Pedro Sánchez como gobernante, sino una continuación de la estrategia para aliviar la carga penal del independentismo. Escribe: «Existe un antídoto al potencial efecto nocivo de una ley de amnistía: las políticas sociales. Si el PSOE logra transmitir a la opinión pública que la amnistía fue un peaje necesario para consolidar e impulsar la agenda social del gobierno, entonces puede que el castigo no sea tan elevado como muchos auguran».
En este sentido, Javier Pérez Royo, nos recuerda que Catalunya es la única nacionalidad que tiene un Estatuto de Autonomía contrario al pactado por su Parlament y las Cortes Generales y al votado en referéndum por sus ciudadanos, y que esta anomalía debe ser corregida mediante una negociación política. Concluye que «la amnistía puede tener un coste para el PSOE. La no amnistía tiene un coste para todo el Estado».
No olvidemos —repite Neus Tomás las palabras de Coscubiela— que «ante nosotros tenemos el dilema entre continuar en una situación enquistada o intentar, con sus riesgos y costes, el desbloqueo de una situación que resulta corrosiva socialmente». Además, no creo que las derechas puedan dar lecciones de moralidad cuando, como explica Garzón, han aplicado hasta cuatro amnistías en materia fiscal, que afectaron a aquellos patrioteros que eludieron sus obligaciones con nuestro país y, como consecuencia, perjudicaron a los españoles en general.
A pesar de que Nicolás Sartorius afirme que «envejecer es complicado», debe decirlo por algo oculto que no acierto a atisbar. Por su lucidez, desde luego que no. Lo de Felipe, Guerra y otros antisocialistas similares no es por envejecimiento, sino que ahora se les nota lo que antes disimulaban. ¿Eran socialistas? Luis García Montero les aconseja seguir el camino que ellos mismos hicieron tomar a los históricos con Rodolfo Llopis a la cabeza.
Hamás fue declarada organización terrorista por EE. UU. y la UE. Fue creada con el beneplácito de Israel, de quien recibió un apoyo activo para luchar contra la OLP. Los terribles ataques de Hamás son asesinatos en masa, acciones terroristas injustificables. Pero esto, con toda su gravedad, como escribe Isaac Rosa, «no puede hacer olvidar que es Israel quien sistemáticamente masacra al pueblo palestino, al que no solo bombardea e invade periódicamente, sino que asfixia económicamente, humilla y hace inviable la vida en sus territorios». El genocidio del pueblo palestino sigue su curso histórico. Los palestinos son un pueblo reconocido como tal por la propia comunidad internacional. «¿Por qué no se actúa en consecuencia y se obliga a Israel, el ocupante por la fuerza, a facilitar el avance de los acuerdos de paz que firma y reconocer a un verdadero Estado palestino?», se pregunta Antón Losada.
Los hombres se matan azuzados por los dioses que crearon esos mismos hombres a su imagen y semejanza. Hace falta lucidez, templanza y diplomacia. Pedírselo a los líderes de Hamás o a Netanyahu es una utopía a perseguir. Fue más fácil con Shimon Peres y Yassir Arafat, aunque aquellos acuerdos no dieran los frutos deseados. Biden muestra su apoyo inquebrantable a Netanyahu y Von der Leyen contemporiza cobardemente. Se les ve el plumero. Así, no.
Cuando acabo de escribir estas líneas, octubre parece convencerse de que es otoñal, no veraniego. Refresca y llueve, por fin. El cielo también se ha nublado de bombas, ha quedado herido de lamentos y muerte. «Alarga la llama el odio…» (Miguel Hernández).
José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

