Memoria histórica frente a la tiranía del olvido impuesto, por José Félix Sánchez-Satrústegui

«Mi abuela Joaquina se llamaba Salomé. Desconozco el motivo de tal discrepancia. Quedé desconcertado al descubrir la realidad inapelable del carné de identidad que aún guardo entre otras reliquias. Pregunté y quizá recibí respuestas que no se quedaron grabadas sobre la primera sorpresa.

El moño, recogido con firmeza, dominaba la retaguardia de su cabello cada vez más gris. La piel se resistía a ser surcada por arrugas merecidas. Tras los ojos glaucos, secos y vivaces, escondía dolores que solo se le adivinaban, con dificultad, si lograbas perseguir hasta el principio los largos suspiros con los que alentaba el presente susurrándole al pasado.

Siempre de negro, batas y sayas sobrepuestas escondían una faltriquera repleta de pequeños detalles inútiles que recogía por la casa y un pañuelo arrugado con el que se frotaba la nariz con frecuencia. De entre las bagatelas, a veces surgía alguna sorpresa.

A media tarde, compartía conmigo un tomate partido en dos, espolvoreado con un poco de sal, en el que untaba una miga de pan y entregaba a mi boca impaciente. Con ella desapareció aquella liturgia, no el placer que cada día me produce ese sabor.

Hacía encaje de bolillos con gran destreza, los manejaba con una velocidad de manos sorprendente. De pequeño, la miraba embobado intentando descubrir cómo los hilos, sin enredarse, dibujaban delicadas imágenes sobre la almohadilla. A veces, si la tarea la absorbía en exceso y dejaba de hacerme caso, yo revolvía con enfado hilos y bolillos para volver a ser su centro de atención.

Cuando tuve edad de trasnochar, ella esperaba despierta hasta que llegaba, la besaba y solo entonces quedaba plácidamente dormida.

Al conocer la muerte del dictador asesino, acudí a su cama a darle la buena nueva. Me sonrió con amargura, se santiguó y, sin el menor atisbo de rencor, me dijo: “Dios lo haya perdonado, que yo lo hice hace mucho tiempo”. Después, permaneció largo rato mirando al techo. Años atrás yo había dejado de tener creencias religiosas. Entendí su perdón, mas no cejó mi odio.

Joaquina murió el día que me examinaba de la última asignatura de la carrera. Aunque ya vegetaba sobre la cama, no quiso morir hasta ver cumplido un deseo. Otros nietos llevaron a hombros el féretro. Yo no pude hacerlo, tras las lágrimas tuve que quedarme sonriendo a su recuerdo».

Hasta aquí un pequeño texto, con unos pocos cambios, que tengo escrito para un libro que quizá un día se publique.

Durante demasiados años, mi abuelo materno, su marido, estuvo sepultado junto a otros inocentes al lado de las tapias del cementerio de Valdepeñas tras ser asesinado por los franquistas de su pueblo, Moral de Calatrava, donde vivía junto a mi abuela y sus hijos, entre ellos mi madre. Era un simple zapatero de vida humilde, ateo y seguidor de Azaña. Joaquina era católica y de familia de derechas. Ya había acabado la guerra, pero no el horror que los vencedores habían decidido imponer contra todo lo que les contrariase, cuando lo detuvieron y mataron.

Los supervivientes huyeron cada uno por su lado. Mi abuela y mi madre lo hicieron a Navarra, a San Adrián, donde reiniciaron la vida. Mi madre se casó con mi padre, un mecánico estellica, y en esa Estella de 1957 nací yo. El silencio obligado hacía casi imposible obtener datos de esos tiempos; a pesar de ello, mi constancia logró rescatar muchos de los recuerdos de ambas, escondidos entre el miedo y el dolor. Ya en democracia, las izquierdas de la zona exhumaron los cadáveres y los enterraron en un sepulcro común en Moral de Calatrava. Otros muchos continúan desaparecidos.

En Badajoz, donde habito desde muy joven, consecuencia de una especie de ‘contraemigración’ conducida por La Estellesa, acudo cada 15 de agosto al cementerio, donde se celebra un homenaje a los asesinados en el genocidio perpetrado tras la entrada de las tropas franquistas en la ciudad. En el último acto, coincidí con el diputado socialista extremeño, Valentín García Gómez, integrante de la Ponencia encargada de redactar el Informe sobre el Proyecto de Ley de Memoria Democrática. Me emocionó su emoción al contarme lo ocurrido en la defensa del proyecto. “Somos deudores de quienes mantuvieron la llama de la libertad frente a la dictadura”, expresó en uno de sus discursos.

Vencido ligeramente el pudor, hoy he querido citar, siquiera de forma muy concisa, unos acontecimientos que marcaron la vida de mi familia, como la de tantas en este país tras la guerra civil, como sencillo homenaje a quienes lucharon por defender la libertad.

Acaba de aprobarse la Ley de Memoria Democrática, que se fundamenta en los principios de verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición, reivindica expresamente la Transición y la defensa de los valores democráticos, y condena por primera vez el golpe militar de julio de 1936 y la dictadura franquista.

Como se declara en la Exposición de motivos, el impulso de las políticas de memoria democrática se ha convertido en un deber moral que es indispensable fortalecer para neutralizar el olvido y evitar la repetición de los episodios más trágicos de la historia.

El artículo 1 define su objeto y finalidad. En resumen, no son otros que la recuperación, salvaguarda y difusión de la memoria democrática, con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales; así como el reconocimiento de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, de pensamiento u opinión, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual.

A la derecha de este país, tan cínica como olvidadiza, que asegura que desenterrar a los muertos es abrir heridas, habrá que contestarle que para cerrarlas habrá que sacarlos de donde los abandonaron tras asesinarlos aquellos a quienes son incapaces de reprobar de forma clara y contundente. A los conservadores patrios no solo les falta un hervor de democracia, sino, peor aún, un mínimo de humanidad.

La transición fue necesaria, pero quedó inconclusa, no se acabó de juzgar el terror franquista. Gran parte de AP, la antecesora del PP, votó contra la Constitución de la que dicen ser sus máximos defensores. La pretensión del olvido a toda costa es demasiado cruel con los desaparecidos y asesinados.

Es la memoria un fárrago de espejos rotos que, al intentarlos recomponer para observar los recuerdos, cada vez lo hacen de una manera distinta. La pérdida de memoria es, a veces, incluso una pérdida de interés por determinados recuerdos. Otras, el olvido es un mecanismo de defensa para superar el dolor.

Hoy, sin embargo, solo quiero hablar del olvido cruel frente a la memoria necesaria, democrática y de justicia para que no se repita la historia en un momento en el que el fascismo y el franquismo, disimulados en otros nombres, acechan de nuevo.

Luis García Montero escribe, mencionando los Aflorismos de Castilla del Pino, que la memoria es un instrumento con el que nos hacemos: somos lo que recordamos. Por estas fechas, el poeta presenta la última novela de Almudena Grandes. Aunque el título de la obra póstuma pueda tener otro origen, me parece muy apropiado para terminar este artículo con optimismo. Todo va a mejorar.

José Félix Sánchez-Satrústegui Fernández

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